Saludar o no saludar…

Al lado de la crueldad, humana por supuesto, se ha proclamado a todos los vientos el buen trato, las buenas relaciones, a partir de la tolerancia, la comprensión, la cortesía y el respeto.  Recuerdo que todo esto estaba contenido en el Manual de Urbanidad de Carreño, que al igual que el catecismo del padre Astete debíamos aprender al pie de la letra.

Del padre Astete, la misa en latín y las respuestas que el acólito bebía dar al sacerdote fue lo único que no fui capaz de aprender. De Carreño creo que aprendimos casi todo, y de verdad que lo pusimos  en práctica; después, quién sabe…

Ceder la silla a las señoras y a los adultos. Dar paso por la acera a las señoras y a los adultos. Saludar a las demás personas. Quitarse la gorra al saludar, incluso al pasar por debajo de la bandera patria o de las estatuas de los héroes  de bronce, al entrar a la iglesia u oficinas, en el salón de clases, etc. Parece que fueran actos sacados de alguna comedia; pero aunque así lo parezca, la verdad es que son tomados de la misma realidad y hoy día en una mínima porción aún se practican.

Hace más de veinte años visito un conjunto residencial, y en todo ese tiempo nunca he escuchado la frese “Buenos días” o “Buenas tardes” como respuesta del portero a mi saludo al llegar. Igual sucede al momento de salir. No obstante, en algunas ocasiones, hemos conversado y deduzco que no es por antipatía conmigo que no contesta el saludo.

Los buenos días aún se conservan. En las primeras horas del día es común entre los vecinos y entre las personas que se cruzan en la calle. Pero va decayendo a medida que calienta el sol. Después de ocho y media o nueve ya no es común el saludo entre extraños que se topan. Curioso es que acercándose dos personas se miran a los ojos, pero cuando están ya para saludarse una de ellas voltea para otro lado, a veces  la otra también.

En una de estas tardes salía de un almacén y vi que había un escaño al lado de la puerta de entrada. Era una tarde luminosa de sol ardiente por occidente y cielo encapotado con nubarrones negros por oriente, esto me llamó la atención y opté por sentarme a contemplar esa variante  climática.

Estuve allí sentado, en actitud contemplativa, de tres a cinco de la tarde. En ese tiempo entraron unas veinte personas al almacén y de todas ellas sólo una niñita de tres o cuatro años volteo la cara para donde yo estaba y me sonrió. El resto pasaba como si llevaran puestos  tapaojos como los que ponen a las bestias para que no vean a los lados y se asusten, o como si padecieran tortícolis que les impedía voltear la cabeza y saludar siquiera con una mueca como sonrisa.

Aun así nos saludamos, de pronto no con el tradicional “buenos días” (tardes o noches), pero sí con expresiones que han tomado el papel de equivalentes, tales como: Uey, hola, anjá y qué, epa, wepa, etc.

Como en nuestro medio hay de toda clase de personas, así mismo se podrían clasificar entre las que saludan, no saludan y muy saludadoras (de éstas dejémosla para otra ocasión). Las que saludan no requieren comentario salvo que, como anoté, unas los hacen con el tradicional o clásico y otras, con el equiválete.

Las que no saludan resultan difíciles de clasificar, pero haré el intento. Unas, que no han terminado de sacudirse el barro y ya se creen untadas de nubes, sólo saludan y doblan la cerviz a quienes consideran de alto estatus; otras, con alguna posición social considerada superior a las demás, no saludan sino a quienes consideran sus iguales, al resto ni lo miran; otras, no saludan porque andan tan enredadas en sí mismas que no ven más allá de la punta de la nariz, van por la calle como  autómatas y cuando se topan con alguien que las saluda se sorprenden e impresionan, como si cayeran en la cuenta que  en realidad existen. Unas muy especiales que pasan caritiesas y a los dos metros se devuelven y dicen: “Oye, que bueno que te encuentro, necesito que me…”. Y unas últimas que definitivamente no saludan por…

Motivado por: “Suludando no es gerundio” de Arturo Pérez-Reverte en   Patente de Corso

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4 pensamientos en “Saludar o no saludar…

  1. Me acordé, mi estimado Joaco, cuando yo paseaba por las calles de Portland en bicicleta. Resulta que siempre veía a un anciano sentado en el porche de su vivienda..¡en un aburrimiento! entonces, lo saludaba con el brazo en alto como si fuera un conocido de vieja data, o el amigo del alma. Le daba mi saludo; la primera vez ni me contestó; pero después de varias saludadas, el geronte gringo me contestaba…¡con una alegría! y yo también me alegraba por haber afectado positivamente su cerebro cansado y sobre todo, aburrido en pingarria senil.

  2. Que bueno, ojalá todos nos pusiéramos en la tarea de recordar al Padre Astete y muchos otros autores de comportamientos del ser humano a ver si volvemos a ser lo que debemos ser, besos

  3. Interesante todo ese análisis que haces a cerca del saludar. Particularmente me complace hacerlo siempre y con frecuencia voy a los lugares donde sé que encontraré amigos a quienes saludar y que quieren saludarme. Es una apetencia interior que exige cierta condición personal que no todos tienen y los que no la tienen se privan de esa complacencia también muy interior que proporciona el saludar y ser saludado. Los que no saludan o no quieren saludar, o les fastidia saludar y que los saluden, no les queda más remedio que tratar de morderse el rabo de la rabia de que no los saluden o no quieran saludarlos. Termina siendo algo de parapsicología, mi muy estimado Don Joaquin.

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