Dorita se fugó

Dorita se fugó. Aprovechó que venía un lunes festivo y se marchó el domingo por la noche. Ya presentía que eso iba a suceder desde cuando vi esos zarpazos en forma de trazos de enamorado, como imitando corazones cruzados por una flecha, que aparecieron una mañana sobre la parte baja de la puerta que da al patio de la casa.

Es su destino y su decisión, pero al menos debió avisarnos y no aprovechar la oscuridad para sigilosamente, como caminando con guantes, tomar las de Villadiego sin decir adiós.

Llego igual, una noche con mucho sigilo. Venía escondida en una bolsa de manigueta de esas que entregan en los almacenes de centros comerciales, parecidas a las de Arroz Pinillar que solían usar los cienagueros como equipaje en la época del tren especial de hace más de cincuenta años.

Como todas las mascotas que llegan a casa la llevó mi hija menor. Los cuidados y la alimentación ya tenían nombre propio, y la verdad es que no sólo yo sino todos nos encariñamos con la gatita.

Su principal característica es que perecía hecha con retazos de piel de otros gatos. Tenía parches blancos, bayo claro con manchas oscuras, gris verdoso con puntos negros, cafés y negros, y rayas oblicuas en los ojos como princesa egipcia.

Como toda gata zalamera se me cruzaba entre los pies, y en más de una ocasión estuve a punto de irme al suelo con todo el peso de mi humanidad. Pero sería injusto de mi parte negar que el cariño que ella sentía hacia mí era franco y verdadero. Por las mañanas cuando despertaba la encontraba velando mi sueño sentada en la mesita de noche, y a la hora de la siesta me acompañaba recostada sobre mis pies. Nunca falto su desinteresada compañía a la hora de las comidas.

Eso sí, cuando me pasaba de sueño comenzaba a maullar y a darme golpes en las piernas, no tanto porque se me hiciera tarde sino para que le llenara el plato de granitos nutritivos de colores con los que se alimentaba como cualquier astronauta de la NASA.

Es increíble la cantidad de cosas que se aprenden observando el actuar de estos felinos. Limpios en el mejor sentido del término. Se asean lamiéndose el cuerpo y cuando la lengua no les alcanza humedecen los pelos de una de las patas y se frotan con ella. Los desechos orgánicos los entierran cubriéndolos totalmente.

Dorita, como la llamaban, era diestra cazadora, y tenia en jaque hasta las moscas que atrapaba en pleno vuelo, cazaba iguanitas, cucarachas y se extasiaba lamiéndose los labios con el deseo de atrapar alguno de los pajaritos que trinan en las mañanas posados en el árbol de níspero.

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