Se creció el hijo de “dorita”

“lo que dicen de los gatos
es verdadero
nosotros somos de ellos
y no lo contrario.”

Fragmento de “El gato se fue” de Angélica Freitas

Cuando alcanzamos y superamos cierta edad más allá de los cincuenta, percibimos como si el tiempo corriera más deprisa que cuando éramos jóvenes, en especial cuando esperábamos la llegada de fechas como la Navidad o el cumpleaños, que pensábamos tardaban en llegar más de lo corriente. Hace apenas unas pocas semanas les conté sobre el nacimiento de “gatito”, el hijo único de “dorita”, la gata ya conocida por todos los que siguen estas líneas.

“Gatito”, la última vez que me referí a él, ya trataba de subirse al árbol de níspero siguiendo las andanzas de cacería de su madre. Pues bien, esta mañana, mientras  saboreaba un tinto en su respectivo pocillo de siete onzas, presencié un hecho trascendental dentro de los felinos apostados en mi casa: “gatito” se alejó de la teta de “dorita” y del recipiente con su alimento, los granitos de colores olorosos a pescado manido, y sigilosamente, sin que la madre lo presenciara, tomó impulso para trepar por el árbol de níspero. Superando el metro con veinte de la vez anterior, esta vez llegó al metro con ochenta, donde el tronco se bifurca. Desde allí subió un metro más y se detuvo, tal vez sentiría vértigo; miró hacia abajo y se percató de la ausencia de su madre, estaba solo a una altura nunca antes explorada por él. Resolvió bajar y resbaló, quedando atenazado por una rama en forma de horqueta.

En silencio hacía vanos intentos por liberarse, sus patas, traseras y delanteras, no encontraban lugar donde afianzarse. En esas apareció “dorita”. Fue cuando me di cuenta de cuánto había crecido esa gata. Ya no era la juvenil gatita de preñez inadvertida y parto fortuito, al menos para nosotros, ahora es toda una señora gata, grande y majestuosa.

“Dorita” llegó y se sentó a poca distancia del pie del árbol; posó sus asentaderas en el piso y mantuvo los cuartos anteriores estirados, su cara daba la impresión del rostro de esas abuelas que ya no se ven ni siquiera en los álbumes de fotografías familiares; mantuvo una mirada recia, escudriñando las circunstancias en las que se hallaba el pequeño minino. De pronto dio un salto y en dos tirones estuvo al lado de su hijo. No hizo nada por aliviarle la situación, sólo toco dos veces, como dándole palmaditas, la mano derecha de “gatito”. Presumo que le diría: “Tranquilo nene, que tu puedes superar este atolladero”. Dio un salto y volvió a tomar la posición anterior, mirando hacía arriba y emitiendo un sonido gutural que llaman ronronear: un grrruuu, grrruuu, grrruuu que termina por desesperar a cualquiera.

“Gatito”, sin soltar un solo maullido, siguió lanzando manotadas buscando donde enganchar sus pequeñas garras. Hizo varios intentos hasta que acertó uno, se incorporó y comenzó, sin mucho afán, el descenso hasta llegar al piso. Se posó, entonces, frente a la madre como diciendo: “Vez, vieja, aquí estoy, sano y salvo”. “Dorita” guiñó los ojos, cogió impulso y propinó un sopapo al engreído “Gatito”, quien rodó por el piso y tan rápido como pudo emprendió la huida, corriendo por toda la casa, perseguido por la gata. Esta reacción de mamá-gata hace suponer que “gatito” aún no ha alcanzado la edad gatuna que le permita darse esas libertades, y que ella como autoridad única del hogar (¿madre soltera?) no iba a permitir que su hijo cogiera desde temprano el mal camino. Qué tal, subirse a los techos con todos esos gatos traquetos y tanta gata pizpitera y alborotada como hay por ahí. Ni más faltaba –diría la gata.

“Gatito”, sin embargo,  dejó de ser el bebé que se mantenía pegado al vientre de dorita succionando vida. El joven ya se perfila como tal y le han aflorado los comportamientos gatunos, como la lisura y regodearse en los pies de las personas. En más de una ocasión he despertado con él durmiendo a mi lado con la cabeza puesta sobre mi almohada, y al medio día cuando voy a acostarme para hacer la siesta me toca apartarlo, casi que pedirle permiso, pues se posesiona de mi puesto como si yo le hubiera concedido tales derechos, además de los traspiés que me ha provocado con su zalamería.

Pasado y superado el incidente del árbol de níspero, pude ver que “gatito” jugueteaba con su madre sobre una silla, parecían malabaristas; así estuvieron un largo rato hasta cuando se quedaron dormidos, entrecruzadas las patas de ambos en un tierno y caluroso abrazo de madre e hijo.

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Un pensamiento en “Se creció el hijo de “dorita”

  1. JOACO, ME ENCANTO LA HISTORIA ES COMO PARA CUENTO DE NIÑOS, PARA LEERSELO, CONTARSELO Y PARA LAS PERSONAS QUE AMAN LOS GATOS.
    SARITA

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