Himera, échame un cuento

De piernas entrecruzadas, Himera se echaba al piso, recostada a la pared junto a la puerta de hierro que da al patio. Su falda ancha azul de prusia, humedecida en el vientre por agua de jabón, grasa y desperdicios de comida, se extendía sobre sus piernas. Su aroma de mujer no era otro que el del queso rancio y la grasa requemada. Frente a ella, en la otra pared, sentado a horcajadas sobre el piso de baldosas verdes y blancas, esperaba ansioso. Su pelo rizado, cobrizo hace marco a su rostro redondo con sonrisa de ángel pecador y ojos de gata en celo. Himera, échame un cuento. Sonreía… érase una vez, el tío conejo salió a dar un paseo por el bosque, en un envoltorio atado a un palo de escoba llevaba su ropa… el tío conejo caminaba… camina camina camina… caminando va. Camina camina camina… caminando va. Nunca supe, o no recuerdo que supiera, hacia dónde caminaba el tío conejo; nunca supe, tampoco, si llegó a algún sitio ni en qué terminó el cuento.

Todas las tardes anaranjadas de aquella época de las primeras letras, después de un día de juegos inventados y antes del prolongado baño –otro espacio para juegos–, recurría al encuentro, sentado sobre el piso, recostado a la pared junto a la puerta que da al patio. Himera, échame un cuento. El tío conejo se repetía o era cambiado por el tío zorro, siempre camina camina camina… caminando va. Himera lo miró, esa tarde, con ojos de gata arrecha, las comisuras de sus labios tenían un ligero movimiento que hacía variar la expresión de su rostro: ora sonriente, ora seria, ora con un no sé qué, pero que le producía calofríos en el estómago. Quieres que te eche el cuento del gallo capón. Sí sí sí, échalo. Yo no he dicho sí sí sí, échalo, sino que si quieres que te eche el cuento del gallo capón. No dijiste que lo ibas a echar, échalo. Yo no dije no dijiste que lo ibas a echar, échalo, sino que si quieres que te eche el cuento del gallo capón. Se quedó pensativo. La miró a los ojos y sintió de nuevo calofríos en el estómago. No sé. Yo no he dicho no sé, sino que si quieres que te eche el cuento del gallo capón. Se levantó, se dirigió al patio, tomó un martillo y empezó a clavetear sobre los clavos ya clavados de un viejo cajón de madera: tap… tap… tap…. Se acercó e imitó sus movimientos, yo no he dicho tap.. tap… tap… sino que si quieres que te eche el cuento del gallo capón.

No la miro, esta vez. Apretó con fuerza el mango del martillo y lo alzó a la altura de sus hombros. Sus ojos de gata lujuriosa se abrieron casi redondos, cuidado, niño, que el Diablo empuja. La miró con ojos desorbitados, el martillo temblaba en su mano, lo bajó y arrojó a un lado para deshacerse de él. El martillo dio vueltas en el aire hasta chocar con un tubo galvanizado en el ángulo formado por la pared y el piso. Al golpe saltaron chispas, sintió que la sangre se le bajaba a los pies, miró hacia el cielo: relámpagos y rayos amarillos, estrellas más amarillas aún, rutilantes, y una gran estrella roja con ribetes dorados abría y cerraba una especie de boca en su centro por la cual se veía un fondo tenebroso. Desgarró un grito indeterminado e interminable, gritó, derramando en el grito sus fuerzas; petrificado, pálido, sus manos temblaban, el cuerpo sudaba. Gritaba y gritaba más, y éste se fue convirtiendo en un grito mudo; ya no había voz pero persistía el grito. Tenía pánico. Himera lo abrazó, ya niño, no es nada, era sólo un juego. Qué fue. Qué le pasó, entró la tía, la tía de verdad que estaba de visita en la casa vecina. Qué pasó… por qué está gritando así. Ella le extendió sus brazos y el la abrazó con fuerza; su cara se estrelló entre las tetas de niña vieja, que se fueron moldeando con la humedad de sus lágrimas sobre la tela blanca con florecitas negras.

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