Deja así… cógela suave

Panorámica nocturna. S. M. (100% Samarios. Julio César Beltrán)

Por las tardes niñas y niños iban a patinar. El balneario construido en la bahía de Santa Marta tenía pista de patinaje. Según cuentan y por las fotografías, era una hermosa pieza de arquitectura, dedicada a la recreación de los samarios. En un comienzo y por algún tiempo las familias disfrutaban allí los días festivos, en un ambiente  amenizado por música de orquesta. Pero –cuentan los mayores– con el tiempo algunos señores resolvieron dejar las familias en casa e irse al balneario de rumba en reestreno de damiselas de ocasión recién desembarcadas del tren. Los padres, entonces, no permitieron que sus hijos volvieran a la pista de patinaje. Y algún funcionario con autoridad para hacerlo, mandó demoler la edificación.

Si destruyeron el balneario menos podría esperarse que reconstruyeran el fuerte de San Vicente que hoy sería un interesante atractivo turístico y sitio de esparcimiento. Igual que con el Morro y Punta Betín, miradores propicios de la ciudad, pero dada la irrevocable vocación turística de Santa Marta, les quebraron el destino por otros menesteres.

El puerto de aquel entonces, con algunos barcos en su costado, era un pintoresco motivo de postal, con Ancón, Taganguilla y otras ensenadas de fondo, y la hostería Punta Betín al otro extremo. Pero el desarrollo portuario arrasó con todo, porque había que echar mano de lo fácil e inmediato. Hoy el puerto se está tragando la ciudad: cada vez exige más y más terreno, y su área de influencia, con los marinos en busca de un desahogo rápido, enterró para siempre los sectores y calles aledaños, y sigue creciendo, como se puede apreciar en la avenida primera y en las orillas del parque de Bolívar, con oferentes de sexo fugaz y tempranero y con sus nidos de paso a la vuelta de la esquina.

Esta Santa Marta, dos veces santa, tiene el privilegio natural –que algunos han dado por llamar magia– de tener todo lo que las demás ciudades no tienen. Pero como dice el chiste, el Creador la pobló de gente muy particular.

Si la estatua del Fundador le ha dado siempre la espalda al mar, los samarios le hemos dado la espalda no sólo al mar sino  la ciudad misma, a la Sierra Nevada y a toda esa magia todera que un eslogan sonoro y de afán dice tener. Desde siempre, todos los años se escuchan promesas y propuestas edificantes: se va a hacer, se está haciendo. Pero todo eso vuela con los primeros soplos de la brisa loca de diciembre, y todo queda como un juego más del día de los Santos Inocentes.

Durante muchos años la ciudad estuvo circunscrita por lo que hoy es la avenida del Ferrocarril. Antes padeció en silencio el cerramiento que durante horas hacía el tren de ciento cuarenta vagones cargados de guineo. Puertos de Colombia, Ferrocarriles Nacionales, la Licorera y el Estado –además del comercio– proveían  empleo relativamente suficiente. La gente vivía un sueño idílico, embrujada por el olor de yodo y de sal, por el olor de mar.

Pero el samario ha sido tan prosaico, que las picardías de los funcionarios eran, y aún son, festejadas en mesas de clubes, bares y en las esquinas. En su época (tomado como un simple ejemplo menor), hubo inspectores de policía que llenaron la historia de anécdotas que hoy se cuentan como hechos heroicos sin el menor rubor.

La gente con el tiempo se acostumbro a la paquidermia estatal, que se fue enraizando hasta hacerse lugar común el “deja así” o “cógela suave”, porque las cosan no funcionan como deberían y se consolidó el reino de la indolencia. Que para qué entrar en detalles.

En los setenta la cosa cambió. La brisa levantó las últimas faldas que dejaban al descubierto los últimos calzones pasados de moda. La ciudad empezó a cambiar a pesar de los samarios. Fue la época de la bonanza marimbera. La población se triplicó. La ciudad se lleno de gentes arrastradas por la brisa loca, entusiasmadas por el frenético viaje de prosperidad irredimible. Es notorio –dice un investigador– la ruralización de la urbe a partir de allí. Se produjo, entonces, un recambio en lo político, económico y social.

La construcción tuvo un gran repunte: mansiones de lujo, edificios notables y urbanizaciones. Y las casas, tradicionalmente francas, cambiaron las fachadas: las rejas de hierro hicieron su aparición en terrazas, puertas y ventanas, no como elemento de ornato, sino por seguridad. Llama la atención que para esa época también empieza a hacerse notable el enrejamiento de tumbas y osarios en el cementerio San Miguel.

Santa Marta empezó a ser otra a pesar de sí misma. Muchos se embarcaron en el viaje y bailaron al mismo son de un nuevo vallenato con acordeón y guitarra eléctrica. Los primeros terminaron siendo los últimos. Y no porque seamos xenófobos, sino que es un hecho visible que el samario cedió todo el protagonismo emprendedor al foráneo, y son éstos los que timonean la embarcación en casi todos sus ordenes. De ahí que se hable de formar una colonia de Samarios en la ciudad.

En los tertuliaderos se plantean cosas muy serias y graves; como:

*La migración hacia la ciudad continúa y no hay cálculos precisos.

*El hambre en Santa Marta, que alguien calificó alguna vez de folclórica (porque se resolvía con uno o dos guineos verdes y un ojo gordo, que a nadie se le niega),  es una realidad evidente y se habla de altos niveles de miseria.

*Desde hace algunos años los gamines ya no son muchachos del interior del país sino propios de la ciudad.

*Los niveles de desempleo, se estima, superan con ventaja el promedio oficial.

*Y como para confirmar con una investigación: en la ciudad hay grupos familiares que hasta la tercera generación subsisten gracias a una pensión de jubilación de Puertos de Colombia.

Tal parece que el rumbo y el destino de Santa Marta lo trazan desde fuera o está en manos de quienes llegan para hacer lo que los samarios decidimos, hace tiempo, mientras la cogemos suave, “dejar así”

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8 pensamientos en “Deja así… cógela suave

  1. Solo tenemos que mirar la fauna que esta lanzada a los cargos de eleccion popular.
    Parece que hicieron una vaca para contratar al mismo asesor de imagen. Todos tienen el mismo mensaje, y ni una sola alusión a su programa de gobierno. Y de la fotografia ni se diga. A los varones los tomaron con poses y maquillajes de metrosexuales.
    Que vaina… Ni esta fauna politiquera sabe lo que es el voto programatico.

  2. Joaquin, tienes toda la razón, a Santa marta la despertó y comenzó con la debacle, la llegada del tren de lujo o del autoferro, como decían las abuelas, que según ellas transportaban todos los males, cual caja de pandora, Nuestra ciudad, como San Juan de Pasto, fueron realistas durante la guerra de la independencia, así que cuando se dio la famosa independencia, la clase dirigente tuvo que partir por miedo a las represalias, quedando al mando los mayordomos, y ese es el problema de la ciudad, una clase dirigente sin capacidad para dirigir, buscando desesperadamente nuevos patrones, los gringos de la united, los gringos de la marimba, los antioqueños y caleños, etc etc, Esa clase es paulatinamente desplazada por gente de afuera que viene a conquistar ya que son sobrevivientes, son los peones, que se transforman en tenderos y después en dueños de graneros, ferreteros, que entran en la política a pulso y en realidad no les importa nada ni nadie que no sean ellos mismos, pues nadie les ha dado nada, todo lo han ganado a pulso y sudor, trabajando 18 horas diarias sin domingos, feriados o vacaciones y el samario promedio, no hace nada, por temor o mas bien por decidia y/o flojera, y endiosa a los nuevos amos, ya no tenemos bahía para nosotros,marine + muelle de cruceros, hicieron del centro una mala copia de Cartagena ¿mañana que nos van a quitar? dicen que los pueblos tienen la suerte que se merecen, pero con nuestra actitud permisiva docil y regalada , ¿que nos merecemos nosotros?

  3. Yo creo, Joaco, que la nostalgia no debe quedarse en el centro de Santa MArta, sino en la autonomía que nos permitió el Estado Soberano del MAgdalena, que en ese entonces, compartiamos con el Estado Soberano de Bolívar la suerte del litoral Caribe. Así las cosas, sin autonomía, y con la premisa política que todo aquel que robe pero que haga obras merece ser alcalde, como que no verán las nuevas generaciones el alumbrado público para ver el porvenir que los ha de llevar al progreso…¡pero a todos los barrios¡

  4. Por eso hay que votar bien y no como siempre por el que más nos conviene y no por el que le conviene a la ciudad y a los Samarios. Del buen voto depende nuestro futuro

  5. Soy foránea, amo a Santa Marta. La vivo y la sufro. La distancia cultural me permite confirmar la indolencia del local. Soy optimista, creo que las cosas pueden cambiar. Las debemos cambier los inconformes, unidos con un solo fin. Con campanas de cultura ciudadana, con denuncias serias con nuestro propio ejemplo. Soy foránea, pero no me siento ajena a esta tierra por no haber nacido aquí. Uno es de donde vive. Yo me la juego toda por Santa Marta.

  6. Estoy de acuerdo con Elisabeth, no solo por ser foránea y sentir a Santa Marta como mi tierra, la que me ha aportado para crecer culturalmente, sino porque estas reflexiones tuyas Joaquin, se que van mas allá de la añoranza, son campanas que como las de la Catedral, repican en los oidos de aquellos amantes cercanos o lejanos de la ciudad. El asunto no es encontrar culpables, de hecho los somos todos los que dejamos pasar, los que no asumimos compromisos serios de transformación desde el modesto espacio en que nos desenvolvemos. Santa Marta nos necesita a todos a los que llegan para apropiarse no solo de los beneficios de la ciudad, de sus paisajes y sus recursos naturales, sino de sus problemas sociales que son muchos mas de los que este escritor nos plantea con lujo de detalles. No dejemos pasar el repicar de las campanas.

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