Es ella la ratera

Sólo después que Miguel viajó para no volver, fue cuando se supo toda la verdad sobre los angustiosos hechos que inquietaban a Magola.

Ella le aseguraba haberlo visto entrar y salir en varias ocasiones de la alcoba, del comedor, del salón de visitas, y le hacía notar con insistencia que la condición de él como pensionado en esa casa apenas le permitía ocupar la habitación que compartía con dos costeños más y utilizar el cuarto de baño que previamente se había dispuesto para ellos.

No había sitio seguro en la casa. Las gavetas de la cómoda, los floreros de las flores artificiales de la repisa del Sagrado Corazón de Jesús, las gavetas del aparador, el botiquín del baño privado dentro de la alcoba eran los sitios donde Magola guardaba su dinero, y de todos ellos se le habían estado desapareciendo uno, dos y hasta tres billetes.

Todo señalaba que Miguel era el responsable de esas pérdidas. Sin embargo Magola no había querido encararlo por consideración con sus padres, a quienes conocía y eran gente de bien. Reflexionaba, además, en la situación de ese muchacho lejos de su casa en una ciudad lúgubre donde el frío provoca comer dulces y tomar bebidas calientes a cada momento, y que seguramente el dinero que le enviaban de su casa no le alcanzaría. Y que de pronto, tal vez, hasta fumaba.

Aunque no eran grandes sumas de dinero las que supuestamente sustraía ese muchacho, hacían mella en la economía doméstica. Eran ella y sus tres hijos y sólo contaban con lo que ella ganaba como secretaria y las pensiones de los muchachos.

Ni los hijos de Magola ni los compañeros de Miguel tenían conocimiento de lo que estaba pasando. Magola sólo había comentado lo que sucedía con esa niña, y era ella quien la había inducido a pensar en Miguel como culpable.

Miguel estudiaba en una universidad privada y por los comentarios de sus compañeros se sabía que era buen estudiante. Sin embargo una tarde regresó de clases, empacó sus pertenencias y se marchó. A los compañeros les dejó el catre, la colchoneta y la almohada con sólo cinco meses de uso, para lo que ellos quisieran.

Pasaron tres meses sin que Magola volviera a tener faltantes en el dinero que guardaba, pero con la primera quincena de septiembre detectó que de uno de los floreros de la repisa del Sagrado Corazón de Jesús habían sustraído algunos billetes.

Reaparecieron los faltantes y ahora además de dinero estaban desapareciendo algunas joyas de juventud que guardaba en un cofre de madera labrada, en el fondo de la cómoda.

En los sitios de las desapariciones Magola empezó a encontrar algunos indicios que cuidadosamente fue guardaba en un frasco de vidrio.

Meses después y llena de razones, una mañana convocó a sus tres hijos y a los dos costeños, con quienes tenía parentesco. Sentados en torno a la mesa de comedor, Magola comenzó el relato minucioso de los hechos y de las sospechas que había guardado sobre Miguel, y a manera de expiación de conciencia exculpó al muchacho.

Luego tomo en sus manos el frasco donde había guardado los hallazgos y le dio varias vueltas entre los dedos; estaba lleno de hebras largas de pelo amarillo. El menor de los hijos, como si supiera de qué se trataba todo ese drama, se tapaba la boca con el pañuelo para contener la risa.

Magola miró a su hijo mayor, destapo el frasco y se lo acerco diciéndole: Son de María Angélica, mijo, tu novia… ¡Es ella la ratera!

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