Soliloquio del día después

Eduardo, en un lirismo premonitorio lo había dicho. Me dijo: tu entierro ha de ser uno de los más concurridos de los últimos tiempos. Tu negocio es, sin duda alguna, la cuna y casa de todos los chaceros de la ciudad, y sólo con ellos tendrías una multitud como séquito. Estoy seguro no ha de faltar ninguno, pues eres el único que les vendes por medias cajas, medias docenas, les das crédito para que arranquen y les encimas consejos prácticos para el oficio; has sido como un padre comercial para ellos. Súmale los dueños de tiendas, no vas a negar que la mayoría de ellos se surten aquí y, además, son muy amigables contigo, algunos como Pacho y José participan de las tertulias que armamos los sábados: una verdadera academia, con Hugo, Andrés, Agustín, Enrique con sus genialidades, Abelardo que es todo un caballero muy culto, aunque viene poco. Y no olvidemos a Alicia y a Manita que en ocasiones se nos suman con la mayor circunspección y se dejan correr sus cervecitas, eso sí, con las botellas cubiertas por servilleta. Recuerdas aquel domingo cuando Manita vino de misa y te pidió una escoba negra, y tú le preguntaste si se la envolvías o si se iba en ella… Buena tanda de escobazos te ganaste, ¿no? Pero hay que decirlo, esa señorita, se-ño-ri-ta, es muy respetable; como dirán los pelaos dentro de algunos años: toda una bacana. Los estudiantes del Caribe, a quienes les das crédito en el surtido de la cooperativa, con ellos habría ya una gran concurrencia en el sepelio, sin contar con la gente de esos otros negocios que les vendes las cajas de ron y aguardiente, los cartones de cigarrillos y el papel higiénico, te imaginas cómo sería ese desfile concentrado de pachulí alrededor del féretro dándote el último adiós.

Eduardo siempre iba los sábados al medio día. Se venía directo de la oficina, todo de lino blanco y corbata negra, con su lápiz de contador que sobresalía y le marcaba un sarro sobre el bolsillo del saco. Como era el primero en llegar, hablábamos de cosas relacionadas: del comercio y de las nuevas normas tributarias, aunque al rato empezara con su fino humor a celebrar los hechos de la vida diaria y soltara algún chiste que él mismo festejaba con estruendosa carcajada. Pero esa vez me sorprendió. Le note un aire diferente, una cierta majestuosidad en el andar. Se tomó la primera cerveza y comenzó con los pormenores de lo que sería mi funeral, sin considerar siquiera mi muerte. Se me hizo muy extraño, pero lo tomé como una broma más, ésta algo macabra para mí. Compró algunas provisiones, y galletas y confites para los hijos del cuidador, pues el domingo madrugaría para subir a la Sierra. El domingo Eduardo no visitó el cafetal. Todos sus amigos lo acompañamos hasta el cementerio San Miguel. Hugo se había adelantado años atrás dejándonos un gran vacío; ahora son dos, comentamos ese día cuando salimos del cementerio y caminábamos hacia la tienda “La Ultima Lagrima”.

Supongo me siento incómodo en esta estrechez. Se nota que el satín lo escogieron del más barato, y no se sabe si es crema o fue blanco y está así por lo viejo, qué descaro. La almohadilla está rellena de ripios de papel periódico y no de lana de oveja virgen. Supongo el encaje de papel que orilla la funda me molesta en las orejas, ni manera de impedirlo. Pero es el colmo: sé que trajeron el vestido entero completo, saco y pantalón, azul de rayitas, y éstos me han vestido con camisa blanca, corbata roja y sólo el saco, se guardaron el pantalón y me dejaron en calzoncillos, y sin medias ni zapatos, con razón imagino siento tanto frío en las piernas y los pies. Bueno, los zapatos quedaron debajo de la cama, ya deben estar como diría Oscar: huérfanos, sin brillo y con las punteras levantadas. Imagino me siento ridículo descalzo y sólo saco, camisa y corbata, menos mal la gente no se da cuenta.

Siempre creí que el transito era doloroso o molesto, pero no sentí nada, sólo la sensación de ser un espeso liquido pasando a través de un tamiz. Creo que ahora soy sólo mente, con la idea de flotar en el aire por encima de mi cuerpo rígido metido en esa caja estrecha. A pesar de todo la caja se ve bonita: color caramelo con apliques en los bordes, aunque vaya uno a saber de qué madera barata será y cuánto cobrarían. Pero que suerte he tenido, nunca me gané una lotería y en cambio con la cuarta cuota del pre-exequial me gano el ataúd con derecho a funeral y todo. El olor de los cirios encendidos supongo me esta fastidiando; no lo entiendo si siempre me agradó, sobre todo los Jueves Santos cuando encienden tantos en los monumentos, por eso los visitaba todos pues me deleitaba aspirando ese aroma particular en cada iglesia. Será que como aquellos son para el Santísimo los hacen con cera de abeja reina y éstos, en cambio, con parafina teñida. Que olor tan raro el de las flores. Las flores de las coronas huelen diferente, quizá a eso se refiere un escritor cuando dice del olor de las flores muertas… Será, más bien, de las flores de los muertos.

Mis hijos, compungidos, rodean a su madre, mi querida esposa. Tiene que ser difícil para ellos este momento de la vida; pues nadie por más que presuma está preparado. No aceptamos que éste es un hecho inevitable, es el desenlace de la vida, pero estamos condicionados a no aceptar pérdidas y menos cuando se trata de seres a los que estamos unidos por las mismas razones de la existencia. El amor de manera inconsciente se manifiesta como una actitud posesiva, de pertenencia: mi papá, mi mamá, los míos… ¿y al final qué? Por esa razón, en un acto liberatorio le abrí la jaula al canario, que cantaba muy bonito, y se fue, se posó en una rama del matarratón, me dejó un último trino y se perdió entre las nubes. Mi abnegada esposa parece tranquila, nadie la ha visto llorar, pero entre salves y padrenuestros se levanta y se encierra en la alcoba. No quiero imaginar ese choque de frente con la ausencia en las primeras horas de la mañana cuando prepare el café tinto y lo sirva en un pocillo incierto… Están retirando las coronas.

Ya llegamos. Qué lentitud. La carroza a paso de morrocoyo no se justifica si todos vienen en carro, nadie de a pié. Ahí está, ya viene: tac- clof, tac- clof, tac-clof… Es el cura éste… Cómo se llama… que tiene una pierna de palo y dicen que es neurasténico. Ya llega, hisopo en mano asperjando agüita de salvación. Pero siempre es que vino gente, aunque no tanto como dijo Eduardo que sería. Veo amigos, vecinos, familiares, ahí veo a varios que me quedaron debiendo (a lo mejor vinieron para cerciorarse de que ya no hay quien les cobre), pero… ¿y los demás? Unos están por los teatros haciendo la venta a los que van a ver Quo Vadis o El Mártir del Calvario; otros, por los alrededores de la catedral haciendo lo mismo para la gente que se concentra en espera de la bendición de ramos por el señor Obispo –claro, por eso no vino a oficiar el funeral-; con él están aquellos, de saco y corbata. Por ahí, confundidas con la multitud, andan aquellas otras, muy recatadas, metidas en vestidos negros largos de cuello alto, pero qué va… de lejos se les nota. Los otros sí que menos, ellos aprovechan hasta la última hora para vender las sardinas enlatadas y los paquetes de galletas de soda. Esas cosas pasan cuando uno muere un sábado por la noche víspera de Domingo de Ramos; Eduardo esto no lo tuvo en cuenta.

Qué sorpresa tan agradable. Ahí están todos. Todos en presencia espectral formados en media luna delante del altar mayor, frente a mis pies –y yo descalzo y en calzoncillos, qué vergüenza-: Hugo, vestido de gris y corbata negra, muy serio; Eduardo, de lino blanco y corbata negra, colorado como siempre; Andrés, de vestido habano y corbata roja, ni se ríe; Abelardo, de caqui con su sombrero de corcho; Enrique, de esmoquin tropical, camisa cuello de pajarita y corbatín, se sonríe el condenado; Juan de Dios, con su dialéctica del buen sabor; el compadre José, de gris oscuro y sin corbata, con su cabello plateado y esa sonrisa de senador romano; Ulises, tan buen hombre carajo, con su mejor camiseta y el inigualable mono, de guayabera, con esa cara que no soporta una peca más; a los demás los distingo aunque no alcanzo a precisar sus nombres, están todos muy elegantes. Uno a uno se acercan y dan un golpe fuerte con los nudillos en la tapa: toc. La piel imagino se me eriza. Ahora todos, otra vez en media luna, en coro me dicen lo que acostumbrábamos decir cada vez que alguno del grupo se adelantaba: ¡Te tocó!

Octubre 2003

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