Al caer la tarde

Habían sonado ya las seis en la torre de la catedral. Al fondo, sobre el horizonte se aprecia un crepúsculo franjado por una gama de rojos con variadas tendencias hacia el amarillo y hacia el violeta. Una larga mancha verdizaul le da el corte de contraste definitivo. La algarabía de pájaros y pericos había disminuido y era el ruido de los carros el que se escuchaba.

 

Una espesa enramada oculta la figura en bronce de Rodrigo de Bastidas. De la estatua ecuestre de Bolívar sólo se distingue la gruesa cola del caballo, que hace de equilibrio al bulto, y la cabeza inclinada del prócer.

 

 Los adoquines reflejan la luz de las luminarias sobre haces anaranjados proyectados desde el fondo. Próximo a la banca donde me encuentro, limitando el lado derecho del paisaje, se yergue el grueso tronco de un almendro, coronado por un escaso follaje (no alcanza aún a recuperarse de la poda a fondo de que fue objeto con la remodelación del parque).

 

 Al lado y frente al árbol, sobre una banca descansa un anciano con las piernas recogidas y la cabeza apoyada sobre un par de muletas de aluminio. Tiene el cabello y la barba blanca. Ojos azulosos y piel clara. Viste pantalón corto y camisa abierta que deja ver la espesura de vellos blancos del pecho. Rasca sus pierna con insistencia y sacude de las uñas, con la ayuda del pulgar, las escamas que se desprenden de las excoriaciones.

 

 Paralela y en diagonal a la banca donde estoy se halla otra en la que se encuentra sentada una pareja formada por una mujer joven y un hombre de apariencia mayor que ella. Él se mantiene con la vista al frente mientras ella con delicadeza toma en sus manos la mejilla izquierda y la barbilla y, susurrándole cosas, trata de hacerle voltear la cara hacia donde ella está. Él se mantiene firme e indiferente dando mordiscos a una manzana. Ella insiste.

 

 Un vendedor de pan con su carretilla se detiene cerca del anciano, cuenta las monedas que ha recibido y le extiende la mano con dos mojicones envueltos en papel. El anciano le ha dicho algo y el vendedor regresa a la carretilla  e introduce los panes en una bolsa, antes de entregarlos al anciano, se devuelve y agrega uno más. El viejo hace una mueca como agradecimiento.

 

Vuelvo la vista a la pareja a que me estaba refiriendo y encuentro que él ha tirado al piso el corazón de la manzana y con la mano izquierda acaricia la cara de la joven, le desliza la mano derecha sobre el cabello, tarta de hacerla voltear hacia él, insiste en besarle la mejilla y decirle cosas, pero es ella la que ahora se mantiene firme, con una dura expresión en el rostro.

 

 Un vendedor de tintos se acerca a ofrecer el producto, pero al tratar de servirlo se da cuenta de que se le ha terminado, insiste entonces en que le acepte un limoncillo a cambio. El anciano aparece encorvado tratando de untarse un curativo sobre una llaga que se le distingue en la cadera izquierda.

 

 Otra pareja discute si se van o se quedan. La mujer se marcha y él continúa con las piernas cruzadas leyendo, bajo a la escasa luz de la luminaria, una revista doblada en cuatro. No te demores, le dice la mujer, y de paso compra el pan y la leche. ¿Oíste?

 

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2 pensamientos en “Al caer la tarde

  1. Interesante el escrito, cómo de la observación podemos crear una historia novelesca, en donde en medio de un parque, las diferentes vidas coinciden y se funden en una historia poli-vidales.
    Cuántos escritores de libretos de noveles necesitan años para escribirla y millones para producirlas, y aquí surgió una historia interesante, que hace que uno se pregunte ¿ qué pasó con el vendedor de pan, el del tinto, la pareja, el anciano y el personaje principal: el narrador? El título es interesante para una novela caribeña, propia de nuestra región que sería mas interesante que la de los cachacos imitando a los costeños, y dejándonos como corronchos, bandidos, corruptos y atrasados; lo triste, empero, es que es la realidad en la que nos hemos sumergidos los samarios. ¿Qué sera de nosotros los samarios al caer la tarde?
    Felicidades, querido padre por esa espontaneidad literaria. Abrazos

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