Bajarnos por un instante del tren de la vida

Hay momentos en que afloran, cuando menos lo esperamos, recuerdos de hechos  que hacen parte de nuestra historia personal, compartidos o vividos simultáneamente con otras personas: parientes o amigos. Nos damos, entonces, un largo para repasarlos y recrearnos en ellos, casi tanto como deleitarnos en revivirlos. Es, pues, inevitable que lo triste y lo alegre se fundan en un solo suspiro. Podríamos pasar largas horas de vigilia nocturna en ese ejercicio y hasta de pronto nos surjan ganas de retroceder en el tiempo para repetirlos.

Como en una vieja película, pasan amigos y amigas que el tiempo y la distancia se tragó y no volvimos a verlos, como bien lo dice un viejo amigo ya casi viejo: “A veces la vida nos aparta, nos arrincona, nos obliga a vivir de otra manera distinta a la que hubiésemos querido de haber podido,…”

Es posible que nos mueva la idea de un reencuentro, de cruzarnos en abrazos con todo ese pasado humano y brindar por la vida. Pero por infortunio el tiempo recorrido y la vida llevada por cada cual impide que ese encuentro se traduzca en un revivir del ayer y quede limitado a unas sonrisas, hasta carcajadas, y unos fuertes y hasta sonados abrazos. Comentarios de lo que fue, hicimos y lo que somos. Pero ya nada volverá a ser del mismo color ni de la misma temperatura del ayer, y si no estamos firmes nos tambalea  irremediablemente la nostalgia.

Eso pasa con los amigos y amigas de anteriores etapas de nuestra vida, y tratándose de aquellas novias, de aquellos viejos amores, sí que resulta frustrante. En previa cita telefónica se arregla el encuentro, llegamos conservando aún viva la imagen de aquella niña de dieciséis, esbelta, delgada (o gruesa, nalgona y cachetoncita), de cabellos largos y sonrisa de encanto hasta cuando ¡PLASH! la realidad cruda nos da en la cara. Es probable que a ellas les ocurra lo mismo, aunque también lo es que ellas anden más aterrizadas.

El pasado ha de ocupar el justo lugar que el tiempo y la vida le han ido asignando, y ha de mantenerse allá en la trastienda. Válido recrearlo como crónica o relato literario, aunque es difícil que no genere suspiros de nostalgia, pero nada de hacer viajes para volver a esos viejos lugares antes frecuentados pretendiendo ver visiones o encontrar ecos del pasado.

La vida se desarrolla siempre hacia adelante a partir de instante que llega. Jamás podremos sentirnos cansados de avanzar como para hacer un alto y pretender aliviar el peso de la carga de los muchos años que llevamos encima, librándonos de algunos; es decir, pretender  revivir el pasado; la vida es un debut sin ensayo previo.

Podemos tomarnos ese tinto con el amigo del que sin ruptura o razón nos fuimos separando sólo por seguir el sendero de cada cual en desarrollo de su propia vida. Hacer de ese encuentro casual un acontecimiento, y con la madurez que han dado los años dejar que el entorno se mueva al ritmo que quiera, mientras nosotros recordamos aquel viejo poema que tanto nos tocó de jóvenes o las chicas con las que cruzábamos miradas sin precisar de que lado estaba la timidez.

Vivimos día a día en el asombro de amanecer vivos. Sabemos perfectamente que de la vida no sabemos el cuándo de su fin, como bien dice mi amigo y hermano: “Ella para cuando le da la gana. Nosotros, rebeldes, también tenemos derecho a bajarnos del tren de la vida por momentos, para compartir esos sentimientos de amistad y de nostalgia”.

chapalear agua de fango de los charcos

Bajarnos, entonces, en aquella calle sin pavimento a patear pelota de trapo con los demás pelaos de la cuadra o chapalear agua de fango de los charcos que cubrían hasta una cuadra, correteando detrás de las muchas mariposas de colores de vuelo rasante. Para después, sudados y todos llenos de barro, sentarnos sobre el andén a contemplar el arco iris e imaginar qué tan cierta será la existencia de un balde lleno de monedas de oro al comienzo o al final de éste, allá detrás de los cerros. Pero, de pronto, suena el pito del tren y debemos subirnos, porque la vida sigue avanzando en su mismo sentido.

...de pronto, suena el pito del tren y debemos subirnos

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7 pensamientos en “Bajarnos por un instante del tren de la vida

  1. No hay nada que decir, amigo: lo has dicho TODO. Pero a veces es necesario volver a ese encuentro con nuestro pasado, asi sea para concluir en lo mismo que sabiamente dices, pero, por lo menos, dejamos la constancia en nuestra memoria cada dia mas fugaz, de que intentamos recojer ese trapo, esa bandera, ese abrazo, esa sonrisa, ese beso furtivo, que la vida propia y absorvente, en un momento determinado, nos hizo dejar tirado en el camino o que, simplemente, por vivir, se nos cayo sin darnos cuenta. Salud amigo!

  2. Es realmente bellisimo. Para observar y dejar que actúe en nuestro interior y remueva las piezas mentales necesarias para su comprensión como un texto esotérico, hay momentos en que hace que se detenga la respiración. Decir algo sería tanto como profanarlo.
    Muchas gracias, Malena

  3. Joaco, ademas de los amigos, novias y parientes, sobre todo estaba la pequeña ciudad, uno conocia bien sus calles aun polvorientas, con encanto de pueblo grande, tal vez cinco iglesias y el pito del tren; los obreros del puerto caminando a los diferentes turnos, el pequeño enjambre de secretarias raudas hacia las oficinas mas allá de la línea férrea, sujetas al ir y venir de la brisa loca que llenaba las calles, y la avena del Tïviri, helada y espesa sobre el filo del mediodía. También recordar los cielos de un carmesí furioso sobre el camellón a las seis de la tarde y la mole un poco tenebrosa, aunque hermosa, del viejo hospital. Los viajes diarios al colegio representaba tomar nuevos caminos por aquel laberinto mítico de los diez años. Cada calle con sus olores y con sus personajes: Cheverriel, la Llorona, la Pelúa, Caiman y Chongo; y las carteleras del Variedades anunciando la vespertina del Domingo: Santo y Hopalong Cassidy; y la violencia que aparecía de vez en cuando, cuando dos interioranos se mataban por cosas baladíes en una reyerta habitual: cuchillos y coraje al aire como eran sus fiestas de muerte.
    Hoy, desde la perspectiva de adulto se le mira con otros ojos, buscando hallar algo de ese equilibrio, recuperar los paisajes olvidados de una calle a cierta hora y entender de alguna forma, bajo esas remembranzas, los llamados del corazón. Encontrar en los recuerdos los nombres de una fauna orate, las toponimias de siempre y en la memoria algún mal elaborado paisaje.

  4. Joaco:
    Sigo pensando que la web es mágica, adiferencia del aparato de Tv con el que te debes “tragar” todo lo que pongan hasta indigestarte.

    Les recomiendo hacer lo que hice; clic en el título “Tanoshii -La Maisón en Petits Cubes- y el título es importante, es el mensaje del video-los compartimientos en los que archivamos la experiencia-. Realizado por gente a la que vale la pena conocer, que hacen cómo piensan, cómo pasan el tiempo, o mejor cómo lo invierten. Muy pocos son los ejemplos del manejo del concepto en la producción multimedia de nuestros países. Pero la hay y te dejo un ejemplo donde la experiencia está de ambos lados; tanto de quienes producen, como quien observa para entender algo más que un concepto: “La Caverna de Platón” y también está el reto de conocer a los creadores de esta versión…

  5. Indiscutiblemente el mar de internet es amplio y aunque confuso a veces, nos deja encontrar maravillas que difícilmente nos ofrecerán nunca los medios generalistas y manipulados.

    Entre tantas y tantas cosas quizás os guste ésta pequeña obra de arte de
    Aleksandr Petrov.

  6. Hola, Joaco. Tus recuerdos, en muchos casos parecidos a los de los demás mortales, hoy, en tu escrito, vienen envueltos en la poesía que siempre has derramado al volver a tu infancia. No te digo más por el temor de quitarle brillo a tu inspiración. Saludos.

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