Sigo de a pie

Más allá de la mitad de la cuadra, atrás quedó la mujer de los ojos tristes que vende tinto, encontramos un típico puesto de venta de libros viejos. No sólo vende libros sino que también los permuta y cobra algunos pesos por el cambio. Alquila revistas Play Boy y similares, que los lectores devoran de pie o sentados en una rustica banca. Para proveerse, como es de esperar, también compra libros leídos.

En algunas ciudades las tiendas de libros viejos manejan el inventario en la memoria del computador; aquí, el anciano dueño del puesto guarda su inventario en dos baúles grandes de madera y en su memoria el listado de los títulos que posee.

Más adelante, frente a un supermercado, está el paradero de busetas. Para que los usuarios llegaran hasta allí fue necesario cercar el bordillo del andén con una malla metálica, desde la esquina hasta la casucha. Aun así, esa esquina es un despelote, porque allí aparcan también los mototaxistas en espera de viajeros.

Es el cruce de la calle 10 con carrera 9ª, que viene del mercado; o mejor dicho, de lo que fue el mercado y donde aún quedan ventas de toda clase de cosas, ocupando la vía pública. Son como mercados taiwaneses o filipinos. La gente viene de hacer sus compras cargando con bolsas, canastos, paquetes y sacos. Se aglomeran en esa esquina esperando o buscando transporte. Los conductores de motos y busetas accionan los pitos como locos desesperados. Las busetas se cruzan unas con otras y los mototaxistas hacen acrobacias entre los otros vehículos en su afán por conseguir un pasajero.

Superado el laberinto de esa esquina se sigue por un ambiente más calmado, aunque con notable influencia por la cercanía a la zona de mercado. Pasan los carros de mula de cuatro llantas en los que se mercadean frutas y verduras anunciadas por megáfonos. A lado y lado de la calle siguen locales comerciales pintados de colores fuertes que dan la impresión de pastillas de una acuarela infantil. Son almacenes de artículos para zapatería, de ropa y calzado, pinturas; talleres y depósitos.

En el andén, en la puerta de un taller se encuentra una escultura en chatarra; no es de Simón Bolívar ni de Santander, de Bastidas o de Colón y mucho menos del cacique Posihueica, es de un soldado de la 2ª guerra mundial y la cara, indudablemente, es la mismísima de cara’e choque.

Avanzando, el sector sigue siendo comercial pero entre local y local se encuentran casas de habitación de estilos tempraneros (años 50) sin muchas pretensiones arquitectónicas.

Por las tardes es común ver grupos de hombres y mujeres sentados alrededor de una mesita, sobre el andén o la calzada, jugando cartas o dominó. Uno de esos es frecuentado por una mujer de cabello negro, liso y largo, de porte andaluz, siempre sosteniendo a un lado de la boca un cigarrillo a medio consumir y con la ceniza entera.

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