VENDEDORA DE ALEGRÍA Y COCÁ

Mi reciente producción

Alegría y cocá

  ALEGRÍA Y COCÁ

Oleo sobre lienzo 80 x 60 cm

Cel. 3017902619

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Soliloquio en la oscuridad

Cuando estudiante en Bogotá tuve ocasión de codearme con un buen numero de exponentes de la literatura y la poesía y uno que otro del género de las plásticas. Se pasaron momentos y tertulias interesantes, y me puse más o menos al tanto con los últimos sucesos para estar al día, como dijera el viejo Darío Samper: “ya vi tres  veces Belle de jour y no la entendí, leí Cien años de soledad, y no alcancé a ir más allá de la primera página de “En noviembre llega el arzobispo”. No diré nada de los encantos de Katherine Deneuve, de Cien años todos han comentado y de Héctor Rojas Herazo tampoco diré nada porque nada tengo que decir, nunca lo he visto ni en fotografías.

Cualquier día, por allá en 1968, salimos a dar un septimazo Oscar y Ricardo Alarcón Núñez, José Luis Diaz-Granados Valdeblánquez, Rafael Araujo Gámez y yo, después de haber sacado de un hotel en el centro a Gabriel García Márquez. El escritor vestía ese día un saco de cuadritos blancos, negros y grises (entiendo que era una de sus pintas preferidas), y un pantalón de paño gris con los quiebres desdibujados y bota angosta. “Mierda, me traje un pantalón de Mercedes”, dijo  al ver que observábamos la bota del pantalón. Avanzamos por la séptima y por la calle 19, si no me equivoco, llegamos a un apartamento donde nos encontramos con Carlos Bernier, samario, y Luis Enrique, hermano de Gabriel. Después de los saludos Gabriel nos hizo notar que durante el trayecto nadie se había dado por enterado de quién era el personaje que caminaba con nosotros. Un fotógrafo callejero nos tomó una foto, alguno guardo el recibito, pero nunca supe que alguien hubiese reclamado la instantánea.

En otra ocasión en Santa Marta, en el Hotel Titimar de los Alarcón Núñez, estábamos reunidos en la terraza con motivo de alguna celebración, en esas llegó un vehículo del cual desembarcó Gabriel, entró y saludo a todos, y después de que intercambiáramos saludos él siguió a reunirse con los dueños de casa, sus parientes. En dos oportunidades, pues, me he saludado con Gabriel García Márquez, y a lo sumo hemos cruzado diez palabras. Todo eso antes de que recibiera el premio nobel de literatura en diciembre de 1982. Me he leído casi toda su obra. Me ha cautivado y me agrada su manera de escribir y cada vez que puedo releo alguno de esos libros. Para entenderlos, asimilarlos e interpretarlos, no he requerido, en lo más mínimo, conocer en detalle la biografía del autor, pues considero que la obra literaria aunque su fundamento es la realidad vivida o conocida por el autor, interpretada y fantaseada por él, tiene su propia vigencia y validez independiente, como obra, del autor.

Poco antes de abandonar el Externado de Colombia y regresar a Santa Marta le hice varias tomas fotográficas a Luis Fayad para su libro Los sonidos del fuego, no para ilustrar la caratula sino para su reseña biográfica en la contracarátula. Durante algunos días, después, continuamos reuniéndonos en la librería La Lechuza, en el Chicó, y tomando tinto mientras conversábamos de cosas varias, entre esas de literatura y de las hermanitas Cáceres. A los pocos días de haber llegado a Santa Marta recibí por correo un ejemplar de Los sonidos del silencio. En el respaldo estaba la reseña biográfica de Luis ilustrada con una de las fotografías que le había tomado, pero no me dio el crédito; sin embargo, al abrir el libro encontré que estaba autografiado, escrito con tinta verde decía “… por las fotos tomadas con el “fla”. Del resto de literatos y poetas he tenido noticias solo de oídas y comentarios leídos.

En esta ciudad terminé estudios en la Universidad del Magdalena y la vida me encausó por otros rumbos y ciudades del país. Pero volví. En 1984 regrese a continuar la brega por sobrevivir como gerente administrativo de una empresa y me vinculé, además, a la docencia. Y estando ya en esta tierra, que a pesar de ser antidialéctica, tiene sus espaciós, encontré algunos aunque estrechos para acercarme a las actividades culturales. Escribí columnas de opinión en los periódicos locales, entre ambos casi 7 años. En el Banco de la República coordiné durante casi cuatro años el espacio El escritor y su cuento. Hice parte del grupo de reflexión del parque, que existió de hecho, mas no de derecho, y se disolvió cuando comenzaron los trabajos de remodelación de la Plaza de Bolívar.

Jamás me he considerado y menos creído un intelectual ni un erudito. Tal vez solo un entusiasta por las cosas agradables de la vida sin matricula alguna. Leo lo que se me antoja y cuando tengo oportunidad de libro, mas no por cumplir un riguroso orden de tener que, menos aún para dar la lección. Leo y si guardo en la memoria algo, bien y si no, también y no tengo porque recordar autores ni lecturas, porque, insisto, no lo hago para dar la lección o demostrar nada a nadie. Ahí me identifico con Luis Guillermo Martínez cuando dice sobre la técnica que ésta se lee, se aprende y se deja ahí, que en el momento preciso que se requiera aflora y sin discurso alguno se aplica hasta sin darse cuenta uno mismo. Llevo más de medio siglo aprendiendo a pintar, pero no estudio la vida de ningún pintor y de los que algo sé es porque inevitablemente me he topado con lecturas sobre ellos y por alguna curiosidad como entrar en los vericuetos de la vida de Van Gogh, por medio de sus cartas a Theo, en busca de su acercamiento a la teoría del color, pero no porque deba tener presto un discurso sobre él. Detesto a los citadores, que no son capaces de conversar si no es haciendo alarde de haber leído biblioteca y media.

Pienso que es muy placentero hablar entre compañeros y amigos de temas varios o de los desastres de las innovaciones en el arte o desarte sin que ello se torne en una competencia (del que más dice, del que más grita, del que supuestamente más sabe) donde ninguno es ganador y todos perdemos la oportunidad de captar o tomar provecho de las inquietudes de los otros. En algún lugar debo tener refundido un recorte de un escrito de Borges donde se pronuncia sobre ese tema. Que la reunión o tertulia de amigos no se convierta en un partido con ganadores que nada ganan, eso es muy fastidiosos, y menos aún que alguno pretenda soportar sus argumentos contra los de los otros esbozando citas de tal o cual autor, que a veces ni el mismo citador conoce, o flameando al viento, como argumento irrebatible, su diploma de maestría.

Noviembre 27 de 2012

Mi amigo Vladimiro

A la sombra del árbol de tamarindo en el patio de la casa del poeta Rafael Caneva Palomino se reunieron varias generaciones de jóvenes y de otros más adelantados. Recibían allí bajo la tutela del maestro las luces de la iniciación en los ajetreos de la cultura; arte, literatura, teatro y poesía. Yo no participé en esos encuentros. Vladimiro Manuel, hijo del maestro, estuvo entre esos grupos, se forjó y colaboró grandemente con la proyección y actuar cultural del poeta Caneva Palomino: en las actividades de Mediodía y en la biblioteca popular, en la cual los libros de Caneva estuvieron al servicio de los estudiantes y lectores de Ciénaga, Magdalena.

Supe de él y sus actividades por Larissa, su hermana, amiga de mi esposa cuando apenas me acercaba a Ciénaga recién casado. Médico dedicado a la pediatría y participante de actividades culturales. Pasado un tiempo estando vinculado a la Sociedad de Escritores del Magdalena, de la que también era miembro, coincidimos en un evento. Fuimos presentados formalmente y no volvimos a encontrarnos sino varios años después.

Coordinaba yo el programa el Escritor y su cuento en el Banco de la República en Santa Marta. Con esta actividad empecé por las tardes a frecuentar una banca en el parque de Bolívar y sin saber cómo resultamos reuniéndonos a diario Arturo Bermúdez Correa, Tony de la Cruz, Juan Avendaño, Luis Carlos Páez y uno que otro día Vladimiro Caneva Rincón. Siempre había temas de cultura que tratar o actividades que comentar. Le dimos un carácter cerrado al grupo, aunque nos mostrábamos abiertos a todo el que se acercara. A las pocas reuniones supimos que ya nos habían bautizado como “El grupo de reflexión del parque”. El viernes hacía presencia inmancable Vladimiro. Llevaba algún ensayo, artículo o fragmento de algún autor importante o el acta de la reunión del viernes anterior parodiando los hechos y personajes, la lectura de éstos daba base para una tertulia que alcanzaba hasta la medianoche. En grupo asistíamos a exposiciones de arte, charlas o recitales en los distintos centros culturales. Fue un gran apoyo y colaborador en el programa El escritor y su cuento en el que intervino con algunas lecturas.

Con la remodelación del parque de Bolívar se dispersó el grupo. Me topé en varias ocasiones con Vladimiro y saboreando un café, empezaron entre los dos unos interesantes diálogos. Él, poseedor de una vasta formación intelectual, lector de los clásicos de la literatura y autores destacados, conocedor de los vericuetos de la música: historia, teoría y pentagrama, intérpretes y compositores; además de ejecutor del saxofón con algunas prácticas en el clarinete, y yo, aprendiz de brujo, pintor por ratos, escritor por otros tantos, lector sin afán ni compromiso, pero con sentimientos que no he de ser yo quien los evalué. Surgió, pues, la idea de formar un grupo de tertulias y logramos la primera reunión. Cinco concurrimos puntuales a la cafetería escogida y ese día continuamos, pasada la hora de cierre, a puerta cerrada deleitándonos con una charla sobre música gregoriana. Logramos algunas otras reuniones exitosas, pero los oficios de cada quien nos llevó a la dispersión. Continuamos solos, él y yo.

Volvimos a lo anterior y con uno o más tintos conversábamos no solo de arte y literatura sino de asuntos personales y fue entrando entre ambos un círculo de confianza, no obstante, el tema central era algún autor o alguna obra que hubiésemos visto en alguna exposición. Su personaje favorito y respetable en literatura, me atrevo a decir, fue el mejicano Alfonso Reyes. En varios de nuestros encuentros sacaba el libro de Reyes y abordaba La experiencia literaria. Leía con solemnidad y hasta con devoción: sobre la literatura, la poesía y la crítica. De mi parte esperaba que terminara la lectura y terciaba con una apreciación irrespetuosa, como: qué tanto parapeto para expresar lo que se vive y se siente y ni qué decir de la critica. En más de una ocasión terminábamos compartiendo mi apreciación, en la que se mostraba de acuerdo. Igual, no estábamos muy convencidos de la viabilidad de la Teoría Literaria.

Así, en torno a ese rollo de cosas y opiniones fue concretándose una verdadera amistad entre Vladimiro y yo. Con su porte distinguido, guayabera y sombrero de aguada o gorra, pantalón, medias y zapatos en armonía cromática, cualquier día entre semana compartíamos un tinto en los cafés del centro o íbamos a los centros comerciales de las afuera donde además de tomar café y charlar, recreábamos la vista con el paisaje móvil.

Estuvo muy atento a la celebración de actividades en Ciénaga en conmemoración del centenario de nacido su padre, produjo algunos documentos y recientemente uno sobre los últimos cincuenta años de cultura en Ciénaga y me confirmó haber terminado, hace poco, un extenso escrito sobre su familia, narrado por Ego, su propio personaje, pues no gustaba escribir en primera persona. Para mí su escrito más interesante el es cuento “La mansión del diablo”

En los últimos meses Vladimiro mostró algunas molestias de salud, pero no pensé que fuera a terminar de la misma manera como él me decía, hacía yo en mis escritos: cuando menos se esperaba. Falleció el 2 de julio de 2014.

Metido en el miedo

No sube ni baja en ascensor por miedo a que quiten el fluido eléctrico. Tiene miedo a que le clonen su tarjeta de crédito y le llenen el cupo o le desocupen la cuenta de ahorro con un símil de la tarjeta débito. No invierte en depósitos a término por miedo a que le devuelvan su dinero, si acaso, en bonos a largo plazo.

Tiene miedo al desempleo por el fantasma de la miseria. Miedo también como empleado público a que no le paguen a tiempo y nadie quiera comprarle el sueldo. Lo acosa igual el miedo a que cambie la mayoría y le pasen su resolución dejándolo en la vacancia. No sale a la calle por miedo a que lo aplaste una tractomula del carbón, lo atropelle un mototaxista o se caiga de la buseta. Teme caminar por la acera por el riesgo de tropezar con uno de los tantos zocos o restos de lo que fue una señal de transito o con los desniveles, grietas y huecos, así como de ser arrollado por uno de esos bicicleteros o motociclistas hideputas que irresponsablemente transitan por ella.

Tiene miedo de enfermarse porque las drogas de marca son carísimas y las genéricas de dudoso efecto, y por que tendría que madrugar para ira a la IPS con el riesgo de que lo atraquen, no consiga cita o muera por falta de atención adecuada. Tiene miedo de ir a El Camellón porque el espectáculo le dañaría sus recuerdos de otros tiempos. Tampoco va a la playa porque ya casi no queda, le roban la ropa y, además, porque los coliformes fecales no dejan espacio para los bañistas.

Le da miedo escribir para un periódico porque le cambian las palabras, le parten los párrafos y lo ponen a decir cosas que no pensó; lo que ocasiona que, algunas veces, en vez de crítico aparezca como lambón. No come guayaba por miedo a los gusanos ni bebe ron por temor al guayabo. No piensa mucho por miedo a que se le agote el cerebro. No duerme por temor a no volver a despertar. Habla poco por miedo a que se le acaben las palabras y quedarse mudo y no hace el amor por miedo a que se le acaben los polvos.

Se esconde en las noches de luna llena por miedo a que ésta le caiga encima o se encuentre una loba y le prenda el sida. En las noches sin luna se le ve muy nervioso por las calles con una linterna de mano buscando el sitio donde pudo haber caído la luna, por miedo a que alguien la encuentre primero y se la robe. Definitivamente le tiene pánico a las noches sin luna.

Mucho es el miedo que tiene a la muerte, mas no por la muerte misma sino a que sus familiares mueran antes que él y le toque asumir los altos costos de los funerales, visitar periódicamente sus tumbas procurando que no les falten las flores, así sean artificiales. A los aviones les tiene pavor, y más que miedo a la altura es temor a que nunca aterricen y permanezca volando indefinidamente dando vueltas a la tierra.

Su médico, después de una larga conversación consultiva, le informo que su problema es de angustia existencial, lo cual, mientras lograba asimilar el diagnostico, disipó por el momento sus temores por el miedo. Pero después se enteró de que angustia es un miedo indefinido. Fue entonces cuando decidió visitar al siquiatra.

En la sala de recibo del consultorio siquiátrico, mientras esperaba su turno, hojeó cuidadosamente una de las revistas que había sobre la mesa de centro. Se detuvo en un poema del desconocido bardo León Tupac, “Tergiversaciones”, y leyó:

Tiempos que ya no corren
parado en la ausencia
presente aquel de romances idos
vuelve a nacer en noches de angustia
creí que el tiempo cerraba huellas
angustias de errores pasados
Fantasmas atávico sombras presentes.
Creí que el tiempo mataba
Ya estaba muerto
de miedo a la verdad

Pálida se tornó su tez, temblorosas la manos y se desorbitaron sus ojos. Tiró la revista y corriendo se marcho para siempre.