Y yo, ¿por dónde camino?

“… el respeto al derecho ajeno es la paz.” Benito Juárez.

Desde mediados de noviembre hasta el 25 de diciembre, sobre el andén en algunos tramos  de la avenida Campo Serrano, operaban los almacenes “Agáchate”. Eran extensos mesones elevados a poca altura del piso en los que, para la época de Navidad, se expendían juguetes.

Este novedoso sistema de mercadeo de juguetería apareció en Santa Marta en la década de los sesentas. Allí se encontraban los famosos y atractivos camiones de madera pintados con vistosos colores, muñecas de plástico que abrían y cerraban los ojos, escobitas de cerdas marrones imitación de la acreditada “Escoba la cubana”, pequeños traperos y recogedores, herramientas de albañilería para niños, pelotas de caucho con la superficie llena de letras y toda una extensa variedad de juguetes y adornos navideños.

En ese entonces los almacenes: Cacharrería el universo, J. V. Mogollón, La Casa Clavería,  Puente & González ofrecían surtido de juguetería para la temporada. El Almacén Lola era el único con especialidad en juguetes y útiles escolares. Los almacenes Agáchate, nombre apropiado por la posición que debía tomar el cliente para ver y escoger la mercancía, venían siendo un complemento para atender la demanda de juguetes en diciembre, en especial para los sectores de bajos ingresos.

Terminada la Navidad eran recogidos los puestos de ventas, los peatones volvían a transitar sin obstáculos y la luz solar  iluminaba de nuevo las aceras de la avenida Campo Serrano.

En la década de los setenta hubo fuertes cambios en la economía samaria y un importante incremento en la población. Se hizo más notoria la presencia de inmigrantes. Paralelo a esto los almacenes “Agachate” aumentaron la altura y perdieron el nombre y cambiaron de temporales a permanentes. Los nuevos negocios estacionarios ocuparon la acera oriental de la avenida. Aunque seguían con la venta de juguetes y adornos navideños en diciembre. Durante el resto del año vendían toda clase de mercancía nacional y de contrabando, entre éstas muchos productos taiwanés, como herramientas y luminarias, de mala calidad. Como una réplica del comercio organizado empezaron, entonces, a encontrarse puestos especializados en determinados productos; así: calzado en todas sus variedades, ropa para caballeros y damas en todas las líneas y estilos, marroquinería, herramientas, teléfonos y artefactos de sonido.

Sobre la década de los noventa la invasión de los andenes se hizo extensiva al lado occidental, donde inicialmente se instalaron puestos de celulares y artículos eléctricos, pero que hoy están a par con la acera de enfrente. Algunos puestos expendedores de ropa para poder exhibir cómodamente los vestidos para damas, alcanzan una altura hasta de dos metros.

En un comienzo los puestos ocupaban la zona externa del andén, próxima al bordillo, quedando un espacio entre aquel y la pared por donde caminaban los transeúntes. Pero parte de ese espacio pegado a la pared es hoy ocupado por sillas de plástico donde descansan y reciben visitas los vendedores o se sientan los clientes para probarse el calzado. Además, son tan pegados unos con otros que sólo se puede abordar el andén por los extremos; esto es, por las esquinas.

Los almacenes organizados, con grandes escaparates, y muchos de ellos recién remodelados, están condenados a permanecer ocultos y a la sombra, pues la visual es obstruida por los altos tenderetes. Los transeúntes no tienen otro recurso que caminar por la calzada entre taxis estacionados y motociclistas que hacen malabares entre las busetas…

Todo empezó porque el gobierno de la ciudad desde un comienzo permitió y legalizó la invasión del espacio público: se otorgaron carnés de vendedores estacionarios, lo cual les reconocía un estatus y daba derecho a ocupar el espacio. Ahí empezó un raro y misteriosos juego, por llamarlo así, entre los miembros del gobiernos y los dueños de los tenderetes. Toma uno, toma dos, unos ganan, otros ganan más, todos perdemos.

En varias oportunidades se ha planteado el despeje de ese espacio, pero siempre resulta algún fallo judicial amparando el derecho al trabajo de quienes lo ocupan. Como cosa rara ese fallo no tiene en cuenta el carácter de espacio público donde se ejerce ese derecho, desconociendo así mismo el derecho de los demás ciudadanos a moverse libremente sobre la acera; la cual es definida como: Orilla de la calle, con pavimento adecuado, para el paso de los peatones. En ese juego de toma y dame, durante años, la invasión del espacio público se ha hecho más extensa por toda la avenida Campo Serrano y el desplazamiento forzado de los transeúntes, tirándolos a la calzada, es cada vez más crítico y riesgoso para la integridad física de éstos. De igual manera el comercio organizado en locales, con altos costos de funcionamiento y tributantes del tesoro distrital se ve restringido en el ejercicio del comercio y de su derecho al trabajo, porque sus entradas y vitrinas de exhibición están bloqueadas por las ventas estacionarias amparadas por el derecho al trabajo, el que a su vez se coloca por encima del derecho de los ciudadanos a movilizarse por los espacios previstos para ese fin, viéndose obligados a utilizar el espacio destinado para el transito vehicular.

Este es el caso apenas de la carrera 5ª, avenida Campo Serrano, que es una verdadera “papa caliente” para la administración distrital, y que es un hecho que debe ser resuelto, no para agregarlo al “Todo mágico” ni para mostrar una mejor imagen sino, entre otras cosas, para que los que vivimos en Santa Marta podamos ejercer el derecho a caminar por los andenes.

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2 pensamientos en “Y yo, ¿por dónde camino?

  1. Joaco: Si por la carrera 5a llueve, por el resto de la ciudad no escampa. Aquí el espacio público, que es de todos en general y de nadie en particular, está privatizado parcial o totalmente. Buscarle solución a esta problemática no es fácil, pero es necesario llevar a cabo el ordenamiento del espacio público samario, para mejor la calidad de vida de todos los habitantes de esta urbe.-
    Saludos
    A. Cuello O

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