Momentos en Valledupar

Por asuntos laborales he visitado varias ciudades del país, pero que recuerde muy pocas por motivos turísticos. En los últimos años realicé varios viajes a Valledupar, solo en plan de cambiar y ver algo distinto. En los más recientes, a mi llegada me he sentado un buen rato en un escaño cerca del área de desembarco, en la terminal de transporte.  Allí permanecía algunos minutos sintiéndome en otra dimensión y hasta pensando en la grandeza del Universo y nuestra pequeñez como personas.

La verdad, aunque conozco a muchas persona en el Valle, el único plan que llevaba era llegar donde mi hermana y compartir con ella y su grupo familiar. Allí sentado me sentí como en un mundo extraño, con la fortuna de que ningún vendedor u orientador impertinente se me acercara con sus ofertas de rutas, loterías o comestibles.

En esta ocasión compartí un café tinto y conversé por más de dos horas con Mary Daza Orozco, de quien comenté en el anterior artículo, pero, además, sin proponérmelo, tuve dos encuentros interesantes.

Por la plaza Alfonso López, en la acera opuesta a la Alcaldía y a la Iglesia de la Concepción, se hallan varias mesas de una cafetería, provistas de parasoles rojos.  En una de esas encontré un anciano de pantalón corto, zapatos con medias y camisa guayabera. Me puedo sentar con usted, le pregunté. Claro, con mucho gusto, contestó. Nos saludamos de mano, me senté y le pregunté: De dónde es usted. De Santa Marta, respondió. Yo también, le dije.

Orlando Gutiérrez, dijo llamarse el anciano, vivió en la calle de la Cárcel y desde hace más de cincuenta años se trasladó a Valledupar para trabajar en la construcción. Hoy vive tranquilo, goza de buena salud y compañía. Dijo haber conocido a mi padre y visitado su almacén, el Iris. Tomamos tinto y conversamos sobre cosas que fluyeron espontáneamente. Volví a encontrarme con él en el mismo sitio, pues vive al lado de la cafetería, el domingo 29 de julio. Compartimos tinto, hablamos del día y las festividades de Santa Marta: de la ciudad y de la virgen.

Ese mismo domingo había asistido a la Catedral del Rosario. Como ya comenté en nota anterior, allí me  extasié viendo los detalles del interior de la edificación: sus arcos hiperbólicos, el recinto con sepulturas en las paredes y el Jesús Nazareno al fondo, los tres niveles del presbiterio con tres gradas cada uno, la imagen de Santa Marta en un pedestal fuera de su nicho, etc. Pero me llamó la atención la imagen se un santo sosteniendo en la mano izquierda un niño sentado sobre un libro y en la derecha una rama con flores de azucena, la sotana era de color gris verdoso, salpicada de estrellas de diferentes formas y tamaños. Me extraño.

Terminada la misa, me acerque a una señora, bastante madura, que ocupaba puesto en la última banca. Me recibió amablemente con una sonrisa y después de saludarla le pregunté: Disculpe, ¿cuál es ese santo que está allí, después de esa columna? ¿Cuál de los dos? Me contestó. El que está disfrazado de noche obscura, le dije. La señora soltó una carcajada que trató de atenuar tapándose la boca con el pañuelo, fue tanta la risa que hasta lágrimas le salieron. Cuando logró nuevamente la calma me dijo, aun sonriendo: ese es San Antonio de Padua. Y, ¿por qué el disfraz? Volvió a reír y me explicó que esa imagen había permanecido varios años guardada en un cuartucho y que cuando llegó a la iglesia un nuevo padre la mando restaurar, pero que desconocía la razón que tuvo el artista para pintar la sotana de esa forma. Me despedí de la señora que, sin lugar a dudas, recordando lo del disfraz del santo volvió a sonreír.

En la ciudad de los Santos Reyes

Santos Reyes no por los del Festival de la Leyenda Vallenata sino en honor a los Reyes Magos por la fecha de su fundación a cargo del Capitán español Hernando Santana, el 6 de enero de 1550, y para congraciarse con la memoria del cacique de la tribu de los Uparis, de ese valle. El nombre completo quedó, entonces: “Ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar”.

Estuve allí en 1967 de paso en un viaje de ida y vuelta para Alvernia, en Pueblo Bello, a un encuentro con Jesús que en esos días estaba hospedado en el monasterio de los capuchinos, yo estudiaba en el colegio San Luís Beltrán de sus pares fraternos, los franciscanos. No fue mucho lo que de la ciudad vimos, pues a la llegada fuimos transbordamos enseguida a los jeep que nos conducirían a Pueblo Bello, allí encontré la capilla que tiene la torre del campanario en piedras de río y que fue el motivo del primer óleo que pinté, copiado de una tarjeta postal, cuando cursaba algunos años del bachillerato en Medellín.

Al regreso, todos arrepentidos y santificados, alcancé a ver lo que había en el trayecto entre el sitio donde nos dejaron los jeep y la iglesia Las tres Avemarías, donde, para terminar el proceso de santificación espiritual, incluido en nuestro programa para obtener el título de bachiller, debimos escuchar misa y homilía oficiada por un obispo, anciano, de barba blanca y bifurcada, de nombre Vicente Roig y Villalba. En ese trayecto pude apreciar algunos aspectos de un pueblito de casitas viejas iluminadas como con luz de velas.

He vuelto de afán en dos o tres ocasiones, pero hace algunos días me dispuse ir a visitar la ciudad de los Santos Reyes, y arranqué. Cuatro horas exactas entre las dos terminales. Salimos cumpliendo itinerario. En el mismo instante en que el conductor introducía la llave en el encendido del bus comenzaba a sonar el Himno Nacional en alguna emisora radial sintonizada en uno de los estaderos de la terminal. Eran las seis de la mañana y no estaba lloviendo. (Para esos días llovía a diario en toda la costa)

  Entre ronquidos y cabezazos tomé conciencia de nuevo cuando pasamos por el obelisco, monumento a la vida, a la entrada de la ciudad y al poco rato estábamos en la glorieta del monumento al Cacique Upar, próximos a la terminal. Sabía que no habría alguien esperándome, pues no lo había convenido así. Al bajar del bus me sentí rodeado de ausencia y opte por sentarme en uno de los escaños cercanos a la bajada.

 Desde allí vi pasar gestes que arribaban en otros buses. No se me acercó ningún vendedor de cosas inútiles ni de golosinas ni de suerte, tampoco pasó algún vendedor de tintos, que hubiera llegado oportuno, pues ansiaba en esos momentos uno doble. Ahí estuve sentado un largo rato, con una sensación extraña, como si el tiempo se hubiera detenido y no me interesara que avanzara, hasta cuando caí en la cuenta que frente a mí estaban los taxis estacionados en hileras. Quise abordar el último y uno de los acomodadores de ocasión me abrió la puerta, mas el conductor se negó indicándome que me dirigiera al primero de la fila, a quien lo tocaba el turno, así hube de hacerlo.

 Mi destino inicial era la casa donde vive mi hermana. En el taxi, hicimos el recorrido por calles, carreras y diagonales, la mayoría de ellas amplias de doble vía, con separadores hasta de dos metros, sembrados de árboles frutales, tan grandes  que hacen las veces de parasoles, igual a lado y lado de la vía. Las intersecciones de éstas, en algunos sitios, se resuelven en glorietas, en el centro de las cuales hay un monumento en honor a algún hecho, cosa o personaje propio. Así, pasé por las glorietas de los  gallos peleando (uno de ellos tiene agarrado al otro por el pescuezo); la de la marialucía o mariamulata; la del pedazo de acordeón (vale aclarar, que en el argot de la región pedazo es un decir que no significa exactamente fragmento sino un intensificador; algo sí como: “Pedazo de mujer tan bella” o “Pedazo de brutro este”); la del folclor o de los tres interpretes propios de la música vallenata: del acordeón, de la caja y de la guacharaca; la de los poporos. La sirena dorada de Hurtado, la había vista tiempo atrás, mas en esta ocasión no estaba entre mis planes ir al Guatapurí

 En una de las salidas, en compañía de mi hermana Ilka Cecilia, estuvimos en la Casa de la Cultura, ubicada en lo que fue un monasterio. Había allí una exposición de pintura y un grupo de música de viento ensayaba notas antillanas. Una señora vestida de negro nos abordó de forma intempestiva y quiso narrarnos la historia del edificio, mas no le dimos tiempo y salimos sin haber apreciado las pinturas y sin saber de su autor. No creo equivocarme si digo que vi en la ciudad más de diez galerías de  pintura, alguna de las cuales alcancé a visitar.

La plaza Mayor, Alfonso López Pumarejo, en toda su dimensión, estaba desierta. Cruzada apenas por uno que otro transeúnte. La tarima Francisco El Hombre con la boca abierta guardaba silencio, frente a ésta, en el ángulo derecho, se erige el monumento a la Revolución en marcha: es una escultura en línea oblicua de una mujer desnuda, con líneas corpóreas bien definidas, pero con el rostro como de una máscara, asciende con los brazos extendidos y el dedo índice derecho señalando hacia arriba, seguida por un hombre, armado de lanza, cubierto con una capa terminada en caperuza que le oculta el rostro, pero que deja ver la parte delantera del cuerpo, exhibiendo unos testículos alargados y flácidos.

No busque ni me encontré con algún amigo o conocido, no estaba en mis planes hacer actividad social, y el propósito de ese viaje no era otro que el de restañar huellas sentimentales. Pero sí llevaba la intensión de visitar la iglesia de la Concepción para ver la imagen del Santo Ecce Homo. Allí llegue a las seis de la tarde, luego de atravesar en diagonal la Plaza y entretenerme, mientras caminaba, viendo a niños haciendo piruetas de transito en carritos eléctricos conducidos por ellos. Eran casi las seis de la tarde, la iglesia estaba llena, pues estaban en el novenario de un reconocido compositor cuyo cortejo fúnebre, muy concurrido, presencie  por la tarde el día de mi llegada. “Al fondo, por la nave izquierda”, me había dicho Ilka Cecilia. Llegue hasta el nicho donde se encuentra la imagen color caramelo: “este es el hombre”. Tres potencias de plata irradian desde la cabeza; los ojos, grandes, de vidrio dan una expresión de vida al rostro adolorido. Es, sin lugar a dudas, una bella y valiosa pieza de arte religioso. Para protegerla del excesivo manoseo de los devotos, la imagen fue introducida en un cilindro de vidrio, cuyos reflejos hacen difícil apreciarla.

 Allí estuve un rato frete al Santo Ecce Homo, luego di media vuelta y con pasos lentos me dispuse a salir de la iglesia, sentí que todas las miradas se dirigían hacia mí. Al día siguiente, después de cuatro días en los que no llovió, tomé el bus de regreso.