Aquellas Navidades

Con diciembre llegaban la brisa loca levanta arena, techos y faldas; los buses con excursiones de cachaquitas, los discos de la Billo´s y los Melódicos y los almacenes “agachate”.

Estos últimos tenían patente de corso para invadir los andenes de la Avenida Campo Serrano, por la temporada navideña. Después desaparecían. En tenderetes exhibían muñecos y juguetes de plástico, jueguitos de sala y comedor en madera, bolas, escobas, traperos y recogedores en miniatura y los vistosos camiones multicolores en madera.

Entre finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta todos tuvimos o añoramos un camión de esos. No habían salido aún los de control remoto, pero de todas formas aquellos eran preferidos a los de cuerda, por muy vistosos que éstos fueran.

Almacenes como el Lola, el Universo, Mogollón, Puente & González mostraban lo mejor para los caprichos del Niño Dios. Aunque a decir verdad muchas veces las decisiones de los padres no coincidían con los caprichos de los niños, quienes ingenuamente (no todos) manifestaban sus deseos por escrito en la cartica que ilusos colocaban en el pesebre de la iglesia, sin ser lo suficiente explícitos con los papás.

El día veinticinco con la sonrisa alegre de muchos, se veían también algunos ojos llorosos e inconformes de niños que resignados arrastraban sus carritos o pateaban una pelota de plástico imitación balón de cuero.

Se hizo costumbre que el veinticuatro de diciembre, independiente de la situación económica, había que estrenar. No era extraño ver a niños caminar incómodos por los zapatos apretados que por desesperados insistieron en llevar, como si en el almacén no hubiera otras tallas. Así ocurría con las camisas y los pantalones.Muchas de esas camisas nuevas resultaron quemadas en la primera postura, por los trique traques y las lluvias de estrellas en la Noche Buena. Todos los años aspirábamos a soportar despiertos hasta media noche para asistir a la “misa de gallo”, en especial a la de San Francisco para ver el nacimiento del Niño Dios, que todos los años variaba según el ingenio y creatividad de Alfredo Ovalle, que se encargaba de armar y desarmar el pesebre durante el novenario, pero el sueño nos vencía, además del afán de dormir para que amaneciera más rápido y gozar de los regalos de Niño Dios.Cuando crecimos tampoco fuimos a “misa de gallo”.

Los primeros años nos alcanzaba la media noche bailando en casa de vecinos o en la propia. Años después la “feliz Navidad” nos llegaba en el bar “La Antillana” donde tocaba la orquesta de los Hermanos Martello. Estaba de moda la pieza “Tabaquera”. Las parejas de baile eran niñas excursionistas, y cuando la situación se tornaba romántica, subíamos al Venecia, en la terraza del Edificio Posihueica.

Diciembre2008

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