Del ser y sus máscaras

La vida es un carnaval y por supuesto llena de mascaras.

Los seres humanos somos tan imperfectos que para vivir en sociedad, a diferencia de los demás animales, requerimos usar máscaras. No existe un solo ser humano que no las esté usando y cambiando constante mente, según las circunstancias –ha dicho un escritor, siendo portador de la suya.

Es indudable que algunas son más permanentes que otras, pero siempre están ahí. Augusto Monterroso, escritor guatemalteco, cuenta la historia de la rana que quería ser una rana autentica. Esta se miraba al espejo y se acicalaba buscando como agradar a la gente, y descubrió que la gente admiraba su cuerpo. Se dedico, entonces a hacer sentadillas y aeróbicos y “…dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que parece pollo”.

La sociedad en todos los tiempos ha sido un perfecto simulacro y sus gentes interactúan en un continuo movimiento de simulación. Desde los primeros años de la infancia comienza el proceso de normatización en el cual se castra la espontaneidad y con ella la posibilidad de ser. El niño, por ejemplo, es presionado a dejar el juego que lo entretiene y pone en acción su imaginación para que salude de beso y abrazo a la vecina que llegó de visita: que mucho gusto, que qué bueno que nos visite. Mentiras. Cuando en realidad lo que en niño siente por ella es terror y recelo, porque es una vieja gritona y le pega a sus hijos. Igual ocurre con el primo odioso, pretencioso y egoísta con quien lo obligan a compartir el juego que él disfruta solo y que aquél vino a interrumpir y usurpar. Que sonríele a tu primo, sé amable y cariñoso con él, mira que por la tarde tu tío nos invita a tomar helado y comer pizza. Y así comienza el aprendizaje de colocarnos máscaras.

Como a los demás les gusta comprendernos, tenemos que hacernos comprensibles y actuar para que éstos se sientan agradados comprendiéndonos. Por eso la necesidad de las máscaras. Con la máscara de la sonrisa agradable y tierna escondemos el disgusto, el odio, la envidia y la soberbia, y los demás se creen el cuento, que es lo importante. Con la máscara de la congoja y la tristeza impresionamos y conmovemos a los otros para que actúen en consecuencia con nuestras pretensiones. Y así en el amor y en la amistad. Una máscara para esconder las pasiones según el momento y mostrarnos de manera positiva.

Lo importante en este mundo no es tanto ser como parecer, y hay dos tipos de personas que la sociedad aborrece: a los genios con sus genialidades y a los francos con sus franquezas, pues son los únicos que cometen la estupidez de ser diferentes a los demás. Por eso son excluidos y vistos como locos.

Las máscaras son tan abundantes en algunos que al querer encontrar su verdadero rostro pasan y repasan una y otra máscara sin llegar a encontrar la que le es auténtica, la que en verdad le corresponde. Otros al despojarse de ellas encuentran un hueco, un espacio vacio, en lugar de cara. Pero todos en menor o mayor cantidad llevamos las nuestras, ese es el juego.

Gibran Khaliln Gibran cuenta de un ser que se volvió loco –así lo señalaba la gente– cuando le robaron sus máscaras y salió a la calle sin ellas. Pero cuando el sol besó su rostro desnudo ya no quiso usarlas más. Y aceptó su locura porque en ella encontró la libertad y la seguridad de no ser comprendido. A lo que afirma: que quienes nos conocen y comprenden oprimen una parte de nuestra existencia.

Cierto es, pues, que cuando nos va mal en algo es porque olvidamos usar la máscara o no utilizamos la adecuada. Pero por eso no habría que llorar, pues la vida no es más que un carnaval.

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1954, con la razón en uso

Cuando niños, los de mi generación vivimos en absoluto encantamiento hasta llegar a los siete años. Ni la primera comunión podía redimirnos de ese estado de la sin razón, considerada así por los adultos de entonces. Sin embargo, como hecho paradójico, teníamos capacidad para entender e interpretar las morisquetas que los mayores, padres y familiares nos cruzaban sobre las visitas cuando notaban nuestra presencia.

  Levantaban las cejas, torcían los labios, echaban hacia atrás la cabeza, chasqueaban los dedos, etc. Todo para indicarnos que los niños no intervienen en los asuntos y conversaciones de los mayores o que escucharlas es cuestión de mala educación y por tanto debíamos desaparecer. Claro que niños y aún sin poder echar mano de la razón nosotros entendíamos perfectamente.

Cuando alcanzamos la edad de siete años nos reconocieron y concedieron el derecho de usar la razón: ya teníamos “uso de razón”. Quizá por ello 1954 es el año de mayor fijación en mi memoria.

Mantengo la imagen del número 1954 en el almanaque ilustrado con la fotografía de una joven sonreída que pasaba todo el año con un cigarrillo humeante entre los dedos, cuando del misterioso reloj de péndulo (que por ningún motivo debía tocar) sonaron cuatro campanadas y los cristales comenzaron a chocar entre sí y las cosas se movían, y en medio del vértigo sentí que por la calle rodaba una inmensa rueda. Cuando salí a mirar ya había pasado el primer temblor  de tierra que recuerde.

La impresión que causó ese hecho recién descubierto bajó pronto con el deleite de un pan francés caliente untado con mantequilla, que a esa hora comprábamos en las carretillas de la panadería La mano de Dios.

Un día de febrero, después de almuerzo en el que hubo “tití” y de sobremesa dulce de icaco, la Tía sentenció: “Nos vamos para Barranquilla y tú vas conmigo”.

Somnoliento aún, a las cinco de la mañana abordé la camioneta de Avianca, que en los lados tenía impreso el emblema de la empresa: un cóndor con las alas extendidas sobre el globo terráqueo.

El aeropuerto Simón Bolívar era en ese entonces una casucha con torre de control y terraza abierta hacia la pista. Amanecía cuando abordamos el pequeño bimotor, DC3. Como quien escala una loma alcancé un puesto delantero cerca de la ventanilla. Viendo mar por todas partes, con el cinturón ajustado hasta la asfixia, me aferraba a la silla para evitar las caídas repentinas y breves del avión: vacíos, decían. Apareció la azafata ofreciendo sándwiches y gaseosas: “No puedes comer nada porque te vomitas”.

Ese sándwiche empacado en celofán con el distintivo de Avianca quedó fijado en mi mente como un apetitoso deseo frustrado durante ocho años, hasta cuando con mi mamá abordamos otro DC3 con destino Medellín, y pude satisfacerlo por partida doble, por generosidad de ella.

En Barranquilla, calzando zapatos un número más grande, inútilmente acuñados con algodón, fuimos bien temprano a casa de una parienta por donde pasaría la Batalla de flores.

De las carrozas recuerdo la de Avianca: un avión dando vueltas alrededor del mundo; la niña sentada en una media luna, de Colombina y el desfile de cabezones con rostro de personajes del gobierno y la política; los toritos y las marimondas entre otra cantidad de genialidades del carnaval de la costa.

Las reinas, al son de flautas y tambores, repartían besos y sonrisas mientras arrojaban al público flores, bolsitas de confeti y rollitos de serpentinas. La emoción de los disfraces y las comparsas me hizo olvidar la incomodidad de los zapatos. El ritmo entró en mis huesos y fijo en el puesto empecé a seguirlo con movimientos torpes de brazos y piernas. Al fin y al cabo era un inicio.

Una de las reinas saludó por el nombre a la parienta y nos llenó de besos aéreos y confeti. A poca distancia cayo un paquete de serpentina. Cuando ya estaba listo para descargar el impulso y lanzarme sobre él, sentí un fuerte apretón en el brazo: “Cuidadito con moverte de ahí”. La alegría de aquel momento quedó congelada y todo lo demás empezó a parecer aburrido.