Lo inesperado de un equívoco

Juan Pablo Castel, en El Tunel, de Ernesto Sábato, llegó a decir que sentía su pensamiento flotando como un corcho en un rio desconocido. Que seguía flotando cerca de esa mujer que acababa de ver debajo de alero en un rancho al pasar en el tren. ¿Qué me importaba esa mujer? Se decía, “Pero no podía dejar de pensar que había existido un instante para mí y que nunca más volvería a existir; desde mi punto de vista era como si ya se hubiera muerto: un pequeño retraso del tren, un llamado desde el interior del rancho, y esa mujer no habría existido nunca en mi vida”.

Sucesos como éste ocurren a cada instante; sin embargo, muchos pasan inadvertidos porque nuestra mente esta ocupada por otros pensamientos que nos sustraen del acontecer del momento. Algunos de estos hechos suceden dentro de alguna equivocación.

En días pasados, en la avenida Campo Serrano, abordé un bus-metro, esos grandes de color azul. Al tratar de sentarme en uno de los primeras asientos me golpeé las rodillas con el espaldar del de adelante. Seguí entonces hacia atrás buscando una silla con mayor espacio. Me deje caer sobre una que me pareció con más amplitud y por confiado recibí otro fuerte golpe en ambas rodillas.

“Eso nos pasa por pienilargos”, me dijo, esbozando una sonrisa, una mujer que estaba en el puesto de al lado. Observe que sus rodillas, que sobresalían de la falda, estaban apretujadas contra la lámina de metal del espaldar de la silla de adelante. “El fabricante debe estar sabroso disfrutando de su ganancia mientras aquí los pasajeros sufrimos las consecuencias de un mal cálculo o de la economía de espacio” Fue esta la frase que alternando palabras logramos construir los dos.

Esta mujer de color claro, pelo negro recogido en cola de caballo, parecía desbordar energía por los poros, sonreía mostrando los dientes o con los labios cerrados, sonreía con los ojos. Hablaba suave y gesticulaba con las manos haciendo énfasis en lo que decía. Dijo ser de un pueblo cerca de Ciénaga. Cuatro veces mencionó el nombre del pueblo y las cuatro lo olvidé. Me llamo Angela, me dijo, y estaba próxima a presentar exámenes para entrar a trabajar en una empresa, lo expresó con tanta convicción como si acabara de firmar el contrato.

Alcanzamos a conversar sobre una que otra cosa del diario vivir y de lo agradable que sería entablar una amistad. Le pareció muy interesante: Esas relaciones son buenas, hay que conocer a más personas, ampliar el círculo en que uno se mueve, comento ella y agregó: Sin embargo, hay que ver muy bien cómo se pueden manejar esas cosas con los compromisos adquiridos”. A que compromisos te refieres, le pregunté. Pues tengo dos hijos y un marido a quienes atender… tú comprendes, ¿Cierto?

El bus subía por la avenida del Libertador y al llegar a la avenida de los Estudiantes viró a la derecha, entonces grite: Pare, señor, pare. La mire y le dije: Chao, Angela, me equivoqué de ruta, yo sigo de largo. Adios”. Me bajé allí y seguí caminando. Fue entonces cuando comprendí porque ella me había dicho que se bajaba cerca de la entrada de Curinca.

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2 pensamientos en “Lo inesperado de un equívoco

  1. Ese cuento sí que me gusta, Joaco, pues por “canilla larga” sé lo que significa esas incomodidades. Son esas lecturas que uno agarra de entrada a lo bien firme, y sin darse cuenta, ya está uno tirado en un final inesperado. Se nota el deseo de presentar un mirar de la vida en un instante con suficiente antelación, como para que el lector se ubique en el espacio literario que le agrade. Gracias, y siga usted en esas cosas…

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