Ojos que nada expresan

Las sillas fueron dispuestas en la sala como para una fiesta de cumpleaños. En las paredes desnudas se veían los clavos de donde colgaban los cuadros que fueron retirados. Sólo dejaron el del Sagrado Corazón de Jesús: de marco grueso con la lámina desteñida, una lamparita en la base con un bombillo flamígero y un cuerno, pegado a la pared, con unos claveles de papel cagados de mosca.

Los niños del vecindario, de pantalones cortos y camisas recién planchadas, el cabello húmedo y bien peinados, y algunos con los zapatos deslustrados, fueron llegando. Entraron y en silencio tomaron asiento como en un acto preparado y ensayado. Mantenían una mirada vaga con una expresión de desconcierto y expectativa.

En el salón de al lado los adultos rodeaban a la madre: una señora gorda, con avanzado estado de embarazo, desparramada en un mecedor y con los ojos abotagados. Nadie lloraba. En estas circunstancias no se debe llorar, decía una señora entrada en años que trataba de consolar a la madre.

Cuando llegó el desfile de estudiantes del colegio donde la madre era profesora, formados en dos filas, precedidos por un grupo que portaba un mástil coronado con un ramillete de lazos del que salían cintas blancas y azules, cada una sostenida en el extremo por un estudiante, nos dijeron que nos acercáramos para dar el último adiós a Miguel.

En el centro de la sala, sobre una mesita, estaba el pequeño ataúd blanco bordeado de encajes y pequeñas flores azules. Allí estaba el cuerpo de Miguel con los dedos de las manos entrecruzados sobre el pecho, las mejillas y los labios habían sido coloreados, y mantenía los ojos abiertos.

Los parpados separados por pedazos de palillo dejaban ver unos ojos cuajados, que no miraban, no expresaban amor -como dijera el poeta-, ojos inexpresivos. Los niños cuando mueren -dijo alguien- hay que sepultarlos con los ojos abiertos para que vean el camino que los conducirá al cielo, y no se pierdan.

Años más tarde, caminaba por el vecindario con Rebeca cuando vimos que entraban un ataúd negro en una casa. Nos colamos hasta la alcoba y vimos  sobre la cama el cuerpo amortajado de un anciano. De piel color ocre verdoso, tenía las mejillas hundidas, los ojos cerrados y con un pañuelo alrededor de la cabeza trataban de mantenerle la boca cerrada. Sobre la mesa de noche había un plato con una esponja enjabonada y una maquina de afeitar.

De otro cuarto se escuchaba un llanto lamentoso. Una señora muy delgada, cargada de años y con una cara muy agria, vestida de negro, entró en la alcoba con una camándula en la mano. Niños salgan que vamos a rezar un rosario, nos dijo.

En la sala encontramos una mesa y sobre ésta un crucifijo y dos candelabros plateados; ya habían colocado una fotografía del finado y encendido varias veladoras. En el suelo, un señor regaba cal en el fondo del cajón.

Era un cofre forrado en tela negra con aplicaciones en papel plateado. La sala de la casa estaba organizada con las sillas siguiendo las líneas de las paredes. Un grupo de señoras rezaban otro rosario.

Afuera, sobre los andenes, unas bancas largas empezaban a ser ocupadas por señores mayores que tomaban ron. Con ellos estaban algunas señoras y una de ellas comentaba que afortunadamente la hermana del difunto había llegado a tiempo para amortajarlo, porque esa tarea no se le puede encomendar a ningún particular: “No mijita, ese es uno de los favores que nunca terminan de pagarse”, dijo.

Dale Señor el descanso eterno…  Brille para él la luz perpetua. Y dos veces más.

La señora delgada, vestida de negro y cara agria terminaba de rezar otro rosario. Habían pasado la noche en vela y ya empezaban a llegar otras personas para el sepelio.

Rebeca fue temprano a buscarme. Aunque ella no tenía velas en ese entierro, estaba vestida para la ocasión: overol gris y blusa negra, de una de sus hermanas mayores. Del bolsillo trasero salía parte de un rosario infantil, de cuentas blancas.

Durante la noche trajeron más bancas y otros señores estaban llegando. El hermano y los dos hijos del difunto vestían camisa blanca de mangas largas, corbata negra y brazal del mismo color en la manga izquierda. Recibían abrazos sonados y emotivos de los que llegaban. Algunos repetían el abrazo antes de apartarse. Olía a ron y a cigarrillo.

En el interior de la casa se percibía un fuerte olor a café recién preparado y el profundo silencio inconfundible de la muerte, roto apenas por los sollozos. Las personas se movían con lentitud. Cuando entraba algún familiar o allegado a expresar sus condolencias los sollozos variaban a llanto y lamentos; alaridos recordando hechos de la vida del ahora difunto.

En el centro del salón, sobre dos banquetas, estaba el féretro; debajo, una ponchera con hielo, y algunas coranas de flores en el piso. Parte de la tapa levantada permitía ver el rostro del cadáver. Habían quitado el pañuelo que sostenía la barbilla y aplicado colorete en las mejillas. Los visitantes, luego de expresar sus condolencias se detenían ante él por un momento, se persignaban y con paso lento buscaban un lugar donde hacerse.

La carroza de la funeraria La Moderna llegó a la hora indicada. El sonido ronco del pito generó gran turbación en el interior de la casa. Los familiares aferrados al ataúd emitían gritos quebrados, y seis hombres, entre ellos el hermano y los dos hijos, se disponían a cargar el féretro.

El desfile, precedido por la carroza,  bajó por la calle hasta la avenida quinta, volteó a la izquierda y siguió por ésta hasta la calle veintiuna en la que dobló otra vez a la izquierda y siguió hasta llegar al cementerio San Miguel. Con paso lento, pues lo contrarió sería demostrar afán por deshacerse del muerto, el cajón fue llevado en hombros, como último homenaje al finado.

El sacerdote, ataviado con ornamentos fúnebres y capa pluvial negra con arabescos bordados con hilo dorado, acompañado por tres monaguillos portadores de los dos cirios y del crucifijo, no estaba presente. En los entierros de gente humilde como ésta, que sólo les alcanza para pagar unas honras fúnebres de tercera, el sacerdote, aviado con ornamentos sencillos espera el sequito en la puerta de la capilla o a la entrada del cementerio.

 A la llegada, la marcha se detuvo frente al sacerdote quien pronunció alguna formula sacramental y con hisopo en mano asperjó agua bendita sobre el ataúd… Brille para él la luz perpetua.

Suscríbase a este  blog. Columna de la derecha

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