La alcancía: culpa y castigo

En ese entonces la ruta estaba predeterminada desde casa por los padres: “…y cuidadito se le ocurría desviarse para algún otro lado…”. Así, a diario, salía de la casa, en la calle de la Cruz (12), derechito por la carrera 6ª hasta la calle Grande (17), caminando sobre el andén deteniéndome al final de cada cuadra, en la esquina, donde debía mirar detenidamente a cada lado para cerciorarme de que no viniera ningún automóvil, bicicleta o carro de mula o de burro antes de cruzar la calle. Era la ruta diaria que tomaba para asistir al colegio San José de la señora Victoria Barona. Al final de clases debía cumplir con la misma recomendación para el regreso a casa, aunque ya no era rigurosamente tan derechito sino más bien es zigzag.

En el regreso, hasta llegar a la calle de la Cárcel (14), hacia el recorrido en compañía de Celina, una compañera de curso que con Isabel, otra compañera, formábamos un trió, que si bien teníamos buen rendimiento en clases alcanzábamos también notable marca en castigos por desorden. Con Celina cruzábamos con largas zancadas de un andén para otro y avanzábamos pateando las checas, guijarros o latas que encontrábamos a nuestro paso.

En la esquina de la calle grande con carrera 6ª quedaba la foto Ospina. La pared de la edificación que daba a la carrera estaba metida en relación con las demás y en el ángulo que formaba la entrante siempre había una piedra grande, aplanada y gris, una laja. Todos los días al pasar por ahí me acercaba y alzaba la piedra por uno de sus lados, veíamos pequeños ciempiés, variadas hormigas, lagartijas que salían despavoridas y las temibles tijeretas. En una de esas ocasiones vimos con sorpresa que debajo de la piedra había una alcancía de lata color azul claro. “Cógela, cógela”, alertó Celina. La tomé, miramos para todos los lados como si fuéramos a cruzar una calle por la esquina, cuidando de que nadie nos hubiera visto. La alcancía estaba llena de monedas, pesaba. La guardé en el maletín y fuimos donde un tío de Celina, que tenía una ferretería cerca, a una cuadra de donde estábamos, para que nos prestara con qué abrirla. El tío de Celina, un señor delgado, de mediana estatura, calvo y de ojos entrecerrados tomo la alcancía, la sopesó y agitó en la mano haciendo sonar las monedas; nos miró fijamente, con el seño fruncido y dijo que esa era la alcancía que se le había perdido en la mañana, que menos mal que nosotros la habíamos encontrado. Nos dio las gracias y a cada uno una moneda de cobre de dos barritas, el número dos en romano, y nos mando de forma categórica para la casa, advirtiéndonos que no habláramos de eso con nadie. Pesarosos y desconcertados regresamos por donde habíamos venido. Al llegar a la calle de la Cárcel Celina siguió para su casa y yo continúe derechito para la mía.

Por la noche tuve dificultad para dormir, y cuando lograba hacerlo me veía alzando la piedra y hallando la alcancía repleta de monedas que se salían por la hendidura y a Celina afanada recogiéndolas del piso, eran monedas de cobre de dos centavos en números romanos. De repente volvía a la vigilia con el sentimiento de culpa por haber desobedecido la norma predeterminada desde casa: ir y venir al colegio derechito sin coger para ningún otro lado. Ese día, con Celmira, entusiasmado por el hallazgo de la alcancía repleta de monedas había contrariado la norma, pero poco importaba que el tío de ella se hubiera quedado con la alcancía: ese era el castigo merecido por desobediente.

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