Agencia Funeraria de Enrique Ceballos

Un ventanal largo con batientes en madera y protegido por tres secciones de barrotes torneados, también en madera, señala el centro de la fachada de un viejo caserón con techo de tejas de barro cocido, situado al lado sur de la calle Santo Domingo (16) entre carreras 6ª y 7ª. El rojo de las tejas contrasta con el negro del moho y con el verde claro de los cactus que crecen entre tejas. Cuatro claraboyas, decoradas en sus bordes, están repartidas a lo largo de la fachada debajo de la cornisa. En la parte izquierda hay un portón, de arco rebajado, con dos hojas metálicas. En el lado derecho, una puerta en madera, alta y angosta con dos batientes reforzados.

Encima de la ventana hay un tablero de madera que revela varias manos de pintura. Deja entrever las cicatrices del descascaramiento de las tantas capas de esmalte recibidas en el tiempo. Ha permanecido allí durante muchos años y se mantiene ahí, sin ningún nombre que lo haga útil.

“AGENCIA FUNERARIA DE ENRIQUE (¿?) CEBALLOS”

Mide ese tablero entre un metro y uno con veinte de largo por cuarenta y cinco o cincuenta centímetros  de ancho. A plena luz del día difícilmente se alcanza a distinguir debajo de las varias capas de pintura descascaradas y recubiertas, el relieve de unas letras que ha resistido la intemperie y el paso del tiempo. Por la noche, la luz amarilla que emite la luminaria de sodio en lo alto del poste de la acera de enfrente, cae en diagonal sobre el tablero haciendo que las letras, semiocultas durante el día, sobresalgan. En éstas se logra leer: “AGENCIA FUNERARIA DE ENRIQUE (¿?) CEBALLOS”. Ahí, en ese caserón, funcionó desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX el taller donde se hacían los cajones de muerto.

Recuerdo que de niño, en los primeros años en la escuela San José de doña Victoria Barona, un día cualquiera, a la salida de clases, desvié la ruta habitual con unos compañeros y pasamos frente esa funeraria: “Mira, aquí es donde hacen los botes” dijo alguno, y seguimos nuestra camino buscando la casa del carpintero que hacía los trompos de madera. Aún no había visto el primer muerto en su ataúd.

He sabido que en algún momento don Enrique empezó a construir y tallar, con mucho esmero y dedicación, un cajón en forma de tornillo; su padre, cuando lo visitaba en el taller le daba una palmadita en el hombro y le decía: “Enrique, ese como que es el cajón de Dios”. Enrique sonreído seguía trabajando. Pasado el tiempo, cuando el padre falleció fue sepultado nada menos que en el cajón de Dios, con forma de tornillo.

En ese entonces, primera mitad del siglo XX, en Santa Marta con una población menor a cincuenta mil habitantes, se fabricaban ataúdes. Posteriormente, superados los cien mil, las empresas funerarias debieron traerlos de otras partes. Hasta hace poco tiempo que empezó a operar un nuevo taller en la ciudad.

En la calle 21 con la carrera 7-A, en la esquina, diagonal al cementerio San Miguel, funcionó la sala de exhibición de los féretros y las oficinas de la funeraria de Enrique Ceballos. Hasta hace pocos años se podía leer en la parte alta de la edificación el aviso: “FUNERARIA DE ENRIQUE CEBALLOS”. Se conserva el relieve del año 1929. Es una construcción arquitectónicamente apreciable, con tres puertas grandes en tableros de madera y arcos sobre los dinteles. Esta edificación está recién  remodelada y ha retomado las formas de su llamativa fachada.

La Funeraria de Enrique Ceballos importó de los Estados Unidos una carroza fúnebre modelo 1948, la cual guardaban en la casa de la calle 21.

En esa época los muertos eran velados en las casas. Y las funerarias prestaban los servicios de la mesa, el crucifijo, los candelabros, los caballetes para soportar el féretro, y bancas cuando eran necesarias; así como el majestuoso carro mortuorio, cuya aparición en la casa del finado a la hora del sepelio acrecentaba las explosiones de llantos y lamentos.

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2 pensamientos en “Agencia Funeraria de Enrique Ceballos

  1. Durante 17 años viví en la calle 16, a solo unas casas de esta que tú describes. Solo en una ocasión vi abierta una gran puerta que tiene, tal vez durante solo unas semanas, y luego volvieron a cerrar. Y diagonal a esta casa, hay una propiedad de la curia, tengo entendido que de la catedral, propiedad que nunca funcionó ni sirvió para nada durante los 17 años que viví en la calle 16. Alguna vez la remodelaron y dijeron que abrirían un centro de estudios técnicos para jóvenes de escasos recursos, pero hasta diciembre de 2007, seguía cerrado.
    H.V.

  2. Pingback: A la salida del colegio |

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