Metido en el miedo

No sube ni baja en ascensor por miedo a que quiten el fluido eléctrico. Tiene miedo a que le clonen su tarjeta de crédito y le llenen el cupo o le desocupen la cuenta de ahorro con un símil de la tarjeta débito. No invierte en depósitos a término por miedo a que le devuelvan su dinero, si acaso, en bonos a largo plazo.

Tiene miedo al desempleo por el fantasma de la miseria. Miedo también como empleado público a que no le paguen a tiempo y nadie quiera comprarle el sueldo. Lo acosa igual el miedo a que cambie la mayoría y le pasen su resolución dejándolo en la vacancia. No sale a la calle por miedo a que lo aplaste una tractomula del carbón, lo atropelle un mototaxista o se caiga de la buseta. Teme caminar por la acera por el riesgo de tropezar con uno de los tantos zocos o restos de lo que fue una señal de transito o con los desniveles, grietas y huecos, así como de ser arrollado por uno de esos bicicleteros o motociclistas hideputas que irresponsablemente transitan por ella.

Tiene miedo de enfermarse porque las drogas de marca son carísimas y las genéricas de dudoso efecto, y por que tendría que madrugar para ira a la IPS con el riesgo de que lo atraquen, no consiga cita o muera por falta de atención adecuada. Tiene miedo de ir a El Camellón porque el espectáculo le dañaría sus recuerdos de otros tiempos. Tampoco va a la playa porque ya casi no queda, le roban la ropa y, además, porque los coliformes fecales no dejan espacio para los bañistas.

Le da miedo escribir para un periódico porque le cambian las palabras, le parten los párrafos y lo ponen a decir cosas que no pensó; lo que ocasiona que, algunas veces, en vez de crítico aparezca como lambón. No come guayaba por miedo a los gusanos ni bebe ron por temor al guayabo. No piensa mucho por miedo a que se le agote el cerebro. No duerme por temor a no volver a despertar. Habla poco por miedo a que se le acaben las palabras y quedarse mudo y no hace el amor por miedo a que se le acaben los polvos.

Se esconde en las noches de luna llena por miedo a que ésta le caiga encima o se encuentre una loba y le prenda el sida. En las noches sin luna se le ve muy nervioso por las calles con una linterna de mano buscando el sitio donde pudo haber caído la luna, por miedo a que alguien la encuentre primero y se la robe. Definitivamente le tiene pánico a las noches sin luna.

Mucho es el miedo que tiene a la muerte, mas no por la muerte misma sino a que sus familiares mueran antes que él y le toque asumir los altos costos de los funerales, visitar periódicamente sus tumbas procurando que no les falten las flores, así sean artificiales. A los aviones les tiene pavor, y más que miedo a la altura es temor a que nunca aterricen y permanezca volando indefinidamente dando vueltas a la tierra.

Su médico, después de una larga conversación consultiva, le informo que su problema es de angustia existencial, lo cual, mientras lograba asimilar el diagnostico, disipó por el momento sus temores por el miedo. Pero después se enteró de que angustia es un miedo indefinido. Fue entonces cuando decidió visitar al siquiatra.

En la sala de recibo del consultorio siquiátrico, mientras esperaba su turno, hojeó cuidadosamente una de las revistas que había sobre la mesa de centro. Se detuvo en un poema del desconocido bardo León Tupac, “Tergiversaciones”, y leyó:

Tiempos que ya no corren
parado en la ausencia
presente aquel de romances idos
vuelve a nacer en noches de angustia
creí que el tiempo cerraba huellas
angustias de errores pasados
Fantasmas atávico sombras presentes.
Creí que el tiempo mataba
Ya estaba muerto
de miedo a la verdad

Pálida se tornó su tez, temblorosas la manos y se desorbitaron sus ojos. Tiró la revista y corriendo se marcho para siempre.

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Los miedos del Ser

Antes del comienzo ya era el miedo. Miedo de quedar en el camino y no alcanzar a conquistar el ovulo. Por ello los espermatozoides, temerosos pero solidarios, se disponen en grupo de millones para en una carrera de resistencia alcanzar, al menos uno, llegar a la meta.

El miedo ha estado presente en toda la historia de la humanidad. Por el miedo ha avanzado aceleradamente el desarrollo científico y tecnológico, y por el miedo también se han rezagado muchos pueblos y regiones.

 El ser humano, recién estrenada su inteligencia, se vio acosado por la soledad, la ignorancia de las cosas y los fenómenos que lo rodeaban y sorprendían a cada momento. Por puro miedo a lo desconocido y buscando quien diera cuenta de los hechos, fue así como descubrió a dios. Ese dios como razón cosmogónica tenía, pues, que ser omnímodo. Tan íntimamente dimensionado, origen y generador de lo habido y por haber, que muy pronto el mismo humano empezó a temerle. Temor reverencial; esa mezcla de miedo, respeto y amor.

 Durante la gestación el embrión teme por lo que ha de ser: niña o niño. ¿será, acaso, hijo de padres pobres y pasará todas las vicisitudes que ofrece el laberinto de la angustia de no tener nada y desearlo todo? ¿Podrá desarrollarse y, con las limitaciones de su estado, tener una niñez digna como ser humano? ¿Tendrá, por el contrario, que desde temprano hacer parte del aparato productivo aplazando los goces de la infancia para el día de nunca jamás? O, quizás, ¿Será hijo de la opulencia y navegará en juguetes y complacencias? ¿Crecerá en la angustia de cuidar lo propio por miedo a perderlo todo, con miedo ínsito de ser secuestrado? Ambos, en el desarrollo de sus vidas, crecerán llevados de la mano por el miedo.

 La cultura en general ha hecho del miedo el motor de la existencia y de las religiones su depositario propicio. La norma –a la que se refiere un siquiatra como arbitrariedad cultural– ha encajonado al individuo atrapándolo entre el bien y el mal, el premio y el castigo, sin importarle el ser en su singularidad. La norma en lugar se servir para el crecimiento y desarrollo del individuo en todas sus potencialidades, lo que ha hecho es aplastarlo y someterlo en aras de la uniformidad social.

 La sociedad, la cultura en general, no educa al individuo para que obre bien por bien mismo, como realización del ser sino para que actúe bien tras un premio en lo ignoto y por miedo al castigo. Si llegara a transgredir la norma habrá de ser severamente castigado (regeneración, resocialización). El castigo y el premio han sustituido la racionalización y la comprensión de la norma, aunque esto último no parezca muy conveniente. Lo anterior opera desde la cuna hasta la tumba.

 Después de la superación del oscurantismo se liberaron los espíritus, se emancipó el ser y la religión, depositaria del sentido y la verdad, fue sustituida por los partidos y por el “pueblo”. Modernidad y posmodernidad. Desencanto tras desencanto. El ser humano cambia de polos y referencias, pero continúa acorralado por sus miedos. Ya no a lo desconocido sino a lo cotidiano, a la brutalidad del mismo ser.

 El cambio de un milenio a otro ha provocado y revivido viejos temores. Algunos cultos y sectas fatalistas crecen en número. Surgen nuevos credos y grupos, unos buscan el reencuentro con Dios, otros con Cristo, Krisna, etc. Y otros en cambio se refugian en el satanismo. Todos subliman sus miedos depositando la fe en un salvador ajeno a la naturaleza humana.

 El auge cada vez más prominente del misticismo y la superstición en nuestro medio pone de manifiesto la imperiosa necesidad de aferrarse a señales de seguridad externas. El renacer del pensamiento primitivo, no cabe duda, es síntoma de desconfianza en el mismo ser humano.