Pero perdido no estaba

Se perdió. Se perdió. Salió temprano, recién bañado, vestido con camisa a cuadros azules y pantalón corto de caqui. Calzaba zapatos de lona azul con suela de caucho y las medias de listas blancas, rojas y azules hasta las rodillas.

Que lo vieron por la cancha de La Castellana viendo jugar. En La Castellana no lo encontraron. Que estaba en el estadio Eduardo Santos en el entrenamiento del Unión. El Unión Magdalena lo apasionaba. Era una locura y no perdía un partido los domingos de local. Desde el viernes le armaba la murga al papá para que con tiempo comprara las boletas. Conocía perfectamente la alineación de éste y de los demás equipos del campeonato nacional, y en casa mientras jugaba picando pelota contra la pared imitaba a los locutores deportivos con la transmisión de un partido imaginario.

No. No estaba en el estadio y tampoco había entrenamiento.

Que lo habían visto en el campo de los gringos. Para allá iba alguien que regresaba con la negativa. No había esa mañana un solo niño en el campo de los gringos, ni siquiera los que tenían por costumbre escaparse del colegio y pasar la jornada de la mañana viendo jugas beisbol.
Los vecinos dejaron atrás la indiferencia y cambiaron sus rostros de acuerdo con las circunstancias. Todos se mostraban preocupados y solidarios. ¿Dónde diablos se habrá metido ese muchachito? Era la constante.

Alguien se enrumbó hacia oriente, más allá de la línea del tren, por los lados de “La Coquera”, pensando que podría estar observando a los obreros de la construcción del mercado público, pero no. Tampoco estaba por esos lados.

Descartado quedó que pudiera estar por los lados de la playa, pues le tenía tanto horror al mar que ni siquiera se atrevía a verlo a distancia; no obstante, algunos muchachos del vecindario ya habían hecho el recorrido por el camellón sin resultado alguno.

De pronto apareció la señora Crucita con su olla, que regresaba de hacer la venta de la mañana de buñuelitos de fríjol, bollos limpios y de queso, chorizos en bolitas y butifarras. Viendo las caras de espanto y tragedia de todos, indagó qué era lo que sucedía. Enterada de la situación y con toda la tranquilidad que puede caber en una persona, dijo: “¿El niñito de la esquina es el que está perdido? No puede ser, si él está desde esta mañana ahí en la carpintería hablando con los carpintero, y ahorita me pareció ver que estaba almorzando con ellos”.

Y allí lo hallaron, como Jesús en el templo ante los sacerdotes, encaramado sobre un montón de tablas pontificando sobre la conveniencia de cierta alineación del equipo Unión Magdalena para el partido del próximo domingo.

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