Más para la indignación

Por allá, hace muchos años, comenzando estudios de primaria en el colegio Liceo del Caribe, que en ese entonces estaba en la calle del Pozo (18) con carrera segunda, cuando apenas empezaba  a andar solo, al menos en la ruta entre la casa y el colegio, con algunas variantes, fui conociendo cosas de la ciudad como parte de los descubrimientos propios de la edad.

Salíamos de clases en pequeños grupos con rutas afines, y en ocasiones nos aventurábamos para ver qué había más allá de nuestra ruta cotidiana y recomendada por nuestros padres. Nos causó mucha sorpresa, temor y curiosidad encontrar el Museo etnológico. Quedaba éste en la esquina de la calle Santo Domingo (16) con carrera segunda o Calle del Rio (llamada así porque alguna vez pasó por allí un brazo del rio Manzanares que seguía hasta verter sus aguas en la playa). En ese museo había cantidad de cosas protegidas en vitrinas, tales como cuentas, piedritas, collares; narigueras, orejeras y pectorales en oro; tejidos, etc., pero lo que más llamó nuestra atención fue una momia. El cuerpo de una persona totalmente encogido, agachado, con la piel reseca pegada a los huesos y con algunos rastros de tela. Alguien nos comentó que era el cuerpo de algún indígena, que acostumbraban introducir a sus muertos embalsamados dentro de tinajas, que por eso tomaban esa forma. Se hizo costumbre nuestra (de varios estudiantes) ir al museo varias veces en la semana para ver la momia. Meses después cambié de colegio y por lo tanto de ruta y no creo que haya pasado mucho tiempo entre aquel entonces (1955 y 56) y la desaparición del museo. Ignoro por completo las razones del cierre de ese importante sitio.

En años recientes recuerdo en el caserón de San Juan Nepomuceno, un salón dotado de sillas de alto espaldar ordenadas frente a imponente mesa de juntas. Allí alcanzo a distinguir a insignes personajes como: Arturo Bermúdez Bermúdez, Ezequiel Linero padilla, Rafael Guerra, José Rafael Davila Angulo, Emilio J. Bermúdez, Rafael Martínez Padilla y otros que la nebulosa de los años no me deja precisar. Era nada más ni nada menos que la Academia de Historia del Magdalena en pleno, reunida en su sede y distinguida por el entusiasmo, interés y disciplina de sus miembros de número. En algunas ocasiones tuve la oportunidad de asistir para escuchar ponencias sobre temas relacionados y disfruté de la lectura de interesantes artículos en la revista de la academia. Este ente, que debía reunir en su seno la intelectualidad de Santa Marta y el Magdalena, por intríngulis del hacer burocrático y los intereses ligados a la política y sus vericuetos se quedó sin sede, su presidente Arturo Bermúdez Bermúdez luchó contra viento y marea, tocó puertas y corazones sin obtener nada, no obstante continuó hasta cuando sus fuerzas se lo permitieron. La Academia no murió, siguió en latencia soportada por un grupo encabezado de Rafael Martínez Padilla, que se reunía periódicamente,  pero girando en trono a los buenos deseos y a los viejos recuerdos. Ingresaron nuevos miembros. Se abrió la esperanza. Falleció Rafael Martínez Padilla. Con el propósito de despegar en nuevos vientos y nuevas metas se eligió Junta Directiva. Falleció Arturo Bermúdez Bermúdez. La Academia de Historia del Magdalena, con su nueva Junta continúa en latencia.

Inquietudes, el blog de Armando Brugés Davila , acaba de publicar, el 7 de octubre, la entrada intitulada “El Archivo Histórico: una vergüenza impresentable”. En la que nos cuenta que el Archivo Histórico del Magdalena Grande, el más importante del Caribe, que desde hace años no tiene sede y está arrumado en un cuartucho de la edificación de lo que fue el Hospital San Juan de Dios, “se está botando a la basura por camionadas, a consecuencia del agua lluvia filtrada por los techos de sus instalaciones.” En mi blog Torre de papel 1947 me permití difundir esta importante anotación de Armando bajo el subtítulo Un espacio para la indignación.

Estos tres hechos, como pequeña muestra de otra cantidad de sucesos desastrosos ocurridos en la historia de Santa Marta, muestran que algo muy peculiar existe en esta ciudad en lo que a la academia, la cultura y la intelectualidad se refiere.

Adenda.- En un almacén de antigüedades en el centro de la ciudad está exhibida una fotografía de la impresionante edificación que fue “El balneario”, el cual, ignoro por qué, fue demolido.

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3 pensamientos en “Más para la indignación

  1. Recuerdo perfectamente el museo histórico en la casa de Leyva, luego hotel Colonial, pero esto, como todo lo de real valor cultural en nuestra ciudad es echado al olvido. Los samarios nos lllenamos la boca diciendo que lo somos, pero quién, a excepción de cuatro gatos y un turpial hace algo por su terruño? Es coto de caza de filibusteros y corsarios modernos. La negligencia y comodidad samaria está destruyendo todo resto de cultura.Adoro a Santa Marta, pero siento verguenza de un alto porcentaje de paisanos.

  2. La momia indígena en cuestión la conocí en lo que hoy es el museo del oro y hasta hace unos pocos años continuaba allí. En cuanto a los viejos valores, valores de siempre, se le van superponiendo los valores del oropel del hoy llamado ” el tiempo es oro “, cuando el tiempo para las cosas no tiene valor ni existe.

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