Dónde está Delly

Cuando cayó la malla verde que bordeó el parque de Bolívar por más de un año, vi ese desierto de adoquines. Caminé entonces, bajo el sol de las primeras horas de la tarde, hasta llegar al lado izquierdo de la estatua ecuestre de Bolívar. Estaba intacta, no había cambiado nada salvo que héroe y caballo parecían recién salidos de una lluvia de ceniza volcánica.

Contra ese lado de la base, debajo de la leyenda, me estrelló ella. Hermosa, peliraro, parecía venir de algún elenco ruso, griego o romano. Me agarró por las orejas, yo estaba desprevenido, me atrajo hacia ella y me beso. Ese beso lo sentí en todos los recovecos del cuerpo y del alma, y se me tensionaron todas las cuerdas reales y del imaginario dormido de la inocencia.

Cuando se apartó de mí me miró con cara de entusiasmo celestial, yo tendría, tal vez, cara de idiota terrenal. Hizo una mueca y me empujó con todas sus fuerzas contra el pedestal de la estatua. Ahí quedé sentado, pensando en Delly, su hermana y mi novia. Delly fue mi primera novia y éramos aún muy niños.

Ella era una morena de ébano como la reina de Saba, me gustaba hasta estremecerme los huesos. Mis hermanas y las amigas se dieron cuenta de eso y empezó la ponedera de pereque. Cecilia y Sarita, dos hermanas que frecuentaban el parque porque vivían cerca, nos miraban de reojo.

Después de un matiné nos fuimos para donde “Coli” y allí se inventaron que jugáramos a la botella. Siempre se las ingeniaban para que el pico de la botella quedara señalándo hacia ella o hacia mí, y la penitencia que nos imponían era un beso. Eran besos fugaces de niños timidongos. Pero una noche, al lado izquierdo del pedestal de la estatua ecuestre del Libertador, nos tomamos de las manos, nos acercamos uno al otro y juntamos los labios, estaban fríos por los nervios, y hasta chocamos los dientes. Lo que sea, pero fue un beso y así empezamos. Cecilia nos miraba. A mí sólo me interesaba Delly.

Los domingos íbamos todos a matiné o nos reuníamos donde “Coli” o en mi casa. Por las noches todo el grupo iba al parque de bolívar. Estando allí, con disimulo nos apartábamos para sentarnos en una banca donde no nos vieran. Pero la hermana, esa que parecía rusa, griega o romana se quería interponer entre ambos, aunque en ocasiones daba la impresión de apoyarnos. Estaba siempre atenta a lo que hacíamos y en una de esas nos encontró besándonos. Esa noche, después de haber sido cómplice en más de una ocasión, nos habló amenazante y con cara de brava. Cuando llegaron a la casa, sin remordimiento alguno, la acusó: “Mami, no sabes… que Delly…”

Tocó entonces vernos a escondidas. El último encuentro fue en la tienda del Señor Lomanto, propiciado por una de sus hijas. De la tienda nos fuimos para el camellón y agarrados de las manos corrimos por la orilla chapoteando agua. Después nunca más volví a verla. Por eso, si alguien la ha visto…

Julio 2009
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