Grisóstomo, que murió de amor

Iban llegando de todas partes. Algunos vestían de negro, otros, de blanco y los más, con los atuendos propios de las jornadas de trabajo. Todos tenían cara de asombro y de pesadumbre la mirada.

Dos hombres del grupo con pico y pala cavaban una zanja cuadrangular, daban forma a la sepultura donde bajarían los despojos mortales de Grisóstomo. A un lado, en el suelo seco y cálido, sobre andas, un ataúd hecho con madera rustica flotando sobre olas de rosas rosas, claveles rojos y blancos, y ramas de ciprés con sus flores amarillas. Habían corrido la tapa del cofre y alcanzaba a verse el rostro del cadáver: de una palidez casi transparente; los ojos cerrados, apretados y una mueca en la boca como expresión de desencanto y desosiego.

La luz solar caía vertical. No se proyectaban sombras y las hojas de los escasos árboles permanecían inmóviles. Los hombres que abrían un espacio en la tierra sudaban a cantaros, dejando a sus pies una mancha de humedad como si fuera la propia sombra.

Grisóstomo murió de desamor. Perdidamente enamorado, este hijodalgo de mente cultivada, padre rico y heredero de haciendas, ganado y dinero abandonó su mundo social para internarse en el campo vestido de pastor en compañía de su inseparable amigo Ambrosio, para seguir los pasos de la mujer más bella que se hubiera visto hasta entonces sobre la faz de la tierra. Dejaba de amarla para adorarla, se ha dicho, mas ella no hizo caso de sus insistentes propuestas de amor.

Este pobre hombre lloró a las estrellas y pidió a la noche, pero nadie escuchó sus suplicas de amor. Marcela lo ignoraba, y sin tapujos, mirándolo a los ojos le hizo saber su desamor. Él, desconsolado, despechado y desengañado, no murió desangrado por las heridas de un duelo entre caballeros, murió desasosegado y triste. Y dejó cantidades de hojas de papel escritas en versos dando testimonio de su amor y desconsuelo.

Bajo el ardiente sol uno de los presentes leyó en voz alta el último poema que escribiera el finado: Canción desesperada. De pronto la luz del día se opacó ante el resplandor de la belleza de una mujer que apareció sobre una peña. Era tan bella, dicen, que la luna se oscurecía en las noches en que ella vagaba por el campo. Al lado de esa peña, donde cavaban la sepultura, se vieron Marcela y Grisóstomo la primera vez.

Ambrosio, temblando de ira y de dolor, la increpó. De homicida, cruel y desalmada la trató. Que si había llegado hasta allí para ver su crimen y burlarse del difunto. Mas ella, estirada y arrogante, contestó que no estaba allí por tales cosas ni crimen alguno había cometido. No era culpa suya haber recibido de Dios esa belleza y menos que los hombres corrieran detrás de ella derramando babas. A ninguno había dado esperanzas o prometido amor. No había pensado, al menos aún, en compartir su lecho con nadie ni descubrir su desnudez ante ningún varón. Por ahora sólo amaba la naturaleza, las aves y los árboles del bosque, se extasiaba con el ruido del viento y el sonido burbujeante de las corrientes de los arroyos, que cuando quietos reflejaban su belleza. Además, era rica, de mucha hacienda, ganados y dineros, y no requería de ningún acompañante.

Marcela no esperó respuesta. Volteó cola y se fue desdibujando en la reverberación de la distancia. Algunos trataron de seguirla, pero Ambrosio lo impidió solicitándoles terminaran de cumplir con la obligación de sepultar al amigo muerto.

De entre todos sólo había uno que no guardaba compromiso con nadie más que con su obsesión demencial. Erguido sobre su cabalgadura, la espoleó, y al trote emprendió la marcha para cumplir su misión de caballero andante: proteger cual bella dama de los infortunios del camino.

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