Lo llamaban Caneco

Frisaba yo, entonces, los doce años. Lo vi venir. Caminaba en medio de la acequia seca, con pasos cadenciosos. Marcaba el paso posando en la arena los extremos de una larga vara que hacía girar con su mano derecha, midiendo así la extensión del trabajo de limpieza que hiciera del canal.
Era un hombre alto, entrado en años, de piel negra salpicada por manchas de vitíligo en manos y pies. Usaba un viejo sombrero de fieltro color café que concentraba todos los olores del mundo, pero él, se le notaba, se mantenía bien aseado.
Estuvo ahí, cuando de temerario monté y traté de cabalgar en una yegua. Al andar mi cuerpo pendulaba hacia un lado y hacia otro, buscando tal vez el mejor momento para caer a tierra. Cuando el animal ya apretaba el paso y era inminente la caída, apareció él con los brazos en cruz: “Shoo, jegua”, gritó. La yegua se detuvo y él se acercó con esa sonrisa pícara que sólo hacen los sabios ancianos, tomó las riendas y me dio las indicaciones primarias de cómo montar a caballo.
Algunas tardes lo veía venir cruzado de piernas sobre el lomo de un burro de andar lento. Regresaba de ver cómo evolucionaban sus hornos de carbón, que más adelante tenía encendidos. También lo vi llevar de cabestro el asno cargado con bultos de carbón: iba para Mamatoco y de regreso estaría un rato refrescándose en la tienda de Bartola.
Vivía en un ranchito de zinc. Era, si mi memoria no me falla, de una sola pieza que servía de recibo, alcoba y cocina. El fogón estaba formado por tres ladrillos negros de aristas redondeadas por el hollín. De un alambre de púas pendían dos pedazos resecos de carne salada y en una cacerola deforme y ahumada, mantenía reblandeciendo en remojo otro pedazo para el almuerzo de ese día.
La choza tenía puerta y una amplia ventana, en un rincón la hamaca que recogía todas las mañanas. El piso era de barro repisado y brillante. La casucha estaba próxima al corral de las vacas paridas y separada de la casa grande por la acequia bordeada de capachos que florecían en varios colores.
Los domingos, cuando no salía para Mamatoco en el burro, lo visitaban dos mujeres, una joven y otra mayor. Se sentaban afuera en asientos de madera con fondo y espaldar en cuero de res. Después de conversar algo, él se entraba con la mujer de más edad y cerraban la puerta y la ventana de la cabaña, en tanto que la mujer joven se paseaba por la orilla de la acequia oliendo las flores o arrojando piedrecitas al agua.
Tenía el oficio de regador, eso decían. Por las tardes hablábamos: unas veces me refería historias de mujeres en carnaval y otras, sobre el trapiche que funcionó allí no más, al otro lado.
Nunca supe su nombre de pila, de eso estoy seguro, pero sí, que lo llamaban Caneco.
Enero 2009
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