Navidades y ahijados

La Navidad, en ese entonces, comenzaba el 16 de diciembre con la novena del Niño-Dios. El 15 por la mañana llegaba el señor Manuel Alejandro Cabas. Debíamos tener listos los huacales y cajas, el papel encerado y los chinches. Con agilidad de experto, a partir de una mesa como eje central y huacales y cajas sobre y en torno a ésta, comenzaba desde arriba a moldear el papel. Aparecían montañas, grutas y valles. En minutos quedaba armado el pesebre. La tía le entregaba un billetico verde, discretamente doblado.
Así lo hizo durante varios años, hasta uno en que no llegó el 15 sino el 16. Dijo que ese era el día en que debía armarse porque ese era el día en que empezaba la novena, y que buscáramos quién lo hiciera el año siguiente. El año siguiente y los demás fui yo quien estuvo a cargo de armar el pesebre.
Era ésta una de las cosas en que más gozaba la tía, y donde quiera que viajaba siempre estuvo pendiente de traer cositas y checheritos para la decoración: la monjita dando maíz a los pollitos, de Panamá; la iglesia en cerámica, de Tunja; las bailarinas, de España; los toros y caballos, de la Feria de Manizales; las casitas de cartón, de Cali; la imágenes en yeso de María, José, el niño y demás, de Roma, que no era recuerdo de ningún viaje sino un regalo de las hermanas Amalia y Rosa Ferrara.
El primer día de la novena, por la mañana, lavamos los pitos, que se guardaban de un año para otro, éstos tenían forma de pajaritos y se llenaban con agua para que sonaran como gorjeo de pájaros. Martillo en mano, sobre un yunque aplanábamos checas de gaseosa para clavarlas sobre un pedazo de madera y armar sonajeros. Así quedaban listos los instrumentos para acompañar los villancicos.
Por la noche iban llegando los ahijados de mamá y de la tía, como convocados a una convención. Todos puntuales, bien vestidos y recién bañados. No quedaba mucho espacio para los demás. Entre gozo y gozo cantaban en coro. La parte que más recuerdo es la rogativa para el niño que se regodeaba en llegar: “Ven, ven no tardes tanto”.
Después de los pastores de Belén, del burrito, de nana nanita y de tú taina, venía el reparto de dulces, galletas y refresco. Así durante todo el novenario. El venticuatro los niños, y también niñas, llegaban bien temprano, traían los ojos ansiosos. Después de la novena todos regresaban con su paquetico en la mano felices y contentos a sus casas.
Diciembre 2008
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