Del saber y los entendidos

                     Porque yo tengo del arte y de la vida misma, de la cual el arte es la esencia, un sentimiento tan vasto y tan grande, es por lo que encuentro chocante y falso que muchos oficien de académicos.

                                                  Vincent Van Gogh

 

Si “supiera” pintar, esos cuadros no tendrían la luminosidad y esa profundidad de colorido que los caracteriza. Si “supiera” escribir, los textos no se leerían con fluidez, no tendrían esos giros ni serían tan amenos como muchos opinan.

A propósito del tema, sin pretender tocar fibras sensibles, transcribo a continuación parte de la nota que envié al señor Jesús Vélez Cuello, en enero 22 de 2003, cuando me obsequió, con dedicatoria, su libro Crónicas irreverentes de Santa Marta, y la advertencia que sobre su lectura me hiciera:

“Tu recomendación para leer “Crónicas…” fue que no empezara por el comienzo porque, según tu amigo, licenciado especialista en literatura, de mucha sapiencia en ese arte, eran relatos “tontos” o algo así. Qué pena con él, mi estimado Jesús Mariano, pero, respetando su opinión, he de decirte que “los entendidos nunca han pecado de genialidad”. La razón es muy simple, y lo simple resulta ser más complejo de lo que la gente cree, tan simple como la vida y expresiones de Remedios, la bella, tan simple que no se tomaba el trabajo de pensar, digo yo, porque eso de por sí es ya una complicación. Los entendidos, con diplomas de PhD y otras arandelas están metidos en cuadrículas, en esquemas heredados, y cuando pasan por geniales es que están ampliando la cobertura de las cuadrículas a espacios donde antes no llegaban. “Saben mucho” y todo, por lo general, lo enmarcan en nombres y categorías rimbombantes, pero siempre pegados a la ortodoxia heredada de manera acrítica. Son herederos de mitos transmitidos por la academia, como estatuas de piedra inamovibles, y que si alguna vez aparecen variantes, en esencia no son otra cosa que modificaciones de las apariencias, con “ramitos y encajes”, pero cuyo contenido permanece inmodificado. De esos mitos da cuenta Eduardo Carranza en su Bardolatría refiriéndose al mito que perduró, si no es que aún persiste, de Guillermo Valencia. Álvaro Mutis se refiere a las generaciones posteriores a Valencia, que fueron de alguna manera afectadas por Bardolatría, como “bobitos”, pues pretendieron mostrarse diferentes sin haber cambiado realmente, porque no fueron capaces de enfrentar críticamente a Valencia (su obra), como tampoco analizar, rumiar, rumiar, rumiar a Bardolatría.

“Toda esta diatriba peregrina para decirte que los escritos o artículos o crónicas, como quieran llamarlos, que figuran en De la naturaleza samaria, puede que no sean la máxima expresión de la literatura (¿Qué sé yo?), pero sí contienen la expresión de una gran sensibilidad que ninguna universidad del mundo produce por sí sola. La academia no genera sentimientos. Esas son cosas que brotan del espíritu, para decirlo con el resto de la gente. Es algo que sólo las gentes sencillas, humildes, en la mejor expresión del término, pueden concebir. El relato La flor del abrojo, por ejemplo, me conmovió. Esconde una cantidad de mensajes que, indudablemente, la academia no enseña y los “genios” de la cuadrícula no pueden apreciar y mucho menos entender. Toda esa sección, que anoche leí, bien vale el libro, sin desmeritar el resto, claro está.

Mi estimado Jesús Mariano, sólo quienes se atreven a romper esquemas, los irreverentes, los que como bovinos rumian y rumian el pensamiento, los que no tragan entero, los que caminan sobre el filo de la navaja entre la libertad y la locura, pueden ver la vida y las cosas que la rodean y alimentan de una manera diferente al común de la gente. Son los que se pueden extasiar en el asombro del amarillo escandaloso y maravilloso de los cinco pétalos de una flor de abrojo. Tal vez, quizás, porque algún día se hincaron la planta de los pies con los “perritos”. Esa estirpe, por infortunio, está condenada a la soledad, así se encuentre inmersa en una multitud.

Marzo 2008


 

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Ventanas de la ausencia

La nostalgia empieza a formar parte de nuestro cotidiano tan pronto cruzamos el umbral de la segunda juventud (de los 50 en adelante). Se abren otros horizontes de pensamiento, y los fantasmas y demonios que tanto nos inquietaron en el pasado se convierten en aliados y cómplices para reinterpretar lo vivido. La realidad es mirada con otra lógica: con la lógica emocional de los recuerdos. Es, entonces, cuando ya no hay deseos sino recuerdos, no hay fe sino resignación y la esperanza se nos convierte en nostalgia.

Calles y casas son evocadoras de primer orden. Esas casas en su quietud avanzaron con nosotros en la formación de una historia personal, y hoy frente a ellas experimentamos la extraña sensación –como dice E. Sábato– de que al querer entrar, al intentar abrir la puerta, nos encontramos con una pared. Aquella casa de la infancia, así como las que por esa época nos llamaron la atención, son algo más que paredes y pisos, son “esos seres que la viven, con sus conversaciones, sus risas, con sus amores y odios; seres que impregnan la casa de algo inmaterial pero profundo, de algo tan poco material como es la sonrisa en un rostro…”.

Hoy, al pasar por el frente de alguna de esas, caigo en la cuenta que no era el ventanal lo que la hacia notable, sino lo que percibía en ellas: el cuadro del paisaje de un país lejano y el retrato con marco dorado colgados en la pared, los arabescos de un gran jarrón azul, la música que escuchaban, los ladridos del perro que me atemorizaba al pasar; voces, risas y llantos de unos y otros de sus habitantes.

Esa casa, tal vez, ya era vieja pero tenía “vida” y el tiempo estaba detenido y sus habitantes no envejecían sino yo, y prueba de ello es cómo al paso del tiempo el alfeizar de la ventana-balcón ya no me golpea en la frente.
Aquella otra donde vivía el niño que fue atacado por poliomielitis, quedo fijada en mi memoria no tanto por el hecho en sí, sino por la severa advertencia que con cara de circunstancia trágica me hiciera una vecina de no pasar por allí descalzo, como solía hacerlo cuando iba a la playa, porque el virus causante de ese mal –decía ella– penetra por los pies.

El misterioso encanto que parecía esconder la casa de piedras. Una especie de palacete cubierto con piedras de río, frente al mar, con jardín exterior y en el centro de éste una fuente que tenía un niño desnudo en posición de bailarín, orinándose el mundo a su antojo, y la presencia de su dueño, don Pablo García Franco, como elemento integral del conjunto. Cuando murió don Pablo, la casa empezó a envejecer y hoy, sin la fuente del niño, la casa parece esas damas con cierto grado de demencia senil que se sobremaquillan de coloretes para asistir a la fiesta de ninguna parte.

Las casas con zaguán, cada una con su historia: la de sus habitantes y la particular manera de hacer la reunión vespertina en la puerta de la calle en compañía de los mismos vecinos de siempre, a la misma hora todos los días. Y ese “adiós, adiós” cuando pasaban los transeúntes (casi todos conocidos), que iban para el camellón o regresaban ya entrada la noche.

El penetrante y característico olor de los materiales curativos y el temible zumbido de la fresadora de odontología al pasar por la casa y consultorio del doctor Edmundo Abello. Quien fuera el único odontólogo del mundo que en verdad tenía cara de odontólogo.

La familia del médico Antonio Henríquez fue muy apreciada y querida por los samarios. Pero de esa familia el referente de mayor peso no eran tanto las cualidades personales de sus miembros, tampoco el estilo de la casa que rompía la monotonía de la cuadra (calle 12, carrera2ª), lo era nada menos que la presencia de un par de perros bóxer. No es posible pensar en alguno de los Henríquez sin poner a su lado uno o ambos de esos perros con cara de perros bravos.

Aún después de tantos años, al pasar todavía percibo el sabor a limón. Es el viejo caserón republicano de columnas embebidas y balaustrada en la cornisa, en esquina de la calle de la Cruz (12) con carrera 3ª. Por los años sesenta funcionaba allí la fábrica de paletas El Nevado, del señor Lizarazo. A diario salían en caravana, para abrirse luego por las distintas rutas, los carritos blancos cargados de sabores, empujados por los vendedores que agitaban las campanillas para anunciar su presencia y despertar el deseo en niños y adultos.

Son varias las casas que permanecen detenidas en el tiempo, con sus fachadas intactas y los mismos colores, generadoras de nostalgias en sus habitantes del pasado, quienes rehúsan en lo posible pasar frente a ellas. Otras fueron reformadas y otras más, se han ido destruyendo poco a poco por cuenta del abandono. En cambio, las hay también que cambiaron su destinación: dejaron de ser núcleos de abrigo, formación y desarrollo familiar para convertirse en hospederías y refugio de amores fugaces, hasta en centros de negocios penumbrosos.

Entre los aspectos memorables de una casa están las ventanas, como ojo que ve en doble sentido y elemento abierto a los recuerdos; bien sea porque en alguna época lejana, en los retozos de la niñez, al pasar nos golpeábamos la frente o por hechos vistos o vividos en ellas. Hoy permanecen inmóviles y ciegas en su lugar como testigos del ayer.

Recuerdo aquella ventana en la que protegida de las miradas por una celosía permanecía por las tardes, en época de vacaciones, una niña muy hermosa, de belleza celestial, decían. Estudiaba interna en un colegio de la ciudad y sólo en ocasiones especiales la habían visto, con el cabello y la frente cubiertos por una pañoleta y gafas oscuras, salir a la calle en compañía de sus padres.
Todos en el sector mencionaban su belleza, y algo de ella pudimos apreciar los muchachos que venciendo la timidez y el temor al papá, logramos acercarnos y conversar de cualquier cosa con ella. A través del entramado de la celosía se apreciaban sus rasgos graciosos y unos ojos de mirada ardiente y profunda que clamaban libertad. Mas nunca la notamos triste o amargada, siempre sonriente festejaba las ocurrencias de que hablábamos y las fabulas que del internado nos contaba.

Era un hecho, sin embargo, que no despertaba la curiosidad del vecindario ni de la gente que transitaba indiferente frente a la ventana. Tres de sus hermanas menores, muy niñas aún, jugaban con muñecas y chocoritos en la terraza de la casa.

El padre, decían, era una buena persona, amable y servicial, pero celoso en extremo con la hija mayor. Y no era un cautiverio en que la mantenía oculta; sólo era una previsión, pues tal era la belleza de esta joven que no se atrevían a sacarla libremente a la calle por temor al mal de ojo y que se robaran su belleza.
El tiempo pasó y todos crecimos. Un día jueves de Semana Santa vimos salir la familia engalanada para las ceremonias religiosas. Iban el padre, la madre y siete hijos, entre ellos cuatro mujeres vestidas de blanco con volantes de encajes en las faldas y vistosos lazos en la parte trasera de la cintura. La hermana mayor, la que permanecía oculta tras la celosía de la ventana viendo pasar la vida, no relucía ya tan bella como decían, aquella belleza extraordinaria de años anteriores había desaparecido, pues sus hermanas menores se la habían robado.

Cuando en la calle corríamos detrás de una bola de trapo o jugábamos al cuclí o las veces que armábamos peleas callejeras o hacíamos alguna travesura o irrespetábamos a los mayores y gritábamos cosas a los locos, siempre lo sabían en casa y al regreso nos recibían con un buen regaño. Siempre había alguien que veía desde la ventana.

No creo que exista ventana que no guarde en secreto confesiones de amor o sea testigo de nerviosos besos de primera vez, de recados y esquelas, o que no haya sido iluminada por el trasnocho de una serenata de afirmación o reconciliación. Algunas, tal vez, cuando no había rejas de hierro, registren la fuga apresurada de algún amante sorprendido por la llegada inesperada del titular. Cada ventana, grande o pequeña, de rico o de pobre, guarda la historia de gente que ya no está, de épocas idas y de muchos que quizá pronto no estaremos. Son esas las ventanas de la ausencia.

Septiembre 2009

Relatos de José Alejandro

Contacte al autor: jose.vanegasmejia@yahoo.es

Veintiún relatos en los que el lector se ve inmerso en el paisaje. Conservan el sabor propio que acompañó el crecimiento de las generaciones de los años cuarenta y cincuenta, en los barrios de aquella Santa Marta que empezaba a salir de su condición rural, rodeada de rozas y cultivos. La ciudad olía a mar, a yodo y a sal.

Las cosas empezaban a ser descubiertas y bautizadas. Era común que se hablara de la llorona o la pata-sola, del descabezado. Durante el día los irreverentes muchachos gozaban con las respuestas de energúmenos personajes que se dejaban provocar y vociferaban groserías y arrojaban guijarros. En verdad que eran numerosos para el tamaño de la ciudad de entonces.

De ese ambiente recoge José Alejandro Vanegas Mejía su reguero de espejos fraccionados de historias vividas e inventadas, de las que nos ofrece una selección en el libro intitulado “Espejos astillados de la memoria”, editado en noviembre de 2011 (el texto no indica fecha alguna).

Son relatos que muestran interesantes aspectos de la época y deja entrever las características de las condiciones de vida. La tía fallecida que no se fue de la casa, la magia del radio, los bailes juveniles de aquel entonces, el cine popular, y la presencia de un personaje especial y hasta cierto punto tenebroso que siempre estaba ahí: Choy.

De los relatos me gustó mucho “Algo debemos a Corea”, una historia muy bien narrada, con muy buena corrección y fluidez del lenguaje, y que desde al comienzo atrapa al lector con una sutil intriga que lo lleva hasta el final. Estoy seguro que cuando José Alejandro lo escribió, el Choy estaba bien lejos.

La obra contiene varias ilustraciones de Huber Guardiola, el mago de la acuarela.

Nota: Les informo que ‘Espejos astillados de la memoria’ está a la venta en la Librería Grupo Andes (carrera 2ª # 16-27, frente al Museo San Juan Nepomuceno, antigua Casa de Cultura). Vale solo $15.000.

Cómo se hacía el pesebre en mi casa

Había hecho ya el recorrido por los almacenes Universo y J. V. Mogollón en busca de la paja, fina viruta de madera, que servía para proteger los artículos de loza o de cristal en las cajas de empaque.

Por la tarde fui hasta el almacén la Estrella Matutina para comprar dos sobres de anilina verde y amarillo. Debía añadir amarillo al verde para rebajar la tendencia azul que traía éste y semejarlo más al verde vegetal. Allí me regalaron algo más de paja.

Temprano, al día siguiente, sumergí la paja en una olla con agua en la que había disuelto la anilina. Luego de unos minutos, cuando se había impregnado el color, la sacaba y escurría para extenderla en el piso sobre periódicos, para que se secara al sol.

Teníamos listo los pliegos de papel de bolsas de azúcar y harina, y de otro que llamaban encerado, eran dos hojas unidas por una sustancia cerosa negra, lo que le daba consistencia y grosor. El papel era de color caqui o café claro. En un carro de mula habíamos traído, desde el viejo depósito, las cajas de madera, que eran de pino, donde venían empacadas las botellas de whiskey, los huacales en los que embalaban las baldosas para pisos, y dos viejas mesas: una mediana y otra pequeña. Con un frasco lleno de chinches, estábamos listos armar el pesebre de ese año.

Era diciembre de 1960. El señor Manuel Alejandro Cabas, quien venía armando el nacimiento desde hacía varios años, había resuelto no volver más. De modo que nos correspondía esa labor y, sin mucho reparo, resolví asumirla.

La regla uno era: nada de pesebre esquinado. De modo que me encontraba sólo frente a la pared desnuda. Sentado en el piso frente a ella, la observe por un buen rato pensando en qué hacer, cómo empezar. Había visto varias veces al señor Cabas, pero no retenía lo que consideraba la parte más difícil: el comienzo.

Igual que sucede cuando estamos frente al un lienzo o a una hoja de papel o a la pantalla del PC en blanco, así estaba yo frete a la pared, hasta cuando sucedió lo que debía suceder, apareció una luz, y manos a la obra. La mesa mediana sería el centro de la estructura, pero no pegada a la pared porque así sólo serviría para sostener los demás elementos, de modo que quedó a cierta distancia de ésa. Sobre la mesa, apoyados sólo en una parte y la otra contra la pared, fui colocando huacales y cajas dando forma a lo que sería una gruta y a los cerros, que alcanzaban una altura de casi tres metros. Delante de esta mesa quedó colocada la pequeña e intercalando cajas y huacales llegue a la altura mínima sobre el piso. Una caja aquí y otra allá y listo, estaban formados los lados y terminada la estructura.

Regla dos: pies calzados, para evitar un chinche clavado en la planta del pie. Cubierta esta advertencia, y pisando con cautela para evitar un traspié y terminar enhuacalado en el suelo, continué con la siguiente etapa.

Regla tres: nada de chinches en la boca. Con varios pliegos en la mano y el franco de chinches en un lugar seguro, empezaba la magia de crear montañas. El papel, luego de arrugarlo para hacerle quiebres, se tomaba con las dos manos y con movimientos hacia adentro o hacia el pecho, se la iba dando cierto englobamiento y se iba fijando con las chinchetas a la madera de las cajas, procurando dejar espacios planos. A medida que se iba cubriendo la estructura con el papel se colocaban las casquillas o portalámparas para bombillos grandes, de 110v, para que quedaran camuflados; el de lo alto  amarillo-naranja para dar efecto de sol naciente, dos amarillos para iluminar el interior de la gruta, y otros verdes, azules y naranjas para producir efectos variados en el armazón.

Cubierto todo con el papel se apreciaba ya una mole formada por cerros, valles y planos. Los espacios entre pegas y vértices se rellenaban con la paja, lo cual terminaba por darle el acabado definitivo de una porción de terreno en miniatura al que con papel de celofán y círculos de espejo se dotaba de ríos y lagos. En alguna ocasión una amiga de casa nos trajo musgo de Bogotá, después esta práctica fue desterrada por preservación de la naturaleza

La siguiente etapa era distribuir las instalaciones de foquitos los cuales se fijaban en pliegues del papel sostenidos con alfileres. No hubo regla explicita, pero los dedos maduraron de tantas pinchadas de alfiler, y quedó aprendido para siempre que cuando hay corriente no se debe meter el dedo en una casquilla ni juntar dos cables de diferente polaridad porque, además del chispotazo del corto circuito, se puede propiciar un incendio. Igual, no dejar cables descubiertos y sobre todo mantenerse aislado del piso y de cualquier contacto con la pared para evitar el remezón de un corrientaza. Debí padecerlos más de una vez para aprender la lección.

Iluminado completamente el pesebre, con los dedos hincados y la sensación de estar electrizado, se colocaban las imágenes de María, José, el burro y el buey. En casa resolvíamos el problema del viaje de los tres reyes magos ubicándolos de una vez. Sólo el niño quedaba guardado en su cajita de cartón a la espera de que llegara  nochebuena para hacerlo nacer, colocarlo sobre su canastilla.

El resto se llenaba de fieras en los cerros, extensos rebaños de ovejas y cabras con uno o dos pastores, en los planos próximos a la gruta. Patos y peces nadando en ríos y lagos. Uno o dos caseríos con sus respectivas iglesias. En casa éstos eran de cartón en un principio y después de plástico. Me fascinó, hace unos años, ver en la capilla del asilo de ancianos las casas y edificaciones hechas por el sacerdote en icopor, con todas las características arquitectónicas, supongo, de aquella vieja época en Jerusalén.

Así como encontramos iglesias no es de extrañar que hubiese también algún tren eléctrico o una monja regando maíz a los pollitos, y al lado de una estampida de animales salvajes, una o dos busetas de servicio intermunicipal o algún helicóptero si no un jet a punto de decolar. Las plantas pequeñas en materas se colocaban alrededor de la base, lo que les daba un toque especial.

Con los años aparecieron en el comercio papeles cubiertos de verdor y la paja desapareció. Los almacenes agáchate popularizaron las instalaciones de cientos de foquitos multicolores e intermitentes que reemplazaron los “ajicitos” de instalaciones en serie de sólo ocho bombillitos.

Para mí fue siempre una interesante aventura armar el nacimiento en casa. Lo hice en casa de mis padres hasta cuando mi esposa me sacó a vivir aparte, entonces lo continué haciendo en la nueva vivienda. Ahora es mi hija menor la que se entusiasma con ello, pero igual que con los gatos y la perra, es a mí a quien corresponde la lidia, por decirlo de alguna manera.

Se ha ido perdiendo la devoción o practica de hacer el pesebre. He visto casas donde antes se entusiasmaban por hacer aquel promontorio artificial, reducirlo a una canastilla con un papel verdoso en el fondo sobre el que colocan las imágenes y una que otra ovejita descarriada, con algunas lucecitas intermitentes. Son curiosas y llamativas artesanías que exigen los cada día más reducidos espacios en las viviendas.

Deja así… cógela suave

Panorámica nocturna. S. M. (100% Samarios. Julio César Beltrán)

Por las tardes niñas y niños iban a patinar. El balneario construido en la bahía de Santa Marta tenía pista de patinaje. Según cuentan y por las fotografías, era una hermosa pieza de arquitectura, dedicada a la recreación de los samarios. En un comienzo y por algún tiempo las familias disfrutaban allí los días festivos, en un ambiente  amenizado por música de orquesta. Pero –cuentan los mayores– con el tiempo algunos señores resolvieron dejar las familias en casa e irse al balneario de rumba en reestreno de damiselas de ocasión recién desembarcadas del tren. Los padres, entonces, no permitieron que sus hijos volvieran a la pista de patinaje. Y algún funcionario con autoridad para hacerlo, mandó demoler la edificación.

Si destruyeron el balneario menos podría esperarse que reconstruyeran el fuerte de San Vicente que hoy sería un interesante atractivo turístico y sitio de esparcimiento. Igual que con el Morro y Punta Betín, miradores propicios de la ciudad, pero dada la irrevocable vocación turística de Santa Marta, les quebraron el destino por otros menesteres.

El puerto de aquel entonces, con algunos barcos en su costado, era un pintoresco motivo de postal, con Ancón, Taganguilla y otras ensenadas de fondo, y la hostería Punta Betín al otro extremo. Pero el desarrollo portuario arrasó con todo, porque había que echar mano de lo fácil e inmediato. Hoy el puerto se está tragando la ciudad: cada vez exige más y más terreno, y su área de influencia, con los marinos en busca de un desahogo rápido, enterró para siempre los sectores y calles aledaños, y sigue creciendo, como se puede apreciar en la avenida primera y en las orillas del parque de Bolívar, con oferentes de sexo fugaz y tempranero y con sus nidos de paso a la vuelta de la esquina.

Esta Santa Marta, dos veces santa, tiene el privilegio natural –que algunos han dado por llamar magia– de tener todo lo que las demás ciudades no tienen. Pero como dice el chiste, el Creador la pobló de gente muy particular.

Si la estatua del Fundador le ha dado siempre la espalda al mar, los samarios le hemos dado la espalda no sólo al mar sino  la ciudad misma, a la Sierra Nevada y a toda esa magia todera que un eslogan sonoro y de afán dice tener. Desde siempre, todos los años se escuchan promesas y propuestas edificantes: se va a hacer, se está haciendo. Pero todo eso vuela con los primeros soplos de la brisa loca de diciembre, y todo queda como un juego más del día de los Santos Inocentes.

Durante muchos años la ciudad estuvo circunscrita por lo que hoy es la avenida del Ferrocarril. Antes padeció en silencio el cerramiento que durante horas hacía el tren de ciento cuarenta vagones cargados de guineo. Puertos de Colombia, Ferrocarriles Nacionales, la Licorera y el Estado –además del comercio– proveían  empleo relativamente suficiente. La gente vivía un sueño idílico, embrujada por el olor de yodo y de sal, por el olor de mar.

Pero el samario ha sido tan prosaico, que las picardías de los funcionarios eran, y aún son, festejadas en mesas de clubes, bares y en las esquinas. En su época (tomado como un simple ejemplo menor), hubo inspectores de policía que llenaron la historia de anécdotas que hoy se cuentan como hechos heroicos sin el menor rubor.

La gente con el tiempo se acostumbro a la paquidermia estatal, que se fue enraizando hasta hacerse lugar común el “deja así” o “cógela suave”, porque las cosan no funcionan como deberían y se consolidó el reino de la indolencia. Que para qué entrar en detalles.

En los setenta la cosa cambió. La brisa levantó las últimas faldas que dejaban al descubierto los últimos calzones pasados de moda. La ciudad empezó a cambiar a pesar de los samarios. Fue la época de la bonanza marimbera. La población se triplicó. La ciudad se lleno de gentes arrastradas por la brisa loca, entusiasmadas por el frenético viaje de prosperidad irredimible. Es notorio –dice un investigador– la ruralización de la urbe a partir de allí. Se produjo, entonces, un recambio en lo político, económico y social.

La construcción tuvo un gran repunte: mansiones de lujo, edificios notables y urbanizaciones. Y las casas, tradicionalmente francas, cambiaron las fachadas: las rejas de hierro hicieron su aparición en terrazas, puertas y ventanas, no como elemento de ornato, sino por seguridad. Llama la atención que para esa época también empieza a hacerse notable el enrejamiento de tumbas y osarios en el cementerio San Miguel.

Santa Marta empezó a ser otra a pesar de sí misma. Muchos se embarcaron en el viaje y bailaron al mismo son de un nuevo vallenato con acordeón y guitarra eléctrica. Los primeros terminaron siendo los últimos. Y no porque seamos xenófobos, sino que es un hecho visible que el samario cedió todo el protagonismo emprendedor al foráneo, y son éstos los que timonean la embarcación en casi todos sus ordenes. De ahí que se hable de formar una colonia de Samarios en la ciudad.

En los tertuliaderos se plantean cosas muy serias y graves; como:

*La migración hacia la ciudad continúa y no hay cálculos precisos.

*El hambre en Santa Marta, que alguien calificó alguna vez de folclórica (porque se resolvía con uno o dos guineos verdes y un ojo gordo, que a nadie se le niega),  es una realidad evidente y se habla de altos niveles de miseria.

*Desde hace algunos años los gamines ya no son muchachos del interior del país sino propios de la ciudad.

*Los niveles de desempleo, se estima, superan con ventaja el promedio oficial.

*Y como para confirmar con una investigación: en la ciudad hay grupos familiares que hasta la tercera generación subsisten gracias a una pensión de jubilación de Puertos de Colombia.

Tal parece que el rumbo y el destino de Santa Marta lo trazan desde fuera o está en manos de quienes llegan para hacer lo que los samarios decidimos, hace tiempo, mientras la cogemos suave, “dejar así”