Los pericos llegan después de las cinco

Lo que producía asombro en nosotros no es ese reguero armónico de rojos, violetas, azules, grises y amarillos que se forma en el horizonte de la bahía después de las cinco. Nos asombraba el asombro de los cachacos ante el espectáculo de colores fríos y calientes regidos por los reflejos del Sol en el ocaso: que qué bonito, que qué maravilla, decían y tomaban fotos.

Para nosotros eso era, y es, cosa de todos los días. Simplemente se daba y se ha dado desde siempre y muchos aquí crecimos en ese siempre formando parte del paisaje que tanto asombro causa al visitante. Algunos de ellos, que llegaban del aeropuerto a los hoteles, corrían antes de registrarse y se metían con ropa y zapatos a chapotear en la orilla, en una especie de ritual por haber, al fin, llegado a conocer el mar.

Sólo con el tiempo fuimos tomando distancia y, salidos del cuadro, empezamos a mirar con atención y goce ese fascinante hecho de la puesta del Sol que ofrece cada tarde una formación diferente, siempre distinta cada día, que inspira la alegría de un colorido soberbio y escandaloso hasta la tristeza de grises silenciosos y nostálgicos.

También los pericos llegan después de las cinco. Unos se posan y arman gran algarabía en los árboles de la carrera quinta y de la catedral; otros, en los almendros del parque de Bolívar; otros más, siguen el vuelo en bullaranga altanera hasta el camellón y van a reposar su verde plumaje camuflados en los árboles. Allí duermen arrullados por el rumor del mar cuando cae el Sol.

Con un tinto en vaso desechable y dándole al cigarrillo veo pasar gente de un lado para otro: unos caminan con lentitud mientras conversan, otros lo hacen apresurados; vendedores hostigosos que interrumpen con un largo discurso para excusar la interrupción ofrecen cualquier cosa. Aparece, de pronto, alguien con una replica grotesca de Marcel Marceau, que sigue al transeúnte imitando sus pasos y movimientos para producir hilaridad en los demás y ganarse unos pesos.

Pocas personas conocidas. Cada vez son menos. Cuando aparece alguna, saluda y se sienta, y detrás llega el vendedor de tinto, aromáticas y cigarrillos, muy oportuno. Comienza entonces el recuerdo de cosas que ya no son o no están: la película de los te acuerdas…

Cambiaron el viejo faro de El Morro por otro más alto. Se redujo la playa, te acuerdas… antes se jugaban dos encuentros de pelota en canchas paralelas sin molestar mucho a los bañistas. La arena que perdió esta playa parece que fue a acumularse, pegada al cerro, en las playas que siguen después de San Fernando, donde han formado un rodadero mayor que el que había en Gaira. Seguro que eso se debe a que rompieron el cerro del Ancón y cambiaron las corrientes, igual que los edificios altos hicieron variar el curso de los vientos.

Los pelaos, y más las niñas, ya no hurgan la arena de la orilla en busca de chipi-chipi o de cangrejitos; se desaparecieron, ya no hay. Los botes de alquiler también desaparecieron. Esa era una de nuestras aventuras, te acuerdas: caminar hasta Taganguilla y entre dos o tres traer el bote hasta la playa, ninguno sabía pilotearlo y menos remar, pero con la ayuda del viento y las olas se llegaba a la orilla, casi siempre con el bote volteado. Por la tarde se presentaba el dueño en otro bote para llevarlo de regreso.

Taganguilla era una pequeña ensenada pegada al cerro en la zona que hoy ocupa el puerto, cerca de Punta Betín. Había un astillero artesanal donde reparaban lanchas, bongos y botes. Dos rieles desde la playa penetraban en el agua para retirar y tirar las embarcaciones.

Frente al barrio Ancón fondeaban varias embarcaciones, algunas de lujo. Había allí un pequeño muelle de cabotaje construido en madera. En vacaciones, te acuerdas, desde bien temprano realizábamos allí las jornadas de pesca. Provistos con dos o tres metros de nailon y anzuelos comprados en la ferretería del turco Elías y aprovechando la transparencia del agua, pasábamos horas insinuándole la carnada a los peces en la boca. Eran peces rayados en amarillo, gris y negro que llamaban cebra y otros rojos con una raya negra en la agalla, carabuelo. Los condenados peces no mordían el anzuelo y al final terminábamos pescando una insolación y los respectivos regaños en casa.

De regreso pasábamos por el puerto, no había medidas de restricción. Los pelaos de por ahí se tiraban al agua tratando de rescatar las monedas que arrojaban los marinos desde los barcos. Se hablaba de Araña, quien bajaba hasta tocar tierra en la parte más profunda del muelle, y al salir le sangraban los oídos.

En esa época después de las cinco no se oía el chillido de los pericos, se oía el pito de la locomotora del tren que llegaba hasta la calle once para hacer el cambio de dirección. 

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2 pensamientos en “Los pericos llegan después de las cinco

  1. No hay duda, tu memoria es generosa. Me hace retroceder en el tiempo de manera contradictoria, con nostalgia pero tambien con agrado. La primera generada por la imposibilidad de volver a vivirlo y la segunda por haber tenido la posibilidad de experimentar esa experiencia maravillosa llamada vida.

  2. Joaco me admiro de tú memoria y gozo con ella pues me acuerdo de todo lo que escribes, y si algo se me ha borrado lo recuerdo enseguida, necesitamos de tú memoria, gracias muy chevere

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