Ventanas de la ausencia

La nostalgia empieza a formar parte de nuestro cotidiano tan pronto cruzamos el umbral de la segunda juventud (de los 50 en adelante). Se abren otros horizontes de pensamiento, y los fantasmas y demonios que tanto nos inquietaron en el pasado se convierten en aliados y cómplices para reinterpretar lo vivido. La realidad es mirada con otra lógica: con la lógica emocional de los recuerdos. Es, entonces, cuando ya no hay deseos sino recuerdos, no hay fe sino resignación y la esperanza se nos convierte en nostalgia.

Calles y casas son evocadoras de primer orden. Esas casas en su quietud avanzaron con nosotros en la formación de una historia personal, y hoy frente a ellas experimentamos la extraña sensación –como dice E. Sábato– de que al querer entrar, al intentar abrir la puerta, nos encontramos con una pared. Aquella casa de la infancia, así como las que por esa época nos llamaron la atención, son algo más que paredes y pisos, son “esos seres que la viven, con sus conversaciones, sus risas, con sus amores y odios; seres que impregnan la casa de algo inmaterial pero profundo, de algo tan poco material como es la sonrisa en un rostro…”.

Hoy, al pasar por el frente de alguna de esas, caigo en la cuenta que no era el ventanal lo que la hacia notable, sino lo que percibía en ellas: el cuadro del paisaje de un país lejano y el retrato con marco dorado colgados en la pared, los arabescos de un gran jarrón azul, la música que escuchaban, los ladridos del perro que me atemorizaba al pasar; voces, risas y llantos de unos y otros de sus habitantes.

Esa casa, tal vez, ya era vieja pero tenía “vida” y el tiempo estaba detenido y sus habitantes no envejecían sino yo, y prueba de ello es cómo al paso del tiempo el alfeizar de la ventana-balcón ya no me golpea en la frente.
Aquella otra donde vivía el niño que fue atacado por poliomielitis, quedo fijada en mi memoria no tanto por el hecho en sí, sino por la severa advertencia que con cara de circunstancia trágica me hiciera una vecina de no pasar por allí descalzo, como solía hacerlo cuando iba a la playa, porque el virus causante de ese mal –decía ella– penetra por los pies.

El misterioso encanto que parecía esconder la casa de piedras. Una especie de palacete cubierto con piedras de río, frente al mar, con jardín exterior y en el centro de éste una fuente que tenía un niño desnudo en posición de bailarín, orinándose el mundo a su antojo, y la presencia de su dueño, don Pablo García Franco, como elemento integral del conjunto. Cuando murió don Pablo, la casa empezó a envejecer y hoy, sin la fuente del niño, la casa parece esas damas con cierto grado de demencia senil que se sobremaquillan de coloretes para asistir a la fiesta de ninguna parte.

Las casas con zaguán, cada una con su historia: la de sus habitantes y la particular manera de hacer la reunión vespertina en la puerta de la calle en compañía de los mismos vecinos de siempre, a la misma hora todos los días. Y ese “adiós, adiós” cuando pasaban los transeúntes (casi todos conocidos), que iban para el camellón o regresaban ya entrada la noche.

El penetrante y característico olor de los materiales curativos y el temible zumbido de la fresadora de odontología al pasar por la casa y consultorio del doctor Edmundo Abello. Quien fuera el único odontólogo del mundo que en verdad tenía cara de odontólogo.

La familia del médico Antonio Henríquez fue muy apreciada y querida por los samarios. Pero de esa familia el referente de mayor peso no eran tanto las cualidades personales de sus miembros, tampoco el estilo de la casa que rompía la monotonía de la cuadra (calle 12, carrera2ª), lo era nada menos que la presencia de un par de perros bóxer. No es posible pensar en alguno de los Henríquez sin poner a su lado uno o ambos de esos perros con cara de perros bravos.

Aún después de tantos años, al pasar todavía percibo el sabor a limón. Es el viejo caserón republicano de columnas embebidas y balaustrada en la cornisa, en esquina de la calle de la Cruz (12) con carrera 3ª. Por los años sesenta funcionaba allí la fábrica de paletas El Nevado, del señor Lizarazo. A diario salían en caravana, para abrirse luego por las distintas rutas, los carritos blancos cargados de sabores, empujados por los vendedores que agitaban las campanillas para anunciar su presencia y despertar el deseo en niños y adultos.

Son varias las casas que permanecen detenidas en el tiempo, con sus fachadas intactas y los mismos colores, generadoras de nostalgias en sus habitantes del pasado, quienes rehúsan en lo posible pasar frente a ellas. Otras fueron reformadas y otras más, se han ido destruyendo poco a poco por cuenta del abandono. En cambio, las hay también que cambiaron su destinación: dejaron de ser núcleos de abrigo, formación y desarrollo familiar para convertirse en hospederías y refugio de amores fugaces, hasta en centros de negocios penumbrosos.

Entre los aspectos memorables de una casa están las ventanas, como ojo que ve en doble sentido y elemento abierto a los recuerdos; bien sea porque en alguna época lejana, en los retozos de la niñez, al pasar nos golpeábamos la frente o por hechos vistos o vividos en ellas. Hoy permanecen inmóviles y ciegas en su lugar como testigos del ayer.

Recuerdo aquella ventana en la que protegida de las miradas por una celosía permanecía por las tardes, en época de vacaciones, una niña muy hermosa, de belleza celestial, decían. Estudiaba interna en un colegio de la ciudad y sólo en ocasiones especiales la habían visto, con el cabello y la frente cubiertos por una pañoleta y gafas oscuras, salir a la calle en compañía de sus padres.
Todos en el sector mencionaban su belleza, y algo de ella pudimos apreciar los muchachos que venciendo la timidez y el temor al papá, logramos acercarnos y conversar de cualquier cosa con ella. A través del entramado de la celosía se apreciaban sus rasgos graciosos y unos ojos de mirada ardiente y profunda que clamaban libertad. Mas nunca la notamos triste o amargada, siempre sonriente festejaba las ocurrencias de que hablábamos y las fabulas que del internado nos contaba.

Era un hecho, sin embargo, que no despertaba la curiosidad del vecindario ni de la gente que transitaba indiferente frente a la ventana. Tres de sus hermanas menores, muy niñas aún, jugaban con muñecas y chocoritos en la terraza de la casa.

El padre, decían, era una buena persona, amable y servicial, pero celoso en extremo con la hija mayor. Y no era un cautiverio en que la mantenía oculta; sólo era una previsión, pues tal era la belleza de esta joven que no se atrevían a sacarla libremente a la calle por temor al mal de ojo y que se robaran su belleza.
El tiempo pasó y todos crecimos. Un día jueves de Semana Santa vimos salir la familia engalanada para las ceremonias religiosas. Iban el padre, la madre y siete hijos, entre ellos cuatro mujeres vestidas de blanco con volantes de encajes en las faldas y vistosos lazos en la parte trasera de la cintura. La hermana mayor, la que permanecía oculta tras la celosía de la ventana viendo pasar la vida, no relucía ya tan bella como decían, aquella belleza extraordinaria de años anteriores había desaparecido, pues sus hermanas menores se la habían robado.

Cuando en la calle corríamos detrás de una bola de trapo o jugábamos al cuclí o las veces que armábamos peleas callejeras o hacíamos alguna travesura o irrespetábamos a los mayores y gritábamos cosas a los locos, siempre lo sabían en casa y al regreso nos recibían con un buen regaño. Siempre había alguien que veía desde la ventana.

No creo que exista ventana que no guarde en secreto confesiones de amor o sea testigo de nerviosos besos de primera vez, de recados y esquelas, o que no haya sido iluminada por el trasnocho de una serenata de afirmación o reconciliación. Algunas, tal vez, cuando no había rejas de hierro, registren la fuga apresurada de algún amante sorprendido por la llegada inesperada del titular. Cada ventana, grande o pequeña, de rico o de pobre, guarda la historia de gente que ya no está, de épocas idas y de muchos que quizá pronto no estaremos. Son esas las ventanas de la ausencia.

Septiembre 2009

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19 pensamientos en “Ventanas de la ausencia

  1. Buen artículo en contenido y redacción. Muy agradable y nostálgico. Sera que la segunda juventud trae la desventura de los recuerdos que no volverán a ser mas una realidad?

  2. Vas a deleitarte con la próxima exposición en El Museo Bolivariano sobre arquitectura de Santa Marta, en la presentación de un libro de Antonio Castañeda, del cual pongo aquí en forma de primicia un fragmento de su nota editorial:

    “De todo el conjunto de bienes materiales e inmateriales que conforman nuestro patrimonio cultural heredado y que ha sido enriquecido con generosos y valiosos aportes hechos por cada generación, Letrarte Editores ha querido comprometerse con la difusión y exaltación de los significados del patrimonio histórico representado por la arquitectura de nuestros pueblos y ciudades a través del tiempo.

    Es así como creó la colección Pueblos, que recorre pequeños poblados en busca de la esencia que los caracteriza y que les ha permitido trascender en el tiempo, marcando de manera significativa a sus naturales e impresionando profundamente a sus ocasionales visitantes. Así mismo, Letrarte Editores, concibió esta colección, La Historia de Frente, Arquitectura de…. Que con los títulos anteriores Arquitectura de Cartagena y Arquitectura de Bogotá, abrió la senda para la apreciación de nuestras ciudades desde un punto de vista inédito, como es el desarrollado por Antonio Castañeda Buraglia”

    Muy pronto publicaremos un reportaje y varios informes sobre la exposición que conmoverá a Santa Marta en abril, después del carnaval, semana santa y distractores de ese tipo. (y tiene que ver con lo que comentas..
    Un abrazo y mira la nueva INTERFAZ GRÁFICA de mi Web flechitas adelante-atrás- older- news IMAGENES, MUUUCHAS IMAGENES y con muy pocos comandos en inglés.)

  3. Me gustó Joaco, porque viví la Calle 12 con todas tus anécdotas, cuentos y personajes. Veo en “Ventanas de la ausencia”, uno que otro compendio entrelazado de tus cuentos anteriores, o me equivoco?.
    A Juan José, me gustaría preguntarle si cabe la posibilidad de referenciar a Alvaro Ospino Valiente con su libro “El drama urbano de Santa Marta durante la dominación española” y su investigación titulada “Análisis tipológico y morfológico de la ciudad de Santa Marta”, como un complemento para ayudar en esa apertura de la senda para la apreciación de nuestras ciudades que menciona en el fragmento de la nota editorial de Antonio Castañeda. Igualmente, creo que Joaco se deleitará con las exposiciones del Museo Bolivariano. Aprovecho la oportunidad para felicitar a Zarita Abello y colaboradores, dado su interés y excelente manejo por el aporte cultural que nos brinda, amén de su celo y tenacidad por la preservación de nuestros valores históricos . Fuerte abrazo.

    • Claro Edy, esa es una entrevista que tenemos pendiente, una vez fugazmente la intentamos en una cafetería pero la premura y el lugar no dieron un material publicable; y ojeando el Llibro que mencionas vimos una reseña a una de las primeras visitas circenses o de los mochileros de la época que vale la pena rescatar de esas visiones de Álvaro Ospina V.
      Es tanto lo que tenemos por compartir que sólo falta el aliento de los internautas-lectores y preocupados por la historia que nos aplasta …

  4. Joaco, tu artículo me pareció muy bueno, te felicito. Definitivamente después de los 50 la nostalgia nos comienza a roer la conciencia y eso no es bueno, porque puede llevarnos a la depresión. Deprimirnos en la tercera edad debe ser terrible. Lo que debemos recordar siempre es que este fenomeno llamado vida es irrepetible y actuar consecuentemente con esa realidad.

  5. Buen artículo y especialmente por ser su autor una persona de extraordinaria memoria y una particular retentiva de esos detalles que no por pequeños, o aparentemente insignificantes, si nos marcaron en nuestra infancia. Artículo éste que nos devuelve a revivir situaciones que solo logramos recordar gracias a personas de una privilegiada forma de escribir como el muy querido y apreciado Joaco.
    Mil garcias amigo por permitir devolver el tiempo con tus escritos, tambien por permitirnos retornar al añorado pasado y a lo mucho que disfrutamos en nuestra primera juventud….!

  6. TU ESCRITO ES FUNDAMENTAL RECUERDO DEL PASADO. ES CIERTO QUE LOS VENTANALES Y CELOSIAS FUERON TESTIGOS MUDOS DE LO QUE PASABA FUERA Y EN LAS CALLES QUE TAMBIEN ERAN MUDAS, PERO SI FILMABAN LO BUENO Y LO MALO COMO TU DICES. BENDITOS RECUERDOS DEL PASADO

  7. Joaco:Parece una crónica Las Ventanas de la Ausencia, con cierto agrado metafórico transcurre la narración, repleta de recorderis juveniles y hoy ya entrados en la adultez de la vida se convierte en un espejo grato de la memoria: de la calles, casas, ventanas y voces de aquellos mayores que construyeron historia a su manera, de la Santa Marta nostálgica, sana, a veces bocólica y provincial, pero recordada y hoy día en muchas cosas deseada, en otras no por supuesto.El pulso y la fuerza narrativa me agradaron, como de la misma manera lo hicieron varias pinturas la cuales observé con agrado estético, y paso a invitarte para que te animes a seguir trabajando con disciplina y tal vez compartiendo experiencias y reflexiones con nuestro común amigo y pintor Ángel Almendrales. Te felicito por ambos ejercicios y la pluma y el lienzo te esperan en las ventanas de la aurora. Chao. Wilme

  8. Recordando a Marcel Proust, veo Joaco, que vas presto tras la “Busqueda del Tiempo Perdido”, que no perdido sino más bien pasado, por lo menos para nosotros los optimistas, que recordando lo rescatamos para vivirlo de nuevo y sumergiéndonos en él, degustarlo una vez más volviéndolo al presente, ya que “lo pasado se convierte en un aspecto del gusto actual”, luchando contra el tiempo, ese mismo tiempo que persigue inclemente al hombre tratando de aplastarlo y que al final será vencido sólo por lo que éste deje consignado en la literatura. ¡Qué vivan las letras…! -¡Hurra, por la literatura!: – Chao. Vladimiro.

    • Creo que al único que se le ha perdido el tiempo ha sido al señor Marcel Proust, aunque decían los antiguos viejos que el tiempo perdido los santos lo lloran, cosa que no entendí del todo. La única opción que en la vida da el tiempo es la de vivirlo. Con razón, una de estas tardes, me dicía mi amiga I.J. que lo sublime en la vida no es tanto hacer el amor sino vivir el amor.
      Confieso que he vivido, dijo Neruda. Nada dejo de qué arrepentirme, pues “Nada es posible dos veces”. Ahora nos reecreamos de lo que fue, y si bien el pasado puede en algun momento producir nostalgia, lo que más llama es a festejar y recrearnos en las cosas que fuimos capaces de hacer y en las que no también; que por cierto sus motivos producen risa. ¿Que vivan las letras, carajo!

  9. Joaco me encantó tu relato, mientras lo leía en fracion de minutos mi mente y todo mi ser me fue llevando a esos momentos de mi adolescencia, haciendo todas las travesuras de mirar con ese misterio tras los ventanales cubiertos muchas veces con las rejillas de madera que no se podia ni mirar lo que habia detras. Creci y vivi en la Calle 10C con Kra. 1o. por el Hotel Sompallon y frente a las Residencias Miramar, luego nos trasladamos a vivir en la Calle 18 Con Kra. 4o. CASA DE LA FLIA. SEGRERA, vecinos laterales, FAMILIA LAFOURIE Y diagonal la FAMILIA DAVILA. Que buenos recuerdos que me da nostalgia y mas ahora extraño mi tierra, mi ciudad, mi familia.
    Gracias a tu relato de la HELADERIA OASIS llego a mis manos tu Blog y el cual me comi leyendo en minutos. Escribe sobre PARGO ROJO EN EL B. ANCON. SOBRE LA BRASA REST. Gracias y felicitaciones, sigue escribiendo e investigando es muy interesante y valioso. Un abrazo en la distancia

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