Cosas del tiempo

No hay nada más indiferente que el tiempo. Pasa sin importarle lo que deja.

Estuve durante varios minutos frete al espejo con la mirada fija en mis ojos y no vi que se produjera modificación alguna de mi cara; es más, llegó un momento en que no vi nada. Alguien dedicado a lo paranormal me había dicho que con este ejercicio delante del espejo vería reflejado el rostro del antepasado de quien yo había reencarnado en el actual cuerpo. De acuerdo con mi experiencia, en la que desaparece la visión, quiere decir o es de suponer que yo no he reencarnado de nadie.

Los seres, y esto incluye humanos, animales y plantas, son entes integrales formados por materia y energía, con una dinámica propia, producto de la unión de dos gametos que producen la unidad del nuevo ser, conocida como cigoto o huevo fecundado. Hasta ahí, pues cada quien es libre de formarse la idea sobre cuerpo o materia y espíritu o energía, unidos o separados.

Lo cierto es que el tiempo corre y los organismos se van desarrollando hasta llegar a fallecer, lo cual puede ocurrir en los primeros días o años, en la madurez o en la edad adulta o vejez. Nadie sabe cuándo, cómo y de qué va a morir, lo cierto es que es algo inevitable y en consecuencia, conocida su imprevisión, no hay porqué preocuparse, pues cuando llegue no dará tiempo siquiera de saludar a esa dama de la guadaña.

Ahora bien, cuando alcanzamos a sobrevivir hasta cierta edad surgen algunas inquietudes con respecto a las cosas a que dedicamos tiempo en hacer y que en cierta forma, para cada uno, terminarlas constituye un logro que sin lugar a dudas nos generan satisfacción. Hay momentos que nos embarga la duda de sobrevivir para terminarlas: que de pronto fallezcamos dejándolas inconclusas. Lo que pueda ocurrir después de fallecer es algo que no tiene por qué causar inquietud, pero es en vida que nos afana el dejarlas terminadas. Sin embardo, sabido es que cuando esa señora de la guadaña llega no tiene consideración con nada, es como el tiempo: no le importa lo que deja atrás.

 Diciembre 19 de 2013

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Con la muerte, nada que ver

El rey de ese país se propuso erradicar la muerte del imaginario de sus súbditos. Mandó construir para ello un cementerio de 100 kilómetros cuadrados que en lugar de ocupar zonas periféricas de las ciudades ocupaba el centro de estas. A ese cementerio único del país se llegaba por cuatro carreteras extraordinarias que partían de cada una de ellas de un punto cardinal. Un muro de nueve metros de altura se extendía por cada uno de los cuatro lados de aquel cementerio. Tras investigaciones y experimentos se obtuvo la forma de detectar la existencia de cadáveres enterrados en cualquier lugar, de modo que con los más sofisticados aparatos se extrajo del suelo todo vestigio de muerte humana y animal, hasta dejar todo el territorio limpio de muerte; es decir, de rastros de muerte, pues impedir que los seres fallecieran, si bien podría ser lo ideal, era contra la naturaleza y hasta ahí no llegaba su poderosa majestad. Con los restos rescatados se llenaron ataúdes que luego fueron depositados en el nuevo cementerio, como ha sido tradición, ocupando lugares a partir de los portones ubicados en uno de los muros.  A cada lado de los muros se desarrolló una ciudad, de modo que el cementerio quedó entre cuatro ciudades, cada una con un estrato diferente. Las edificaciones no podían superar los nueve metros de altura, pues la idea era que nadie volviera a tener contacto con la muerte, así fuera visual, y cuando, como siempre sucede, se dieran excepciones y construyeran alguna edificación que superara esa cota, se aumentaba enseguida la altura del muro del cementerio con el fin de impedir la visual desde el edificio al lugar de los muertos. Después de las consideraciones luctuosas ocasionadas en la población por la extracción y traslado de cadáveres y restos desde cualquier lugar hasta el nuevo cementerio, vendría la recuperación del “sosiego de la mortalidad natural que permite a las familias estar a salvo de lutos durante años consecutivos”, al irse acostumbrando a la separación y desaparición definitiva del los cadáveres de parientes y amigos tan pronto morían y eran sepultados en el nuevo cementerio, de acuerdo con los ideales de su majestad el rey de aquel país imaginado por José Saramago en el cuento “Reflujo”. 

El ser humano en sus orígenes debió enfrentarse, en primer termino, al fenómeno de la muerte. Misterioso hecho desconcertante y tenebroso, que rompía el orden de lo conocido hasta el instante en que se presentó por vez primera. El ser que en un momento gozaba de la alegría de vivir, sonreía, hablaba, respiraba, se movía, al siguiente se hallaba inmóvil, ya no respiraba, había dejado de existir. Difícil debió ser ese momento para el humano, estrenando realidad. Presenció con asombro y curiosidad el proceso siguiente al deceso: cambio de aspecto y de color, secreciones malolientes y presencia de animales con intensiones de devorar los restos corporales. Ante este hecho debía encontrar una pronta solución: fue ella la sepultura y la incineración. Los cadáveres fueron sepultados en el interior de las viviendas de donde surge el culto de los muertos como deidad primitiva, construyéndose altares sobre el lugar de sepultura. Más tarde se sepultaban alrededor de la vivienda y después, por sanidad, en las afueras del poblado y en los caminos. Posteriormente los templos fueron lugar de sepultura, tanto en derredor como en su interior. Primaba la idea que de esa forma el alma del difunto estaría más cerca de la divinidad y sería tenida en cuenta por ésta en la vida futura. 

En los primeros tiempos se mantuvo la idea que el cuerpo y el alma se mantenían juntos después de la muerte. Era terrible dejar insepulto un cuerpo, pues su alma se convertiría en un espíritu errante reclamando sepultura, llegando a convertirse en larvas malignas que harían daño a los vivos, tanto en su ser como en sus negocios. Se creía que en la sepultura se hallaba cuerpo y  alma juntos, una especie de ser viviente al que rendían honores, se proporcionaban alimentos y flores, además de oraciones, y que era capaz de hacer favores a los vivos. No obstante, a pesar de la influencia de la iglesia en sostener la separación de cuerpo y alma al morir, y recibir ésta el premio o castigo en el más allá, la actitud de las personas en la actualidad, así como los rituales que aún se practican, muestran que en el fondo, independiente a la confesión expresa, se considera que en la tumba permanece un ser viviente. Ese ser recibe visitas, flores, que han permanecido en remplazo a las otras ofrendas antiguas, escucha suplicas y concede favores. Se dan casos que en la fecha de cumpleaños del difunto los familiares arman festejos alrededor de la tumba con música, licor y baile. Brindan en su nombre y vacían tragos en el suelo, tal como lo hacían en la antigüedad con alimentos y bebidas con la esperanza de que fueran asimilados por el finado. 

Si bien, por un lado, en especial en los niveles sociales bajos y medios de la población, prevalecen los rituales y el luto riguroso, por otro, en los sectores encumbrados, hace tiempo que vienen propendiendo por sacar a los muertos de la vida ordinaria. Uno de los primeros pasos fue la instauración de los centros funerarios o casas de velación, con lo cual sacaban al muerto del hogar, rompían la rigurosidad del novenario que pasó a ser asimilado por la iglesia con una mención de ofrecimiento en la misa. El paso siguiente fueron los jardines funerarios, donde en teoría una vez sepultado el cadáver lo demás corría por cuenta de la empresa funeraria. La principal tendencia es la de tumbas a perpetuidad. Habría uniformidad de lápidas y flores artificiales discretas y uniformes. A partir de ahí, los vivos con los muertos, nada que ver. No obstante, aún en estas condiciones, prevalecen las viejas tradiciones, de manera que en los jardines se observan sepulturas distintas unas de otras y con características ajenas a la uniformidad supuesta. Y los cementerios tradicionales, con sectores que son auténticos museos funerarios, ya han copado su capacidad, pero aun contra todo orden estético y organizacional, siguen ocupando cualquier espacio libre, así los visitantes tengan que saltar sobre las sepulturas para poder caminar. 

Los sueños de su poderosa majestad el rey de ese país del comienzo del relato fueron desbaratándose, pero se me ocurre que la única forma de recuperarlos, porque en realidad hay demasiado sufrimiento y tensión en vida para seguir luego pendiente de los muertos, es con la incineración de cadáveres. Que quede establecido por norma que los honores y tributos se rinden a las personas en vida. Que quede bien entendido que al morir, la persona deja de existir; es decir, ya no es, ya no está, y recordarla no trae beneficio alguno para nadie, ni vivo y menos muerto. El Estado se hará cargo de la muerte y de lo relacionado con ella. Si la persona fallece en casa se avisará de inmediato a la agencia gubernamental encargada de los asuntos mortuorios, el cadáver ya amortajado y colocado sobre una bandeja de acero apropiada para ello, será embarcado en un vehículo de la agencia que se encargará de llevarlo hasta los hornos crematorios. Si la muerte tuviere lugar en un centro hospitalario se procederá de igual forma. De tal manera que la presencia del difunto ante los familiares sea mínima. Todo esto conlleva, necesariamente, a que desaparezcan los cementerios y jardines funerarios, las casas de velación y la fabricación de ataúdes: se termina con el negocio de la muerte. Como ya se dijo, ésta compete al Estado quien se encargará, una vez concluida la cremación, de esparcir las cenizas  sobre los campos de cultivo para que aquel ser se integre a la Tierra de donde fue sacado y se cumpla el precepto de polvo eres y al polvo volverás.