Los peluqueros

Las cosas en el tiempo desaparecen o se transforman para proseguir.

En los años 50 y comienzo de los 60 las peluquerías eran sitios sobresalientes, identificados por el pirulí en la pared de la entrada, una barra con franjas rojas, azules y blancas pintadas en espiral. Algunos eran luminosos y giratorios, otros, fijos.

Se diría en esa época que los peluqueros, igual que el son, venían de Cuba. Que yo recuerde estaban las peluquerías o barberías del señor Restrepo en la avenida Campo Serrana, al lado de lo que hoy es el edificio del Café; del señor Francisco Rojas, más conocido como Paco en la carrera segunda o Calle del Río entre calles 15 y 16 y la Cubana del señor Luís Socarrás en la calle 12 entre carreras cuarta y quinta, después se pasó para la avenida Campo Serrano con calle once cuando compró la que con lujo de detalles había abierto el argentino y jugador del Unión Magdalena Alberto Pascale.

No se trata esto de un estudio o investigación que me exija mencionarlos a todos, pero sí he de decir que también hubo peluqueros criollos, algunos viven todavía en pleno uso de sus facultades.

La peluqueada con el señor Socarras era la orden cuando las mechas sobresalían por encima de las orejas. Él siempre de camisa blanca de mangas largas y con las tiras del corbatín sin anudar. Era característico el olor del tabaco, fumaba Ducales, que venían empacados en una cajita de madera. Siempre pensé que esa era una peluquería para gente mayor. Para leer mientras se esperaba el turno sólo había, sobre una mesita, periódicos viejos.

En cambio donde Paco era diferente, para leer se encontraban, además de periódicos, ejemplares atrasados de la revista Bohemia y todos los paquitos de todos los personajes de la época. Cuando tocaba el turno de subir a la silla, era también el turno de Paco: tomaba la palabra para reiniciar el recuento de anécdotas contadas y recontadas, al extremo que el cliente debía permanecer sentado después de terminado el corte, para que Paco terminara también de contar la historia.

Paco se trasladó al barrio “los manguitos” donde siguió atendiendo a sus fieles clientes, y en el local quedó el señor Amadis, reconocido como el “Pelón”.

Entró en vigencia la era de los estilistas y los salones unisexis. Así, en esos salones, mientras tinturaban a una señora, en el lavadero se encontraba un señor con la cabeza espumeante de shampoo, en tanto que otro recibía tijeretazos al vuelo moldeándole un corte tipo ejecutivo.

Las peluquerías y barberías se vinieron a menos, pero no desaparecieron. Algunas se mantienen activas con dos o tres sillas, aunque por el aspecto general se concluye que las cosas no andan muy bien, pero se mantienen.

Las viejas peluquerías o barberías estaban provistas de sillas reclinables especializadas, con un solo pedestal, giratorias y levadizas. Los salones modernos sustituyeron éstas por las giratorias de oficinas, y los que menos por sillas plásticas.

Pero como las cosas después de alcanzar cierta dimensión empiezan a retroceder, o a renacer, encontramos hoy, en varios sitios de la ciudad, peluquerías al aire libre.

En la avenida Libertador, al bajar el puente de Mamatoco, encontramos debajo de un amplio toldo tres sillas plásticas en plena ocupación por sendos clientes cubiertos con la típica capa y cada uno atendido por un artista de las tijeras. En la avenida del Ferrocarril, por las proximidades del mercado hallamos dispersos dos o tres y así en otros sitios y barrios de la ciudad.

El pleno parque de Bolívar, estrenando sitio después de la remodelación, al caer la tarde encontramos al aire libre un peluquero en pleno uso de sus facultades artísticas, peluqueando a un cliente sentado en una silla de plástico y protegido por la tradicional capa.

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