El ronzal de Gumersindo

Permanece sentado en un asiento de madera con fondo y espaldar de cuero negro y blanco, recostado a la pared del fondo del patio a la sombra de un árbol de mango. La finca, llama a ese lugar de sus pensamientos, reflexiones y soledades. Con la mirada fija en ninguna parte arranca pedacitos de papel que introduce en su boca y rumia con lentitud.

Había cumplido cuarenta y cinco años en abril. En la mañana de ese día salió temprano de su casa, y por los alrededores del mercado público entró a La Bola Roja. Pidió una botella de aguardiente y un paquete de cigarrillos. En un rincón, solo en una mesa, sin prestar atención a la música ni a los coqueteos e insinuaciones tempranas de las meretrices, comenzó el recuento de lo que había sido su vida. Por su mente corrió la película de sus logros y fracasos, aciertos y equivocaciones; de las posiciones claves ocupadas en importantes empresas y los aportes hechos a favor de las mismas, los reconocimientos fugaces y discretos de que fue objeto en su momento y de cómo sus ideas aparecían, después, plasmadas en circulares normativas como originales de sus superiores jerárquicos, que pasaban como destacados ejecutivos; de su paso por asociaciones muy pretenciosas en su decir pero estrechas en el alcance de las acciones, conformadas por gente indolente, ajena a los propósitos institucionales y afanada en el reconocimiento, la mención y las posiciones de mando, que él tanto trató de redimir haciendo el papel de idiota útil y acumulando frustraciones y desencantos; de sus encuentros con aquellos, sus amigos y compañeros, que hoy se muestran extrañados al escuchar su nombre; de los sueños en diferentes circunstancias, lugares y ocasiones con las treinta y tres novias que nunca tuvo, y de no recordar que alguna vez hubiera soñado con la única novia que luego se convirtió en su esposa, le parió tres hijos y a diario lo despierta con una cantaleta interminable como continuación de la de los días anteriores y que se pierde en el eco de las paredes cuando de prisa, como quien huye de un espanto, sale de la casa.

-Psss… Psss… Joven, otra botella, por favor.

La mujer destapó la botella, le sirvió un trago y extrajo para sí un cigarrillo de la cajetilla. Lo sostuvo entre los labios en espera de que él le encendiera, pero no lo hizo. Ella accionó el encendedor y, expulsando una bocanada de humo, le dijo:

-La soledad nunca ha sido buena consejera –dio media vuelta y se alejó.

Continuó en sus cavilaciones, las cuales sólo interrumpía para apurar un trago que paladeaba con gusto y encender un cigarrillo. Entrado el medio día se sintió confuso y algo mareado. Canceló la cuenta dejando una generosa propina a la mujer que lo atendió y se marchó de regreso a su casa.

Hizo el recorrido de cinco cuadras con el peso de las acreencias y la imposibilidad de saldarlas presionando sus pensamientos. Al llegar sintió que desfallecía, no por efectos del licor sino de solo imaginar la cantaleta que le tendría preparada su esposa. Sin embargo, antes de introducir la llave en la cerradura, reaccionó: toda mi vida he sido un trabajador eficiente y honrado, un hombre cumplidor de sus obligaciones, fui un idiota que sirvió de apoyo para que otros con menos capacidad que yo surgieran, y no siempre es que fueran un mar de santidad… ¡Ah!, pero había que verlos posar como la crema y nata de la honorabilidad… Allá ellos, qué carajo… Me siento orgulloso de ser como soy, aunque por serlo me haya quedado solo, sin amigos… y esta vieja, que hable todo lo que quiera, hoy es día de mi cumpleaños, que no es cosa que me emocione mucho, pues esta fecha siempre me ha producido nostalgia, no sé de qué; además, aunque las cosas están difíciles tengo derecho a un acto de irresponsabilidad consciente… Qué carajo.

La mesa estaba servida. Los hijos y la esposa le cantaron el feliz cumpleaños cuando entró. Almorzaron tranquilos, con música instrumental de fondo. Los muchachos comentaron cosas y festejaron una que otra anécdota. La esposa no pronunció palabra alguna durante el almuerzo. El agradeció a la familia el detalle con su día y bebió un pocillo de café acompañado con un cigarrillo que consumió hasta el extremo final de la colilla, la cual desmigajó en el fondo del cenicero bajo la retahíla cantante de la mujer por el maldito vicio y ese asqueroso olor a cachimba que se impregna en toda la casa. Se retiró a su alcoba y no bien se acomodaba cuando entró ella: “Bonita cosa y yo hecha la pendeja hablando sola como una buena idiota…” Sin decir nada salió del cuarto y se fue para el patio. Los pájaros carpinteros tactactac picoteaban las ramas del mango, un chupaflor ejecutaba su ballet entre los corales; los chupahuevos y cucaracheros entonaban un concierto acompañados por los agudos de las marialucías y los pericos. Respiró profundo y suspiró fascinado con el espectáculo canoro ofrecido por los pájaros. Escucho a su espalda el monólogo de su esposa que se acercaba. Sintió que desfallecía de nuevo. La brillantez del ambiente se le tornó opaca y el canto de los pájaros se convirtió en algarabía. No aguanto más, se dijo, esta vaina se acabó.

Los pájaros no cantaron esa mañana. La luz solar caía sobre el frondoso mango proyectando sobre el piso una sombra salpicada de puntitos luminosos. De un viejo baúl lleno de trastos sacó la cuerda que una vez utilizó su compadre Jacinto como ronzal de la yegua y que dejara olvidada años atrás. Hizo un nudo corredizo de siete vueltas, como los había visto en los patíbulos de las películas del Oeste, en un extremo y ató el otro a una rama del mango. Dispararse en la sien habría sido más rápido, pero no poseía arma, y pedirla prestada sería comprometer a otros; además, el orificio de entrada y el tatuaje de pólvora en el rostro darían muy mal aspecto al cadáver. Descartó lanzarse de lo alto de un edificio, pues la altura le produce vértigo y le tiene miedo a los ascensores. Tragarse un frasco de antidepresivo o de hipotensores le produciría un sueño eterno con apariencia de muerte natural, y eso, definitivamente, era muy simple. En cambio podría ser un frasco de raticida, pero no está a su altura morir como cualquier rata de alcantarilla, o, tal vez, un insecticida, pero igual, el solo pensarlo le erizaba la piel, qué tal volteado patas arriba como una vulgar cucaracha rastrera.

Decidido y ceremonioso subió al asiento. Con los pies juntos y con la lentitud de un ritual místico deslizó el asa de cuerda por la cabeza hasta el cuello… Ajusto el lazo. Permaneció erguido, los brazos pegados al cuerpo con un ligero movimiento de los dedos. Silencio, silencio total. Su esposa salió temprano para misa de seis, se había despedido con una mueca como sonrisa; después de ella los muchachos se fueron a estudiar. Dobló al tiempo las rodillas, levanto los talones y empujó hacia atrás el asiento. El cuerpo se balanceo y con el tirón la rama cedió. Cayó postrado, con las manos sobre el piso y la soga atada al cuello como el ronzal que una vez fue.

Gumersindo Trinidad del Sagrado Corazón, soportando el ardor del cuello lacerado releyó la carta de despedida que había escrito la noche anterior: una especie de testamento con su última voluntad y muchas recomendaciones inútiles, y sentado en un asiento con fondo y espaldar de cuero negro y blanco, recostado a la pared del patio, a la sombra del palo de mango, con la mirada extraviada, empezó a comérsela pedacito por pedacito.

Agosto de 2003

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7 pensamientos en “El ronzal de Gumersindo

  1. Felicitaciones Joaco, me encantó el relato. Si la providencia me lo permitiera, haría de él un corto metraje,… con tu permiso por supuesto.

  2. De mucho agrado de principio hasta el final, Joaco, tu cuento de don Gumersindo. Esos temas son bien recibidos; pero bueno saber que el palo de mango es quebradizo. En el mercado venden taburetes, que se recuestan mejor a la pared o cualesquier horcón que un simple asiento. Un saludo, Joaco.

  3. Excelente relato de don Gumersindo y su vida sin futuro ni brújula. Se observa un trabajo literario bien fundamentado en la narrativa, el costumbrismo y la cotidianidad de la vida diaria de nuestra gente costeña caribeña. La variedad de aves y el respeto por la naturaleza es importante. Se resaltan las costumbres del tomador y fumador como muletillas para pasar el tiempo. Dos malos amigos que a la postre pasan las cuentas de cobro y con altos intereses que se pagan con la vida. El suicidio es un estado de ánimo de las personas que no le encuentran sentido a la vida y toman la actitud más fácil de viajar al oriente eterno sin tener en cuenta lo que vale un ser humano. Un fraterno y sincero saludos. Buen punto.

    • Esa es la nota, QH, que marca el diario vivir de muchos, que por fortuna (no sé para quién) trasmutan la idea de suicidio por otra acción, pero que en esencia no les cambia la vida, salvo cuando la persona se propone un rompimiento con su propio yo y con los agentes externos que le oprimen y afectan. Gracias por esa amable y puntual anotación. Abrazos

  4. Joaco: excelente tu retrato de un hombre hastiado DE TODO. Creo que todos en algún momento de nuestras vidas hemos tenido momentos de desesperación. Pero la solución no s el suicidio. Hecho de menos un último párrafo, en donde Gumersindo hubiera colgado a su esposa y hubiera ido a La Bola Roja y se hubiera “organizado” con la mesera. Fuerte abrazo, Wence

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