Escribir, un acto de liberación

Nunca antes Miguel de Cervantes disfrutó tanto de la libertad como cuando estuvo prisionero en Sevilla. En una celda incómoda, apestosa y en penumbra, con ruidos extraños y risitas sarcásticas, jiii… jiii… jiii, producidas por las ratas que sentadas sobre los cuartos traseros daban la impresión de aplaudirlo mientras él, alumbrado por la luz de un cabo de vela, escribía sobre retazos de papel su obra cumbre, en la cual parodia las novelas de caballería y parte en dos la historia de la literatura universal. Se gozó Cervantes, sin lugar a dudas, cada frase que escribió, vestido apenas con calzoncillos largos de atar en los pies.

De la lectura de los textos, se me ocurre pensar, puede inferirse la indumentaria con la cual el autor abordó la escritura. Así, Jorge Luís Borges y Ernesto Sábato escribieron sus obras vestidos de saco, corbata y zapatos de charol. Cuenta algún crítico que Borges, después de publicada una obra, se burlaba de lo escrito y de la cara que posiblemente haría el lector. Algo igual, dicen, sucedía con Sábato.

Bestiario, Flor amarilla, La noche boca arriba, entre otros cuentos, los escribió Julio Cortazar con pantalón blanco remangado, sin camisa y en chancletas. Gabriel García Márquez, entre tanto, escribió El otoño del patriarca y El general en su laberinto, pienso yo, vestido con pantaloneta, camiseta y descalzo. En cambio lo imagino escribiendo El amor en los tiempos del cólera de guayabera, pantalón y zapatos de lona blancos.
El extranjero fue escrito por Albert Camus con camisa hawaiana de flores anaranjadas sobre fondo blanco, pantalón corto caqui y descalzo. En cambio Mario Vargas Llosa escribió La ciudad y los perros con camisa a cuadros verdirojos, de mangas cortas, pantalón de dril beige y babuchas chinas.

Con la compañía, además, de un buen mate, café tinto, vino, y hasta un buen ron, escribir es liberador, y hecho con gusto produce un goce especial.

Sin presumir mucho de mis lecturas, creo que uno de los escritores que más ha gozado con este oficio ha sido José Saramago. Aparte de La caverna y los ensayos sobre la ceguera y la lucidez que escribió majestuosamente cubierto por una bata de satín verde, El evangelio según Jesucristo y Caín los escribió de pantalón corto púrpura, con camiseta esqueleto violeta y cachucha Bilbao color crema, sin más escritorio que una mesa rustica y un taburete viejo, frente a un extenso campo sembrado de olivares.

Sin temor a equivocarme, pienso que al momento de morir José Saramgo esbozó una amplia sonrisa de satisfacción: recordaba con picardía la manera cómo Caín se vengó del señor al final de la novela.

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