Yendo de a pie

Prefiero caminar a un tormentoso recorrido en buseta, aunque dadas las circunstancias a veces es inevitable someterse a ello en determinadas horas del día.

Desafiando la reverberación solar de las tres de la tarde, inicio el recorrido. Aparece, como una bendición, el sombrío debajo de los aleros del techo de las bodegas de café, pero después no queda más que la sombra que proyectan los cables de energía eléctrica y uno que otro árbol de trébol o roble.

Es la calle 10. Aunque camino no logro escapar al ruido de los pitos de las busetas y motos. Parece que estos vehículos para andar necesitan, además de gasolina o gas, que les suenen el pito sin misericordia alguna. Los conductores argumentan que si no lo hacen la gente no ve la buseta, y de pronto hasta razón tienen, porque aquí se da el extraño caso que los pasajeros esperan tranquilamente a que las busetas se detengan frente a ellos y el conductor o su ayudante les informen la ruta invitándolos a subir.

Por esta calle transitan los vehículos que cubren las rutas de Almendro-Bastidas y de Taganga. La calzada parece un campo bombardeado y los laterales permanecen ocupados por camiones aparcados mañana y tarde. A esta hora, afortunadamente, ya ha pasado el barullo que se arma al medio día con la salida de las alumnas del Laura Vicuña y la congestión de carros de servicio público y particulares que esperan para recoger a las niñas.

Llegando a la esquina no hay andén. Sobre la tierra descubierta se encuentra una camioneta con la parte delantera sin llantas, levantada y soportada por tacos de madera y pedazos de ladrillo a manera de gato. Debajo, acostado sobre cartones en el piso, un hombre de overol sucio de grasa quemada, y sin camisa observa el motor por la parte de abajo. Un grupo de señores y una mujer joven, a menos de un metro de distancia, juegan macana agitando las fichas dentro de un botellón de plástico.

En el cruce de la carrera 11, sobre la acera de los almacenes de artículos eléctricos está ella. Hace menos de un año la vi por primera vez. Era entonces una mujer hermosa, paisa a no dudarlo, con un cuerpo escultural, cabellos largos, elegante vestir y de ojos grises, brillantes y saltones. Pedía cuerda, como suelen decir. Hoy es una mujer flaca, con el cabello corto disparejo y maltratado, pobremente vestida, vende café en un termo, y ella misma se ofrece en alquiler para el goce ocasional. De aquella hermosa mujer sólo quedan los ojos grises, pero tristes.

Aligero el paso para llegar a la siguiente esquina y cruzo a la izquierda. La calle permanece inundada de aguas negras y el hedor es insoportable.

Julio2009

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