Cuando conocí el tren

De las cosas interesantes que encontré cuando nos mudamos a la calle de la Cruz (12) con carrera sexta fue que el ferrocarril cruzaba a dos cuadras por el lado de la calle y por la carrera a dos cuadras también. En el cruce de la calle o paso nivel había una caseta y allí permanecía un empleado de los ferrocarriles, el guardavías, que cuando el tren se aproximaba salía y agitaba una banderola para indicar a los conductores de los pocos vehículos que transitaban en ese entonces que debían detenerse hasta cuando el tren terminara de pasar.

Por muchas advertencias que nos hicieran en casa siempre nos atrevíamos a corretear por entre los rieles saltando por los durmientes. Muchas veces nos quedábamos sentados sobre las piedras a un lado de la vía viendo pasar la interminable cadena formada por los vagones de carga, colorados, que traían racimos de guineo verde para el puerto. El fuerte trepidar del paso de esos vagones sobre las uniones de los rieles hacía temblar la tierra y nos producía cierta opresión en el pecho. Había trenes que tenían más de cien vagones.

Cuando el tránsito automotor aumentó, la hilera de carros en la calle esperando que terminara el paso del tren también se hizo interminable. Ante el aumento de vehículos y la frecuencia del paso de los trenes cargados, fueron instaladas las barreras. Consistían éstas en una palanca larga fijada a un eje por un extremo. Cuando se acercaba el tren era bajada y quedaba cruzada a lo ancho de la calle para impedir el paso de los vehículos. El guardavías era el encargado de bajar y subir la barrera desde la caseta.

Por la mañana temprano salía el tren de pasajeros llamado “El especial” con destino Ciénaga, Fundación y estaciones intermedias. Halados por una locomotora de vapor, de color negro, que resoplaba por los lados al movimiento de los pistones y expelía humo por la larga chimenea, seguían los vagones de pasajeros. Eran éstos hechos en madera sobre estructuras metálicas, pintados de verde. Se distinguían tres clases: de primera, dotados con sillas de dos puestos, con cojines abullonados y espaldares desplazables, que permitían cambiar el sentido de la orientación, ya con vista hacia adelante o hacia atrás, lo cual hacía posible que dos sillas quedaran de frente entre sí.

Seguían los de segunda, con sillas de dos puestos, con espaldares fijos y fondos en madera, y los de tercera, que tenían una larga banca de madera a cada lado en la que debían acomodarse los pasajeros. Este tren regresaba en las horas de la tarde y recibía el nombre de “El ordinario”

Otro de los trenes era el llamado “de palito”, que llegaba hasta Gamarra y era mixto; esto es, de carga y de pasajeros.

A partir de 1961, con la integración del Ferrocarril del Magdalena a la red del Ferrocarril del Atlántico, comenzó a operar el autoferro con destino final Bogotá. Años más tarde empezaron a operar el Tren de lujo y el Expreso del sol.

Los trenes de pasajeros llegaban a la Estación, un edificio verde con blanco que estaba al lado sur de la vía entre carreras 3ª y 4ª y con entrada por la calle 10B.

El tren con los vagones colorados cargados de guineo verde seguía en línea curva a la derecha hasta llegar al puerto para ser descargado. Los trenes de pasajeros al llegar quedaban con la locomotora en dirección a occidente, de modo que para un nuevo viaje debían cambiar de sentido. Utilizando los mecanismos de cambio de vías continuaban la marcha por un ramal hacia la izquierda hasta llegar próximos a la calle de la Cruz (12); de ahí regresaban en reverso y por maniobras de los cambios de vías lograban ponerse en posición de partida.

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5 pensamientos en “Cuando conocí el tren

  1. Que buen dato Joaco yo tambien recuerdo esos mismos trenes, yo vivia en la calle 26Bis con carrera 7A casi frente con frente con la cantina de moda en aquellos tiempos “Recuerdos de Ypacarai”, todas las noches se sentia el ajetreo de los trenes en los patios de la “Compañia”, asi llamaba la gente a los patios donde quedaban unas bodegas de las cuales existen algunas hoy transformadas en centros comerciales y el de la antigua Central de Transporte que sobrevive igual (totalmente desvalijada esta esta bodega, me llamaba mucho la atencion la forma como subian y bajaban unas inmensas puertas cortinas con cadenas, que mas tarde conoci como diferenciales), estaban invadidos de rieles esos patios y llenos de unos aparatos que tambien me llamaban la atencion que le decian o se llamaban suiches, con los cuales la maquina y sus vagones cogian para un lado y pa,otro, echando palante y patras, ahh y un dia unos policias con unos kepis especiales llamados Policia Ferroviaria nos encerraron en un vagon y nos pegaron un susto por nos sorprendieron moviviendo las palacas de los suiches (switches diria un gringo), y terminaron por ponerles cadena con candados a todos para que los pelaos que eramos muchisimos no jodieramos con esas vainas y se pusieran los trenes locos.Del tren tambien recuerdo sus tragedias en la ciudad con algunos vehiculos y lo peor la forma como escogian el fin de sus dias algunas personas que se le lanzaban a la mortal maquina negra de hierro, sobre todo los pacientes del exsanatorio de enfermos de tuberculosis hoy unidad mental y que solo hasta ahora la gente sabe que ese edificacion donde trataban de curarse los enfermos de tisis, que atendia la sanidad de las meretrizes que trabajaban en algunos bares de la ciudad y a donde tambien ibamos los pelaos, los jovenes y los señores a que nos sacaran la sangre y nos tomaran una radiografia pulmonar que determinaban que nuestro estado de salud era apto y nos podiamos matricular en un colegio y los señores podian obtener un trabajo, todo eso nos trae recuerdo del tren, de las ruidosas maquinas de vapor sobrtetodo todo antes que aparecieran las poco ruidosas locomotoras electromecanicas.

    • Viejo Robinson, ese sector esta lleno de historia que tu por la edad y la experiencia podrías refrescarnos. Esas bodegas se extendían hasta lo que fue la “yunai” donde hoy esta el Exito de la 22 con 5ª y parte de lo que llamaron el cementerio de los coléricos.

  2. Como siempre, la mayoría de tus memorias nos inducen a mirar por el espejo retrovisor todas las páginas de historias compartidas en nuestra querida Santa Marta. Los que habitamos en el sector comprendido entre las calle 19 y 20 con carrera 9° cerca a la fábrica de sardinas fuimos testigos del paso de ese diablo llamado tren, de igual manera experimentamos ese olor producido por la combinación del humo salido de la locomotora y los vapores salidos de la chimenea de la fábrica de sardina; una combinación irrepetible que de seguro solo podrá ser lograda en algún laboratorio de química. Gracias por esas memorias.

  3. Es indudable que este tipo de artículos, nos trasladan a las épocas descritas, que bueno hacer recuentos de vivencias gratas; que diferencia de esa Santa Marta, con lo que es ahora; mis saludos cordiales y que la musa de la historia siga aconpañandote y nos recuerdes hechos y vivencias de antaño. Cordial saludo.
    Jorge Antonio lanao Lopez.

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