Debía ser Economía Agrícola

Palabras pronunciadas en la Cena de Graduados, en la VII Semana de Economía y la Acreditación del Programa de Economía de la Universidad del Magdalena. Abril 26 de 2013

Había terminado satisfactoriamente el primer semestre, al cual ingresé con merito propio por un buen examen, empezando 1970. Con otros dos compañeros, destaqué en matemáticas. Como si estuviéramos sincronizados contestábamos las respuestas al unísono y cuando el profesor cometía algún error en el tablero, saltábamos en coro gritando: “Eso está malo”, Esto indignaba sobre manera al profesor, aunque en modo alguno pretendíamos molestarlo. Esos compañeros fueron Carlos Escobar De Andéis (Cayi) y José Alejandro Silva Bernier (que en la gloria esté). Por mi parte había ganado cierto liderazgo entre los compañeros y tenía un lugar en el Consejo Estudiantil, a cuyas reuniones sólo asistí una sola y única vez.

Comencé, pues, el segundo semestre ya en la nueva sede de la Universidad Tecnológica del Magdalena, en su sitio actual, en el sector de San Pedro Alejandrino. Era rector el doctor José Luis Bermúdez Cañizares. Me iniciaba también, por esos días, en unos amores tormentosos, con traga maluca. Iniciaba el segundo semestre de Estudios Generales y tenía como propósito seguir estudios de Ingeniería agronómica. Para ello debía terminar el semestre con un promedio superior a 350 en física, química, matemática y biología. Lo cual alcance sobradamente, pero no tuve en cuenta que además y como requisito básico debía aprobar el semestre con un promedio general por encima de 300. No obstante alcanzar 400 en Historia del Arte, 400 en Filosofía y hasta un 350 en ingles, me quedé con 000 en español y 000 en dibujo. De tal forma que al acercarme al Departamento de Admisiones para solicitar mi ingreso al tercer semestre de Ingeniería Agronómica, me dijeron que lamentaban informarme que mi segundo semestre había sido declarado reprobado por un promedio de 283. “Eso es absurdo. Es imposible. Es un engaño. A mí me dijeron que con un promedio superior a 350 en las exactas entraba a Ingeniería Agronómica”, vociferé manoteando. Algunos compañeros me respaldaron. Se hablo de la ley del arrastre, pero nada, nada hizo cambiar la determinación tomada por la evidencia de los números.

En años anteriores había desertado de economía en el Externado de Colombia, antes lo había hecho de la Escuela de Química Industrial, razón por la cual mi padre ya había sentenciado: “No más Bogotá”. De modo que si quería continuar estudiando debía hacerlo en Santa Marta. Así se hizo. En un local al lado de Admisiones y Registros estaban instalando una nueva oficina. Allí estaban reunidos Dairo Barrios, Alexis Roca, Fulvio Viñas y Fosión Cormane, eran ellos los pilares sobre los que se levantaría la nueva facultad de Economía Agrícola. Allí fui direccionado por el Jefe de Admisiones y Registro, Alberto Pérez Arias, el mono. En ese lugar estaba la posibilidad de continuar mis estudios en la Universidad Tecnológica del Magdalena, pero debía ser Economía Agrícola.

Me matricule en el primer semestre. Debo precisar que nunca estuve conforme con ese remoquete de “agrícola”. Simultáneamente, abrieron las matrículas para el tercer semestre de la misma facultad, que recibiría, entre otros, a los estudiantes que habiendo aprobado el segundo semestre de Estudios Generales habían obtenido un promedio inferior a 350 en las llamadas exactas. De tanto insistir, alcance unas opciones positivas: me reconocieron varias materias ya vistas y me permitieron cursar materias de tercer semestre. Aunque unos semestres adelante me aguantaron.

Empezaba, pues, el primer semestre de Economía Agrícola. Hay muchos docentes y compañeros cuyos nombres no recuerdo, pero lo que sí mantengo vívido en mi mente es la persona de cada uno, y hasta el apodo que les teníamos. Empezamos un grupo de diecinueve o veinte estudiantes. Hombres todos con una sola mujer en el grupo y con un nombre muy singular: Angela. Sin dudas, era un ángel sin alas entre un grupo de demonios: Angela Gutierrez.

Eramos los conejillos con los que se armaba la facultad de Economía Agrícola. Cursamos tantas matemáticas como los ingenieros de la Nasa, sea con nombre propio o con otro apelativo, pero matemática al fin. En lo agrícola vimos cuatro cultivos: café, banano, algodón y otro que no recuerdo. Todos los cursamos como repasando un manual y algunas salidas de campo terminaron en baños de rio por la Zona Bananera o de mar por los lados del Parque Tayrona. Algunos manteníamos la expectativa de la agronomía, tanto que vestíamos de jean y calzábamos botas media caña, aunque algunos otros lo hacían por un toque de fantasía guerrillerista. Al final de mis estudios estuvo en la decanatura Manuel Muñoz Polo. Entre los docentes, aparte de los ya mencionados y con excepción de los nombres que no recuerdo, estuvieron: los hermanos Mastrodoménico; Francisco Abella; Kemell George; Fabio Giraldo; David Tovar; Humberto Roldan; Roberto Mendoza; Avelino Morales… Fue la mejor experiencia de mi vida. Aprendí a hablar en público discurseando sobre una mesa, un pupitre, un huacal o en un atril, participe en debates políticos en el movimiento estudiantil y en tomas de rectoría: Aprendí muchas, muchas cosas que me han servido en la vida, menos Economía Agrícola.

Mi trabajo de grado tuvo sus contratiempos porque no acogí las recomendaciones del decano de ese entonces, pero con tesón y una eterna discusión con María Cristina Palacio, logré sacarlo adelante, y me gradué con la monografía: “La comunidad pesquera de Taganga y su articulación en la formación socioeconómica colombiana”, la cual fue calificada como “Meritoria”. Los contratiempos e inconvenientes para mi grado, y la superación de ellos, tuvieron sus consecuencias inmediatas en mi proyección profesional.

Cuando el cultivo del algodón estaba en su apogeo y los agrónomos se las ponían todas prestando la asistencia técnica, apareció una norma que supuestamente abriría espacio para el ejercicio profesional de los economistas agrícolas, las llamadas Unidades Técnicas. Estas estarían conformadas por un ingeniero agrónomo, un veterinario, un zootecnista y un economista agrícola, pero eso no fue más que flor de un día. Las universidades de Palmira y Bogotá ofrecieron enseguida cursos de especialización en economía agrícola para ingenieros agrónomos y veterinarios, lo cual cerró el espacio que abrían las unidades técnicas si es que en algún momento lo hubo.

Las promociones de economistas agrícolas empezaron a salir cada semestre, desde 1975, al mercado laboral. Muchos engancharon en la misma universidad como docentes que alternativamente ocupaban cargos directivos. Otros continuaron como profesores vinculados al magisterio, como conductores de taxis, como fotógrafos o vinculados con alguna empresa en cualquier cargo sin que fuera requisito la formación profesional. Algunos otros siguieron como políticos. En algunos casos fueron vinculados porque el cargo exigía formación profesional, mas no para desempeñarse como titular de economía agrícola sino como administradores, jefes de planeación, jefes de bodega, tesoreros, secretarios, etc. No conozco un solo egresado que haya sido nombrado por una empresa en un puesto cuyo perfil exigiera título de economista agrícola.

En cuanto a mi experiencia: habiendo terminado académicamente en diciembre de 1975, empecé a trabajar con la firma de almacenes de electrodomésticos J. Glottmann S. A. en Santa Marta en febrero de 1976, en el cargo de Control de Inventarios, luego pasé en 1977 a Cúcuta como Administrador de la peor sucursal de la empresa, en seis meses la lleve al 1er puesto y durante dos años la mantuve entre el 1º y 2º, luego fui promovido a Auditor Regional de la Costa atlántica con sede en Barranquilla, de ahí como Asistente del Auditor General, en Bogotá y por último aterrice en Cartagena como Gerente Administrativo. En 1984 me vinculé con Fotoflash Ltda. como gerente administrativo hasta 1992. Estuve de Tesorero en el Instituto Distrital de Transito y Transporte, Indistran, Vicerrector Administrativo y Financiero de la Universidad del Magdalena, en 1995 y primer semestre de 1996, dos veces encargado de la rectoría y después en la Contraloría Distrital como Asesor y Jefe de Examen de Cuentas. En la docencia estuve, recién egresado, un semestre en la facultad de agronomía de Unimag. dictando Economía. En la UCC, desde 1990 a 1994 como catedrático de Microeconomía y Desarrollo Económico. En la Corporación Unificada Nacional CUN, 1997-1998 en Economía, Microeconomía y Análisis Financiero.

El tiempo pasó, vientos renovadores pasaron por las universidades, se modificaron los programas y al fin eliminaron el remoquete de “agrícola” al programa de economía. Aunque, como lo advertí en el único congreso de economistas en que participé por allá en 1994: los economistas deben abrir los ojos y verificar la validez de esa profesión porque su aplicación cabal está cada vez restringida. En el mercado laboral cada día su posible campo de acción es ocupado por mercadotecnitas, planificadores, estadígrafos, expertos en comercio internacional, financistas que son ramas nacidas de la economía que han tomado autonomía como carreras.

No obstante, el programa de Economía de la Universidad del Magdalena se ha mantenido y mejorado cada día más en su estructura y dinámica académica e investigativa, lo que le ha valido para que el Ministerio de Educación Nacional le haya concedido la Acreditación de Alta Calidad por el término de seis años. Es un importante logro y reconocimiento para todo ese equipo de docentes que se han empeñado en ofrecer a la población estudiantil una facultad con verdadero peso especifico. De mi parte a todo el equipo del programa de Economía mis congratulaciones.

 

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