Los miedos del Ser

Antes del comienzo ya era el miedo. Miedo de quedar en el camino y no alcanzar a conquistar el ovulo. Por ello los espermatozoides, temerosos pero solidarios, se disponen en grupo de millones para en una carrera de resistencia alcanzar, al menos uno, llegar a la meta.

El miedo ha estado presente en toda la historia de la humanidad. Por el miedo ha avanzado aceleradamente el desarrollo científico y tecnológico, y por el miedo también se han rezagado muchos pueblos y regiones.

 El ser humano, recién estrenada su inteligencia, se vio acosado por la soledad, la ignorancia de las cosas y los fenómenos que lo rodeaban y sorprendían a cada momento. Por puro miedo a lo desconocido y buscando quien diera cuenta de los hechos, fue así como descubrió a dios. Ese dios como razón cosmogónica tenía, pues, que ser omnímodo. Tan íntimamente dimensionado, origen y generador de lo habido y por haber, que muy pronto el mismo humano empezó a temerle. Temor reverencial; esa mezcla de miedo, respeto y amor.

 Durante la gestación el embrión teme por lo que ha de ser: niña o niño. ¿será, acaso, hijo de padres pobres y pasará todas las vicisitudes que ofrece el laberinto de la angustia de no tener nada y desearlo todo? ¿Podrá desarrollarse y, con las limitaciones de su estado, tener una niñez digna como ser humano? ¿Tendrá, por el contrario, que desde temprano hacer parte del aparato productivo aplazando los goces de la infancia para el día de nunca jamás? O, quizás, ¿Será hijo de la opulencia y navegará en juguetes y complacencias? ¿Crecerá en la angustia de cuidar lo propio por miedo a perderlo todo, con miedo ínsito de ser secuestrado? Ambos, en el desarrollo de sus vidas, crecerán llevados de la mano por el miedo.

 La cultura en general ha hecho del miedo el motor de la existencia y de las religiones su depositario propicio. La norma –a la que se refiere un siquiatra como arbitrariedad cultural– ha encajonado al individuo atrapándolo entre el bien y el mal, el premio y el castigo, sin importarle el ser en su singularidad. La norma en lugar se servir para el crecimiento y desarrollo del individuo en todas sus potencialidades, lo que ha hecho es aplastarlo y someterlo en aras de la uniformidad social.

 La sociedad, la cultura en general, no educa al individuo para que obre bien por bien mismo, como realización del ser sino para que actúe bien tras un premio en lo ignoto y por miedo al castigo. Si llegara a transgredir la norma habrá de ser severamente castigado (regeneración, resocialización). El castigo y el premio han sustituido la racionalización y la comprensión de la norma, aunque esto último no parezca muy conveniente. Lo anterior opera desde la cuna hasta la tumba.

 Después de la superación del oscurantismo se liberaron los espíritus, se emancipó el ser y la religión, depositaria del sentido y la verdad, fue sustituida por los partidos y por el “pueblo”. Modernidad y posmodernidad. Desencanto tras desencanto. El ser humano cambia de polos y referencias, pero continúa acorralado por sus miedos. Ya no a lo desconocido sino a lo cotidiano, a la brutalidad del mismo ser.

 El cambio de un milenio a otro ha provocado y revivido viejos temores. Algunos cultos y sectas fatalistas crecen en número. Surgen nuevos credos y grupos, unos buscan el reencuentro con Dios, otros con Cristo, Krisna, etc. Y otros en cambio se refugian en el satanismo. Todos subliman sus miedos depositando la fe en un salvador ajeno a la naturaleza humana.

 El auge cada vez más prominente del misticismo y la superstición en nuestro medio pone de manifiesto la imperiosa necesidad de aferrarse a señales de seguridad externas. El renacer del pensamiento primitivo, no cabe duda, es síntoma de desconfianza en el mismo ser humano.

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2 pensamientos en “Los miedos del Ser

  1. Joaco, creo que el miedo superior es al otro, que no es mas que a uno mismo. Al del espejo. Cuando dices “a la brutalidad del mismo ser” lo pregonas y lo mimetizas. Ese miedo es parte esencial de lo que somos -puente a atravesar para encontrarnos- y tenemos miedo siquiera de expresarlo, de conceptualizarlo, por eso tal vez es un hipermiedo, lejano y presente; no es el cosmos, no es la incertidumbre, no es la tragedia de la vida, es el otro, que es la cara de la misma moneda.

  2. Por esa percepción tan interesante que has tenido sobre el miedo, me atrevería a decir que es posible que sea una de las tareas mas difíciles que nos corresponde franquear durante nuestro paso por la vida,……el NO temer.
    Dichoso aquel que lo consiga antes de su muerte.

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