La época del chipi chipi

Bahía de Santa Marta, 1950.

Bahía de Santa Marta, años 50 (D.R.A.)

En esa época, y me refiero propiamente a los años cincuenta, en las proximidades de la bahía se percibía el olor a yodo. La brisa arrastraba un tufillo de mariscos muertos y de agua salada. Los colores del mar cubrían una amplia gama de verdes y azules agrisados en mezclas con amarillos ocres y violetas profundos.

Distinto en todo sentido al lúgubre verdiazul tiznado de negro con olor a mierda que se presenta hoy día a la vista de todos y revuelve nostalgias en contraste con viejos recuerdos de lo que fue y ya no volverá a ser, sencillamente porque desapareció y la naturaleza no se regenera igual por más máscaras o caretas que quieran ponérsele encima para ocultar la huella indeleble del paso de las generaciones.

Era aquella Santa Marta rezagada, que algunos han llamado bucólica, tal vez por su cadencia poética y por su relativa tranquilidad en el paso de las cosas. Diferente a lo que era Barranquilla: impetuosa, metida en el comercio y con vientos de industria, donde las personas ya andaban de prisa y los carteristas y raponeros ya habían hecho su aparición en la escena delictiva, condición de las ciudades avanzadas en el desarrollo comercial. Aquí apenas se contaba uno que otro ladronzuelo, que todos conocían.

Al caer la tarde las familias se sentaban a la puerta de las casas, en mecedoras y taburetes a tomar el aire fresco. Eran pocos los vehículos que transitaban en ese entonces, por lo que era también poco el riesgo que corrían esas familias. Esa costumbre ha estado tan arraigada en los samarios que aún persiste en algunos barrios y es frecuente toparse con esas pintorescas escenas en algunas calles del centro. Cabe decir, de paso, que sorprende también la soledad que hoy se observa en algunos sectores pasada la hora vespertina.

El baño de mar en la bahía era la rutina de los niños y jóvenes en el periodo vacacional. Era costumbre de muchos ir muy temprano para recoger chipi-chipi, una especie de almejas pequeñitas que se encontraban bajo la superficie de la arena y quedaban al descubierto por un instante tras el reflujo de la ola. Por el lado norte, frente del edificio de la Aduana, donde terminaba la playa abundaba el chipi-chipi, igual que los cangrejitos.

Los pelaos llenaban potes que llevaban a sus casas, donde preparaban el típico y afamado arroz de chipi-chipi, que igual que el de tití, prácticamente desapareció de la dieta samaria, aunque sigue siento un plato apetecido en el resto del Caribe.

Octubre 31 de 209

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