Cuando sea grande….

Caderas tan grandes que al andar tropezaba con todo. Nalgas redondas, llenas, que a cada paso subían y bajaban, en vaivén, marcando el ritmo de un tambor mudo. Redondas y grandes sus tetas con pezones erectos, morados, de roseta virginal, contraídos, y saltonas. Carnosos, gruesos sus labios sensuales. Mirada tierna con aire angelical daba luz a su rostro de ébano escondido tras mechas largas y azabaches. Él, desde su rincón del patio, rodeado de juguetes mecánicos inservibles, herramientas y piezas de un meccano la miraba. Suspendía todo, juegos y pensamientos, y se perdía en el recorrido de la inmensidad del cuerpo de Rebeca. Impávido, ante ella de pié frente a él, miraba sus pies, los dedos con las uñas pintadas de rojo, sus tobillos gruesos y la tersura de la piel caoba de las piernas. Imaginaba, debajo del faldón, los muslos llenos y su final o comienzo en la cuenca oculta. Desde su sitio, sentado sobre el piso, el rostro oscuro de Rebeca se perdía en la altura, pero sus ojos, la angelical ternura de su mirada lo llenaban, lo mantenían en un éxtasis abstracto, indefinido. Del ancho escote, orlado de encajes surcados por culebrillas verdes y rojas, brotaba con la ayuda de sus manos la inmensidad de sus tetas. Libres, expuestos al aire y ante su mirada, los negros senos de Rebeca se movían, ahora cerca, muy cerca al rostro pálido con ojos grandes y ansiosos de él. Ella sonreía con sus gruesos labios humedecidos por el paso de la lengua, la punta de la lengua. Lo tomaba por la barbilla y tocaba, rozaba con los pezones sus labios secos. Rebujaba con la mano sus cabellos suaves, menudos, castaños y ocultaba de nuevo bajo la blusa aquellas tetas esplendorosas. De pié, ante él, tocando su cabeza con los dedos, le dijo: “Lástima que seas tan chiquito y lo tengas tan chiquito, cuando seas grande y lo tengas grande será”.

Por las noches dormía a ratos. La oscuridad le traía el recuerdo de la piel negra de Rebeca. Dudaba si estaba de nuevo frente a ella o era la sombra nocturna que lo cubría. Cuando seas grande y lo tengas grande será, se repetía una y otra vez hasta quedar dormido cerca del amanecer. Jugando durante el día, al desayuno, en el almuerzo, en cualquier momento se ausentaba, abstraído, pensando en su pequeñez de niño impúber. Por las tardes, en su rincón de siempre, rodeado de pedazos de juguetes y piezas del meccano, se le oscurecía el espacio, sentía un tirón dentro del calzoncillo, entre las piernas, y se percataba entonces; ahí estaba ella, Rebeca, con la sombra redonda y tersa de sus tetas, y sus pezones rozándole la frente, la nariz, y de nuevo el fuerte tirón entre las piernas. Entreabría la boca, tímido, sin atreverse a nada. Y ella otra vez: “Lástima que seas tan chiquito y lo tengas tan chiquito, cuando seas grande y lo tengas grande será”. Empezó a sentir vergüenza -¿pudor?- por su edad, y no volvió a bañarse con la puerta del cuarto de baño abierta. Angustiado y obsesivo deambulaba por la casa de un lado a otro, del patio a la terraza. Los juguetes desarmados e inservibles, las herramientas y las piezas del meccano yacían desperdigados en el patio, por su rincón preferido; no atraían su interés.

Ensimismado, pensaba en qué hacer, a quién recurrir… al padre… al tío… al abuelo… a quién…

–Agüelito, ¿cómo hago yo para ser grande?

El abuelo, sentado en un mecedor en la terraza leía el periódico, lo dobló y dejó caer al piso, y mirando al nieto por encima de los anteojos de carbón de medio lente, dijo:

–Para ser grande hay que hacer cosas grandes, grandiosas. Te he hablado de Jesús, de Napoleón, de Santander, de Bolívar. Ellos hicieron cosas grandes, por eso la gente los tiene como grandes hombres. Claro que ellos hicieron eso porque eran diferentes a los demás, pensaban y actuaban de forma distinta; se atrevieron a hacer lo que otros no podían, o no se les ocurría. Pero ser diferente, como lo fueron ellos, no es nada fácil porque la gente no los acepta, los rechaza y hasta los cree locos. Sólo después que ellos se atreven a proponer y a actuar fuera de lo común y normal para los otros, cuando obtienen resultados favorables, es cuando la gente empieza a reconocerlos. Pero es común que aun siendo triunfadores muchas personas no los acepten, y sólo cuando mueren, y a veces mucho tiempo después, es cuando los reconocen y los hacen grandes. Ocurre, entonces, que hablan y escriben de sus proezas, pero no los imitan sino que hacen de ellos un mito. Erigen monumentos en bronce o en mármol, les hacen retratos con poses inventadas y rostros que ni por ahí. Fíjate, a Jesús cuántas cosas no le han inventado y lo mantienen como emblema de crueldad colgado de una cruz. Lo mismo con Bolívar que poco falta para que lo canonicen. Pero de actuar y pensar a la manera de ellos, no. Sólo conservan el mito, la leyenda

El nieto permaneció sentado sobre el piso, de piernas entrecruzadas y la mejilla apoyada en la mano izquierda. Se despabiló con un largo suspiro.

–Pero agüelito, yo no quiero ser grande así… yo lo que quiero es ser grande como tú… bueno no tanto, un poco menos… así como mi tío… sí, sí… como mi tío.

–¡Ah! Tu lo que quieres es crecer, ser un adulto. Ya entiendo. Pues te digo que ese es un proceso que lleva tiempo. Es el proceso de la vida, que es un espacio de luz entre dos huecos oscuros y, como te dije, lleva tiempo y se ha dividido en etapas. Tú estás en la primera, la niñez, y pronto entrarás a la pubertad y así hasta llegar a viejo o, como dicen ahora, adulto mayor. En ese proceso no hay, no puede haber, saltos, y cada cual debe vivir su momento con la mayor intensidad posible. El que trata de saltar etapas de su vida, sin lograrlo realmente, lo que hace es dejar vacíos que más tarde quiere rescatar o llenar y ya no puede, porque cada etapa tiene sus exigencias, y pretender volver atrás es algo que escapa a la mente sana. Es como dice la canción: plátano maduro no vuelve a verde. Es, entonces, cuando ya no hay deseos sino recuerdos, no hay fe sino resignación y la esperanza se nos convierte en nostalgia. Los abuelos nos recreamos en los nietos, porque vemos en ustedes nuestro retorno y lo gozamos como espectadores. En cambio con los hijos somos más actuantes y menos permisivos. Por eso dicen que con los nietos nos volvemos chochos.

–Bueno, agüelito, gracias –dijo el niño y en carreras, dando saltos, se dirigió al patio.

Aunque muchas de las cosas dichas por el abuelo quedaron dando vueltas en la cabeza del niño sin encontrar asiento de comprensión, su rostro cambió, se le vio aterrizado y con ánimo alegre; de niño feliz. Algo sí quedó claro para él, que cada persona vive un tiempo propio, el suyo, y que no hay pócimas ni rogativas que lo cambien, y mal haría gastarlo ahora pensando en cosas que más adelante, en el tiempo y el espacio, se han de circunstanciar.

En su rincón favorito, en el patio, volvió él, rodeado de chécheres y juguetes desarmados, a sus andanzas de antes. Construía una grúa con las piezas del meccano. Un tornillo aquí… una tuerca al otro lado… la torre con la polea y la cuerda enrollada en la manivela… falta una tuerca… dónde… dónde… aquí está. Sintió la enorme y oscura presencia de Rebeca. Vio de cerca sus redondos y voluptuosos senos y sintió la mano de ella que asía su cabeza. Los vio aproximarse y sintió el olor de su almizcle. Apartó la mano que aprisionaba su nuca, levantó la cara y clavó en los ojos de ella su mirada; fija y penetrante.

–Mira, Rebeca, cuando yo sea grande y lo tenga grande… tampoco será. Porque entonces… entonces… tú tendrás las tetas escurridas y te darán por el ombligo y… también… entonces… entonces… estarás vieja y fea.

La negra Rebeca, entre la sorpresa y el asombro, frunció el ceño por un instante y en su rostro fue dibujándose la amargura de la resignación temprana a su destino.

 Santa Marta, julio 2003

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